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Sobre la democracia

octubre 26, 2011

El ideal democrático no consiste, como usualmente se cree, en la preeminencia de la voluntad de la mayoría, sino que reside en lo que se denomina la soberanía del pueblo.

Un pueblo es soberano en la medida en que cada uno de los integrantes es libre para pensar y elegir, pero principalmente para pensar y elegir lo que es compatible con el bien y la justicia social.

La soberanía de un pueblo no puede tener otro principio que la justicia social. Si un pueblo movido por una pasión colectiva, o inducido por un engaño, toma una decisión contraria o incompatible con la justicia social entonces no es soberano, ya sea que el impulso provenga de una mayoría o una minoría.

La democracia y la soberanía del pueblo no se fundamentan simplemente en la voluntad, sino principalmente en la razón.

Como muestra claramente Simone Weil,  la noción  de la voluntad general de Rousseau —eminente pensador del ideal republicano (que es también nuestro ideal)—  era un principio conveniente de gobierno pues está basado en las siguientes dos evidencias:

Una, que la razón discierne y elige la justicia y la utilidad inocente, y que todo crimen tiene como móvil la pasión. Otra, que la razón es idéntica en todos los hombres, frente a las pasiones, que, casi siempre difieren. En consecuencia si, sobre un problema general, cada uno reflexiona en soledad y expresa una opinión , y si después se comparan las opiniones entre sí, probablemente coincidirán por el lado justo y razonable de cada una y diferirán por las injusticias y los errores.[1]

Además existen dos condiciones principales para que la voluntad general cumpla esta función:

Que en el momento en que el pueblo toma conciencia de una de sus voluntades y la expresa, no haya ninguna especie de pasión colectiva.[2]

Pues la pasión colectiva tiende a elevar el error a la milésima potencia. Y:

Que el pueblo tenga que expresar su voluntad respecto de la vida pública y no solo elegir a las personas.[3]

Así, vemos más claramente las características de la noción de voluntad general, pues si bien, cuando se cumplen las condiciones la justicia es más probable, cuando no se cumplen, y especialmente cuando hay pasiones colectivas (como en el caso de los partidos políticos), no debe sorprender que uno u otro individuo aislado pueda quizá estar más cerca de lo justo que la mayoría.

Es claro pues que, si tenemos al menos sólo en cuenta  estos fundamentos teóricos, no tiene mucho sentido hablar por ejemplo de pluralismo, como se hace usualmente. Es más, se puede decir que la idea de pluralismo y de tolerancia asociada, dadas las circunstancias actuales, y ya desde hace tiempo, constituyen una caricatura del ideal democrático, incluso algo opuesto.

Estas nociones, el pluralismo y la tolerancia, que provienen del espíritu laico, quieren decir en la práctica que cada uno tiene el derecho a pensar como mejor le parezca, de pertenecer al grupo que mejor le parezca, lo que en el fondo quiere  decir, muy usualmente,  que uno tiene el derecho a pensar sobre todo en función de intereses particulares o de pasiones colectivas (siendo estas al fin y al cabo las que entran en juego en las cuestiones públicas), por encima de todo, incluido evidentemente de la razón, o sea, más bien, que uno tiene el derecho a no pensar. Así pues, tenemos la derecha, la izquierda, el nacionalismo, el liberalismo etc. y puede formarse también un grupo que quiera el poder total aboliendo todos los demás, sin que exista nada que pueda evitarlo, pues sería contrario a la democracia actual, por lo que siempre esta se encuentra en riesgo de caer en una dictadura; en cualquier caso la razón libre no tiene un lugar preeminente. Pero esto no se queda aquí, sino que por los mismos principios, por la misma tolerancia y pluralismo, cada uno de estos grupos puede realizar sus campañas, puede publicar propaganda en los diarios o casi donde sea,  tratando de persuadir al público con su opinión.  Pero como  saben muy  bien los regímenes con tendencias totalitarias, la propaganda no estimula el pensamiento, sino que lo secuestra, mezcla una idea de un orden muy inferior o una consigna con un despliegue atractivo, de tal forma que los espíritus, especialmente los jóvenes,  poco propensos a la reflexión y que aún no se han consagrado a nada, caen fácilmente.

De manera general, la propaganda, la promoción, pueden hacer de cualquier materia  humana un objeto de fanatismo ciego. Las personas que se adhieren así, se adhieren por cualquier cosa menos por la razón libre.

Lo que tenemos entonces en nuestra democracia, así de tolerante y de plural, es la ausencia de soberanía y la caricatura de una democracia siempre en riesgo de caer en una dictadura.

Así, el espíritu laico, que tiene su base supuestamente en la razón y en el confuso humanismo, termina subordinando la razón  al ámbito privado, casi al ámbito simple de la especulación teórica aislada y dejando a los hombres desamparados ante el secuestro del partidismo y la propaganda en el ámbito público, social.

En realidad, la democracia auténtica, cuyo único principio inteligible y legítimo es la idea de voluntad general tal como Rousseau la definió, sigue siendo en gran medida un ideal por construir. Los instrumentos ideados para establecerla, por presiones de diversa índole y falta de discernimiento, han terminado más bien por obstaculizarla.

Para establecer entonces una democracia auténtica es preciso en primer lugar recuperar el lugar legítimo de la razón.

Aunque debería parecernos ya del todo evidente, la razón ha perdido su prestigio especialmente durante el siglo XX, más bien, ha sido casi totalmente abandonada y hasta ahora resulta difícil recuperarla del todo. Las teorías científicas absurdas y sin embargo admitidas, el surrealismo, el dadaísmo, algunos rezagos intensos del romanticismo adorador del poder y de la fuerza, nuevos híbridos y más dan suficiente testimonio de ello. Las evidencias de las que partió Rousseau, que hacen del uso de la razón nuestro principal instrumento para dirigir responsablemente nuestro destino y el progreso  auténtico, que se puede definir como el proceso que nos lleva de un estado mayor de pobreza tanto espiritual como material a un estado menor,  han sido casi por completo olvidadas, no hemos reparado en ellas y las hemos reemplazado por las opiniones y acciones siempre cambiantes, azarosas y tendenciosas de las diversas  colectividades.

Es completamente natural que con el casi abandono de la razón suceda a su vez el abandono de la noción de verdad. La verdad también está desprestigiada y se piensa que es bueno que sea así, pues de admitir como válida en el terreno público la noción de verdad, se dice que corremos el riesgo de volver a la época de la exclusión o peor de la Inquisición. Pero se equivocan quienes piensan así. Pues no existe ninguna relación natural entre la verdad y la Inquisición, más bien, existe casi oposición. El espíritu inquisitorial  no procede del sentimiento de la verdad, sino que tiene principalmente como móvil acallar todo lo que afecta el bienestar y la expansión dominadora de la colectividad y es por estos móviles por lo que denomina bueno o justo o verdadero a lo que le conviene o a lo que necesita para ese bienestar y esa expansión, sin ser capaz de reconocer la inmensa diferencia que existe entre la naturaleza de lo necesario y de lo bueno[4], como dice Platón. Es decir, son los grupos dominados sobre todo por los intereses de conservación y expansión y no por el deseo de verdad, justicia y bien los que engendran en sí el espíritu inquisitorial. La verdad, lejos de eso, por el mismo hecho de tener como característica la claridad, o mejor dicho, el anhelo de claridad (lo que no significa superficialidad o ausencia de misterio) no puede penetrar en las almas sino es por su evidencia; no tiene otro recurso, no fuerza, sólo persuade, pero no por la luz artificial de la propaganda y el prestigio, sino por su luz propia y sólo puede ser recibido a su vez por los espíritus que la desean libremente y que no están secuestrados. Por lo mismo, el que desea la verdad siempre está dispuesto a renunciar a cualquier posición, si la luz de la evidencia así le persuade, pero sólo en ese caso, es decir, es el principio mismo del diálogo auténtico. Son casi siempre el ruido del prestigio y el apego los que impiden ver lo justo y lo verdadero y los que conducen al error y al crimen. Así por ejemplo, Sócrates sólo buscaba dialogar para tratar de establecer lo justo, y no se imponía, sino que los argumentos por sí mismos se imponían, y si alguien  no estaba dispuesto a admitir la evidencia de los argumentos, no los forzaba, los dejaba ser; no fue él algo parecido a un inquisidor, él fue el asesinado.

Cierto es que en las cuestiones prácticas sociales, más incluso que en las teóricas, hay siempre riesgo de error. Ahí la justicia perfecta sólo puede ser un límite inalcanzable, pero sólo ella puede ser nuestro móvil, si queremos alcanzar lo que, dada cualquier condición determinada,  se  aproxime lo más a ella. Es decir, que si queremos establecer lo justo en una situación concreta, en nuestro esfuerzo de pensamiento debe primar el deseo de justicia perfecta, y no es precisa una definición de lo que ella sea, pues esa palabra responde a una perfección y por lo mismo ninguna definición humana la encierra realmente, pero cuando el pensamiento se mueve por ella, ella tiene el poder de aproximarlo cada vez más a ella. Lo mismo ocurre con la palabra verdad, o bien. Es uno de los misterios de la vida humana, pero cuya realidad se comprueba experimentalmente. Sucede que cuando ese deseo prima, ese deseo proporciona, tarde o temprano, un aumento de discernimiento y sólo en ese caso. Ahí donde no prima ese deseo, ahí hay disminución o falta de discernimiento. Eso es lo que quiere decir principalmente el principio cristiano del árbol y los frutos; habrá a lo más tanto bien en el fruto como el contenido en el móvil que lo origina y jamás más, para decirlo aproximadamente en palabras weilianas.

Así que una sociedad auténticamente democrática y libre, lejos de permitir la existencia de colectividades diversas que conforman cada una  determinada posición política, en nombre del pluralismo y la tolerancia,  y que no pueden tener sino como principal móvil conservarse y expandirse, debe estimular la capacidad de pensamiento individual de la población —pues el verdadero esfuerzo de pensamiento sólo pueden realizarlo los individuos en cuanto tales y jamás las colectividades— lo que constituye la verdadera riqueza en la variedad de pensamiento, y su preocupación sincera por la justicia y el bien social, lo que implica también protegerlos de la influencia de la propaganda, lo que significa más que tolerar, respetar.

Más bien, si se excita en la población la capacidad de pensar concretamente preocupándose por estos objetivos, aparte de poseer así un cuerpo de datos suficiente y  realista sobre los problemas que de verdad afectan a la población, y de encontrar las soluciones más adecuadas con mayor facilidad,  que no necesariamente provendrían de la gente que usualmente se llama “culta”, incluso quizá obtendríamos por añadidura una disminución del crimen, del vicio y del aburrimiento que tanto afectan a las sociedades democráticas,  algo que por lo visto no debe sorprendernos.

Evidentemente esta exposición sumaria es utópica (y es claro que personalmente no me hago ninguna ilusión, eso sería soñar despierto), pues para empezar si las pasiones colectivas y la fuerza tuvieran poco peso en la vida del hombre, desde un inicio no tendríamos problemas, pero sucede al contrario, tienen el peso predominante, casi absoluto. Pero a pesar de eso al parecer, elaborar esto o algo semejante es preciso si de verdad deseamos una sociedad realmente soberana y democrática. Y ni que decir que concebir las condiciones para aminorar ese peso lo más posible es lo propio de la ciencia social.

(Escrito por Emile).


[1] Simone Weil, Escritos de Londres y Últimas Cartas, (Trotta p. 102).

[2] Ibíd. (Trotta p. 103).

[3] Ibíd. (Trotta p. 104).

[4] República VI 493c.

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