
Sobre la lucha social
diciembre 6, 2011“Aquí abajo no hay más fuerza que la fuerza”[1]. Propone como axioma Simone Weil en su Echar Raíces. Esto quiere decir que en este mundo los deseos de justicia, de libertad, de igualdad no son más fuertes que los demás. Lo que es soberano en este mundo es la fuerza. Lo que es más fuerte, domina, se impone naturalmente.
Cuando se analiza un poco pero, se ve que la fuerza en realidad no es objeto de posesión de ningún ser humano. Pues todos los hombres son semejantes en sus facultades físicas, psíquicas e intelectuales. Las diferencias pueden ser, en principio, de grado, pero no esenciales. En todo caso, ningún hombre en sí mismo posee la fuerza suficientemente como para aplastar a sus semejantes. Pero de hecho, aparecen hombres, o grupos de hombres, que parecen poseer una fuerza como prestada o robada de la naturaleza. Esta apariencia, sin embargo, no es otra cosa que el prestigio. Así, es sobre todo el prestigio lo que dota a la fuerza de su fuerza. Lo sorprendente en todo esto es que el prestigio, en sí mismo, no es real, pero parece poseer el grado más alto de realidad. Sólo tiene presencia lo que tiene prestigio, lo que carece de prestigio no tiene presencia alguna para los hombres. El prestigio es la fantasía que hace ver a un hombre, a un grupo de hombres, a una idea, etc. como algo superior. Pero es una fantasía eficaz, que controla la sociedad. Así, por ejemplo, un solo hombre, no es capaz de manejar centenas de tanques, como tampoco es capaz de destruir todo un pueblo, pero sin embargo, existen hombres que con una sola palabra son capaces de hacerse obedecer por millares de hombres: soldados, científicos, técnicos, etc. y lograr lo que ningún hombre por sí mismo puede lograr. Con una sola palabra, pueden hacer que miles de seres humanos acaben con sus semejantes y se entreguen al sacrificio. Cuando por sí solo, en un combate cuerpo a cuerpo quizá caería a manos de cualquier ciudadano. Es lo que La Boétie[2] nota con claridad y asombro.
La razón por la que esto es así se basa principalmente en la propia estructura de la sociedad. Weil lo apunta muy bien en su Meditación sobre la obediencia y la libertad: no existe posibilidad de organización respecto a la masa. Sólo hay posibilidad de organización respecto a un conjunto limitado, pequeño de individuos, en relación a la masa. Así, solo por medio de una organización pequeña existe una fuerza eficaz. La masa posee en bruto mayor fuerza, pero dispersa, de tal modo que es vencida fácilmente por una fuerza que aunque en bruto mucho menor, es sin embargo, por su naturaleza organizada, más eficaz, más fuerte por lo tanto. Esa es la debilidad invencible de la masa y de la revolución al estilo comunista o senderista. No es posible organizarla. Si se busca organizarla, al final se termina creando, por la naturaleza de las cosas, un organismo análogo al que se quiere quebrar, e incluso más opresor, por la presión externa que obliga a una cohesión interna más rígida.
Así, los que están en el poder, tienen como principal objetivo conservar el orden en función principalmente a su propia subsistencia. Y también en parte porque su subsistencia es condición del orden. Es decir, tienden por la misma naturaleza de las cosas, y no por una maldad especial, a someter a las masas. Lo mismo sucede con todo poder: así pasa con los capitalistas también.
Ante esto, el pueblo no puede simplemente apelar a la justicia, a la igualdad, a la libertad, y esperar razonablemente acciones concretas. Pues esas aspiraciones no pertenecen al ámbito del poder y la fuerza, reinas de las sociedades. Ante eso, el pueblo solo puede tratar de ejercer una presión contraria para evitar ciertos abusos, movidos, como lo están por lo general, por el deseo de justicia, igualdad, libertad. Pero hay que comprender que esa lucha, esa resistencia, que siendo incluso pacífica pero generalizada puede por ello mismo ser más efectiva, debe dirigirse para detener o apaciguar el abuso. Creer que apelando a la pureza de las palabras se logrará conmover a las máquinas sociales es ser idealista en el sentido de irrealista. Esas palabras, que expresan un valor infinito, un valor que no es de aquí abajo, pueden conmover al individuo e incluso operar una conversión interior, pero, en principio, no detener a las máquinas de poder que obedecen sus propias leyes, determinadas por la conservación y por la competición, y dentro de las cuales los individuos, tanto dirigentes como subordinados, son siempre más o menos simples engranajes no indispensables.
Por lo antes dicho también se ve que los materialistas revolucionarios son por lo menos tan irrealistas como los idealistas. Sin llegar a ninguno de esos irrealismos, igual de ineficaces, es preciso reconocer los límites, y evitar principalmente toda lucha encarnizada, de odios locos, que en el fondo no tienen sentido alguno. Como dice Weil, no queda más que aplicar con la más fría lucidez el principio del mal menor, por muy desacreditado que pueda estar ese principio, por el uso que hacen de él algunos sectores. Pero la luchas, “para quien ama la libertad, no es deseable que desaparezcan, sino solamente que permanezcan más acá de un cierto límite de violencia”[3].
(Escrito por Emile).
[1] Echar Raíces (p. 173). Editorial Trotta. 1996.
[2] En su Discurso sobre la servidumbre voluntaria o el Contra uno.
[3] Escritos Históricos y Políticos (p.115). Editorial Trotta. 2007.