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El animal social

mayo 9, 2011

En la República VI de Platón, se expone que la causa principal y más poderosa de  la perdición del sentido del bien es la tendencia de las colectividades a absorberlo todo y a excluir o destruir todo aquello que no pueda ser absorbido, por atentar contra la supervivencia o comodidad de la colectividad. Es por eso, entre otras razones, que en ese libro se considera la colectividad como un gran animal.

La capacidad de pensar propia del hombre es algo muy distinto a lo que se puede denominar pensamiento animal. Claro que también el lenguaje nos diferencia del animal, como también el uso de herramientas complejas y otras cosas, pero todos ellos están intrínsecamente relacionados con el pensamiento humano. La capacidad de pensar humana no es otra que la facultad de la atención y esta facultad es siempre atención en el vacío, cuando de verdad se ejerce. La atención en el vacío, la espera que precede todo acto de pensamiento humano auténtico, es de ordinario lo contrario al instinto animal. Es esta capacidad de espera y atención en el vacío la que permite que el hombre pueda acceder a la justicia, a la verdad y al bien. Además de esta capacidad de pensamiento particular del hombre, el deseo mismo de bien también nos diferencia de los animales. En en el fondo, todas constituyen una sola realidad: el hombre.

Se puede decir que los animales son incapaces de desear el bien, que simplemente desean lo necesario o, a lo más, en los más inteligentes entre ellos, si es que desean alguna especie de bien, su forma de deseo es, en principio al menos, infinitamente inferior al del hombre. El hombre desea el bien infinito, el animal no. Es por eso que el hombre ante el mundo, que evidentemente no le brinda ningún bien, sino simplemente hechos, es capaz de esperar y atender en el vacío y por lo tanto de pensar tal como es capaz de hacerlo. Es su deseo de bien infinito, el que le brinda el sentimiento de la trascendencia, de una realidad no compuesta por hechos. Se siente hecho para algo superior, razón por la que, cada vez que queda reducido al plano simplemente animal o material, se siente degradado. La degradación, el sentimiento de estar hecho para el  bien y sin embargo estar alejado de él, es lo que constituye el mal.

Así como por la capacidad de desear el bien infinito y de pensar en conformidad con ese deseo, un hombre es superior a un animal, por esa misma razón es superior a una colectividad. Una colectividad puede ser superior a un solo hombre en relación a todo menos a la capacidad de pensamiento. El pensamiento es una operación exclusiva de un solo hombre. Cuando un hombre llega a una verdad, no puede transferirle esa verdad a otro como si se tratara de un simple objeto material. No puede ser transferida por la fuerza, sea esta física o psicológica. Es preciso que esa verdad, por decirlo de algún modo, vuelva a nacer, sea redescubierta, por el hombre al cual se transfiere la verdad. Es preciso que ese hombre utilice su propia capacidad de atención y espera para reconocer la verdad como tal. No existe otra forma de transferir verdades. Como pensaba Platón, la verdadera educación consiste en redirigir la mirada de la atención hacia lo que es conveniente, para que vea por sí misma, y no como si se pusiera vista donde no existe.

Todos podemos captar la verdad, pero es preciso que cada uno la capte para que pueda ser reconocida como una verdad. Si se acepta algo como verdad sin reconocerla como tal, lo que se acepta entonces no es una verdad, es otra cosa, por más que lo que se acepte sea en sí mismo verdad. Así, la verdad precisa siempre de la atención, y quien renuncia a la capacidad de pensar interesándose sólo por la verdad, renuncia a su vez a la verdad; y también a la justicia, pues ella también requiere para ser reconocida como tal de una atención parecida. En general, todo aquel que renuncia a prestar atención pura, todo aquel dispuesto a subordinarse a algo distinto al bien, sea por conveniencia, por estima, por amistad, o por lo que sea, renuncia al bien.

La amistad y la estima se relacionan con la verdad sólo porque, de común, sólo estamos dispuestos a prestar atención a los amigos o a lo que estimamos. La amistad y la estima quedan manchadas cuando buscamos subordinados o ser subordinados, sólo por el hecho de la estima o de ser amigos, pues aleja del bien.  El respeto auténtico y mutuo entre discípulo y maestro debe estar basado sobre todo en el  respeto por la verdad, más que en las cuestiones personales o de otra índole. Cuando no es el respeto por la verdad lo que prima, no existe verdadera relación discípulo-maestro y la educación es algo más o menos triste. Respeto por la verdad no quiere decir respeto por tal o cual pensamiento. Respeto por la verdad quiere decir antes que todo respeto al deseo de verdad, respeto por esa facultad que tiene cada uno de acceder a lo trascendente, y por lo tanto el rechazo a todo actitud, dulce o amarga, que pueda trastornarlo.

Así, queda claro que una opinión colectiva solo tendrá la posibilidad de ser conforme con la verdad y la justicia siempre y cuando cada uno de los miembros de la colectividad haya pensado por sí mismo y teniendo en cuenta solo el deseo de verdad y justicia. Ahora bien, esto es muy difícil. De modo tal que la opinión colectiva dominante es, casi siempre, un pensamiento animal, incapaz de trascendencia y reducido a los hechos y por eso, todo lo que toma por un bien sea casi necesariamente siempre algo distinto al bien que, de ser real, debe ser trascendente.

La colectividad pues tiende a alejar del bien, impedir el pensamiento de la verdad y la justicia, y a ahogar en la pasión colectiva. Y este ahogo es difícil de evitar, porque todo esfuerzo de atención es doloroso, pues implica poner a un lado las propias inclinaciones, al menos por un momento, para interesarse sólo por el bien, la verdad y la justicia. Mientras que ahogarse en lo colectivo es casi siempre inmediatamente embriagador y placentero. Las colectividades con sus aplausos y su propaganda, sus fantasías e incluso sus eternidades, nos ofrece un cómodo lugar para olvidar nuestro deseo profundo de bien infinito, cuya conciencia, al inicio, sólo causa angustia.

Sólo un amor puro por el bien desconocido, un espíritu intenso de verdad y de justicia, puede evitar este ahogo en lo colectivo y la aceptación del sufrimiento. De otro modo, parece imposible evitarlo.

(Escrito por Emile).

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