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Sobre la lucha social

diciembre 6, 2011

“Aquí abajo no hay más fuerza que la fuerza”[1]. Propone como axioma Simone Weil en su Echar Raíces. Esto quiere decir que en este mundo los deseos de justicia, de libertad, de igualdad no son más fuertes que los demás. Lo que es soberano en este mundo es la fuerza. Lo que es más fuerte, domina, se impone naturalmente.

Cuando se analiza un poco pero, se ve que la fuerza en realidad no es objeto de posesión de ningún ser humano. Pues todos los hombres son semejantes en sus facultades físicas, psíquicas e intelectuales. Las diferencias pueden ser, en principio, de grado, pero no esenciales. En todo caso, ningún hombre en sí mismo posee la fuerza suficientemente como para aplastar a sus semejantes. Pero de hecho, aparecen hombres, o grupos de hombres, que parecen poseer una fuerza como prestada o robada de la naturaleza. Esta apariencia, sin embargo, no es otra cosa que el prestigio. Así, es sobre todo el prestigio lo que dota a la fuerza de su fuerza. Lo sorprendente en todo esto es que el prestigio, en sí mismo, no es real, pero parece poseer el grado más alto de realidad. Sólo tiene presencia lo que tiene prestigio, lo que carece de prestigio no tiene presencia alguna para los hombres. El prestigio es la fantasía que hace ver a un hombre, a un grupo de hombres, a una idea, etc. como algo superior. Pero es una fantasía eficaz, que controla la sociedad. Así, por ejemplo, un solo hombre, no es capaz de manejar centenas de tanques, como tampoco es capaz de destruir todo un pueblo, pero sin embargo, existen hombres que con una sola palabra son capaces de hacerse obedecer por millares de hombres: soldados, científicos, técnicos, etc. y lograr lo que ningún hombre por sí mismo puede lograr. Con una sola palabra, pueden hacer que miles de seres humanos acaben con sus semejantes y se entreguen al sacrificio. Cuando por sí solo, en un combate cuerpo a cuerpo quizá caería a manos de cualquier ciudadano. Es lo que La Boétie[2] nota con claridad y asombro.

La razón por la que esto es así se basa principalmente en la propia estructura de la sociedad. Weil lo apunta muy bien en su Meditación sobre la obediencia y la libertad: no existe posibilidad de organización respecto a la masa. Sólo hay posibilidad de organización respecto a un conjunto limitado, pequeño  de individuos, en relación a la masa. Así, solo por medio de una organización pequeña existe una fuerza eficaz. La masa posee en bruto mayor fuerza, pero dispersa, de tal modo que es vencida fácilmente por una fuerza que aunque en bruto mucho menor, es sin embargo, por su naturaleza organizada, más eficaz, más fuerte por lo tanto. Esa es la debilidad invencible de la masa y de la revolución al estilo comunista o senderista. No es posible organizarla. Si se  busca organizarla, al final se termina creando, por la naturaleza de las cosas, un organismo análogo al que se quiere quebrar, e incluso más opresor, por la presión externa que obliga a una cohesión interna más rígida.

Así, los que están en el poder, tienen como principal objetivo conservar el orden en función principalmente a su propia subsistencia. Y también en parte porque su subsistencia es condición del orden. Es decir, tienden por la misma naturaleza de las cosas, y no por una maldad especial, a someter a las masas. Lo mismo sucede con todo poder: así pasa con los capitalistas también.

Ante esto, el pueblo no puede simplemente apelar a la justicia, a la igualdad, a la libertad, y esperar razonablemente acciones concretas. Pues esas aspiraciones no pertenecen al ámbito del poder y la fuerza, reinas de las sociedades. Ante eso, el pueblo solo puede tratar de ejercer una presión contraria para evitar ciertos abusos, movidos, como lo están por lo general, por el deseo de justicia, igualdad, libertad. Pero hay que comprender que esa lucha, esa resistencia, que puede ser pacífica y generalizada incluso, y por ser generalizada efectiva, debe dirigirse para apaciguar el abuso, llegar a tratos concretos y razonables. Creer que apelando a la pureza de las palabras se logrará conmover a las máquinas sociales es ser idealista en el sentido de irrealista. Esas palabras, que expresan un valor infinito, un valor que no es de aquí abajo, pueden conmover  al individuo e incluso operar una conversión interior, pero, en principio, no detener a las máquinas de poder que obedecen sus propias leyes, determinadas por la conservación y por la competición, y dentro de las cuales los individuos, tanto dirigentes como subordinados, son siempre más o menos simples engranajes no indispensables.

Por lo antes dicho también se ve que los materialistas revolucionarios son por lo menos tan irrealistas como los idealistas. Sin llegar a ninguno de esos irrealismos, igual de ineficaces, es preciso reconocer los límites, y evitar principalmente toda lucha encarnizada, de odios locos, que en el fondo no tienen sentido alguno. Como dice Weil, no queda más que aplicar con la más fría lucidez el principio del mal menor, por muy desacreditado que pueda estar ese principio, por el uso que hacen de él algunos sectores. Pero la luchas, “para quien ama la libertad, no es deseable que desaparezcan, sino solamente que permanezcan más acá de un cierto límite de violencia”[3].

(Escrito por Emile).


[1] Echar Raíces (p. 173). Editorial Trotta. 1996.

[2] En su Discurso sobre la servidumbre voluntaria o el Contra uno.

[3] Escritos Históricos y Políticos (p.115). Editorial Trotta. 2007.

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Sobre la democracia

octubre 26, 2011

El ideal democrático no consiste, como usualmente se cree, en la preeminencia de la voluntad de la mayoría, sino que reside en lo que se denomina la soberanía del pueblo.

Un pueblo es soberano en la medida en que cada uno de los integrantes es libre para pensar y elegir, pero principalmente para pensar y elegir lo que es compatible con el bien y la justicia social.

La soberanía de un pueblo no puede tener otro principio que la justicia social. Si un pueblo movido por una pasión colectiva, o inducido por un engaño, toma una decisión contraria o incompatible con la justicia social entonces no es soberano, ya sea que el impulso provenga de una mayoría o una minoría.

La democracia y la soberanía del pueblo no se fundamentan simplemente en la voluntad, sino principalmente en la razón.

Como muestra claramente Simone Weil,  la noción  de la voluntad general de Rousseau —eminente pensador del ideal republicano (que es también nuestro ideal)—  era un principio conveniente de gobierno pues está basado en las siguientes dos evidencias:

Una, que la razón discierne y elige la justicia y la utilidad inocente, y que todo crimen tiene como móvil la pasión. Otra, que la razón es idéntica en todos los hombres, frente a las pasiones, que, casi siempre difieren. En consecuencia si, sobre un problema general, cada uno reflexiona en soledad y expresa una opinión , y si después se comparan las opiniones entre sí, probablemente coincidirán por el lado justo y razonable de cada una y diferirán por las injusticias y los errores.[1]

Además existen dos condiciones principales para que la voluntad general cumpla esta función:

Que en el momento en que el pueblo toma conciencia de una de sus voluntades y la expresa, no haya ninguna especie de pasión colectiva.[2]

Pues la pasión colectiva tiende a elevar el error a la milésima potencia. Y:

Que el pueblo tenga que expresar su voluntad respecto de la vida pública y no solo elegir a las personas.[3]

Así, vemos más claramente las características de la noción de voluntad general, pues si bien, cuando se cumplen las condiciones la justicia es más probable, cuando no se cumplen, y especialmente cuando hay pasiones colectivas (como en el caso de los partidos políticos), no debe sorprender que uno u otro individuo aislado pueda quizá estar más cerca de lo justo que la mayoría.

Es claro pues que, si tenemos al menos sólo en cuenta  estos fundamentos teóricos, no tiene mucho sentido hablar por ejemplo de pluralismo, como se hace usualmente. Es más, se puede decir que la idea de pluralismo y de tolerancia asociada, dadas las circunstancias actuales, y ya desde hace tiempo, constituyen una caricatura del ideal democrático, incluso algo opuesto.

Estas nociones, el pluralismo y la tolerancia, que provienen del espíritu laico, quieren decir en la práctica que cada uno tiene el derecho a pensar como mejor le parezca, de pertenecer al grupo que mejor le parezca, lo que en el fondo quiere  decir, muy usualmente,  que uno tiene el derecho a pensar sobre todo en función de intereses particulares o de pasiones colectivas (siendo estas al fin y al cabo las que entran en juego en las cuestiones públicas), por encima de todo, incluido evidentemente de la razón, o sea, más bien, que uno tiene el derecho a no pensar. Así pues, tenemos la derecha, la izquierda, el nacionalismo, el liberalismo etc. y puede formarse también un grupo que quiera el poder total aboliendo todos los demás, sin que exista nada que pueda evitarlo, pues sería contrario a la democracia actual, por lo que siempre esta se encuentra en riesgo de caer en una dictadura; en cualquier caso la razón libre no tiene un lugar preeminente. Pero esto no se queda aquí, sino que por los mismos principios, por la misma tolerancia y pluralismo, cada uno de estos grupos puede realizar sus campañas, puede publicar propaganda en los diarios o casi donde sea,  tratando de persuadir al público con su opinión.  Pero como  saben muy  bien los regímenes con tendencias totalitarias, la propaganda no estimula el pensamiento, sino que lo secuestra, mezcla una idea de un orden muy inferior o una consigna con un despliegue atractivo, de tal forma que los espíritus, especialmente los jóvenes,  poco propensos a la reflexión y que aún no se han consagrado a nada, caen fácilmente.

De manera general, la propaganda, la promoción, pueden hacer de cualquier materia  humana un objeto de fanatismo ciego. Las personas que se adhieren así, se adhieren por cualquier cosa menos por la razón libre.

Lo que tenemos entonces en nuestra democracia, así de tolerante y de plural, es la ausencia de soberanía y la caricatura de una democracia siempre en riesgo de caer en una dictadura.

Así, el espíritu laico, que tiene su base supuestamente en la razón y en el confuso humanismo, termina subordinando la razón  al ámbito privado, casi al ámbito simple de la especulación teórica aislada y dejando a los hombres desamparados ante el secuestro del partidismo y la propaganda en el ámbito público, social.

En realidad, la democracia auténtica, cuyo único principio inteligible y legítimo es la idea de voluntad general tal como Rousseau la definió, sigue siendo en gran medida un ideal por construir. Los instrumentos ideados para establecerla, por presiones de diversa índole y falta de discernimiento, han terminado más bien por obstaculizarla.

Para establecer entonces una democracia auténtica es preciso en primer lugar recuperar el lugar legítimo de la razón.

Aunque debería parecernos ya del todo evidente, la razón ha perdido su prestigio especialmente durante el siglo XX, más bien, ha sido casi totalmente abandonada y hasta ahora resulta difícil recuperarla del todo. Las teorías científicas absurdas y sin embargo admitidas, el surrealismo, el dadaísmo, algunos rezagos intensos del romanticismo adorador del poder y de la fuerza, nuevos híbridos y más dan suficiente testimonio de ello. Las evidencias de las que partió Rousseau, que hacen del uso de la razón nuestro principal instrumento para dirigir responsablemente nuestro destino y el progreso  auténtico, que se puede definir como el proceso que nos lleva de un estado mayor de pobreza tanto espiritual como material a un estado menor,  han sido casi por completo olvidadas, no hemos reparado en ellas y las hemos reemplazado por las opiniones y acciones siempre cambiantes, azarosas y tendenciosas de las diversas  colectividades.

Es completamente natural que con el casi abandono de la razón suceda a su vez el abandono de la noción de verdad. La verdad también está desprestigiada y se piensa que es bueno que sea así, pues de admitir como válida en el terreno público la noción de verdad, se dice que corremos el riesgo de volver a la época de la exclusión o peor de la Inquisición. Pero se equivocan quienes piensan así. Pues no existe ninguna relación natural entre la verdad y la Inquisición, más bien, existe casi oposición. El espíritu inquisitorial  no procede del sentimiento de la verdad, sino que tiene principalmente como móvil acallar todo lo que afecta el bienestar y la expansión dominadora de la colectividad y es por estos móviles por lo que denomina bueno o justo o verdadero a lo que le conviene o a lo que necesita para ese bienestar y esa expansión, sin ser capaz de reconocer la inmensa diferencia que existe entre la naturaleza de lo necesario y de lo bueno[4], como dice Platón. Es decir, son los grupos dominados sobre todo por los intereses de conservación y expansión y no por el deseo de verdad, justicia y bien los que engendran en sí el espíritu inquisitorial. La verdad, lejos de eso, por el mismo hecho de tener como característica la claridad, o mejor dicho, el anhelo de claridad (lo que no significa superficialidad o ausencia de misterio) no puede penetrar en las almas sino es por su evidencia; no tiene otro recurso, no fuerza, sólo persuade, pero no por la luz artificial de la propaganda y el prestigio, sino por su luz propia y sólo puede ser recibido a su vez por los espíritus que la desean libremente y que no están secuestrados. Por lo mismo, el que desea la verdad siempre está dispuesto a renunciar a cualquier posición, si la luz de la evidencia así le persuade, pero sólo en ese caso, es decir, es el principio mismo del diálogo auténtico. Son casi siempre el ruido del prestigio y el apego los que impiden ver lo justo y lo verdadero y los que conducen al error y al crimen. Así por ejemplo, Sócrates sólo buscaba dialogar para tratar de establecer lo justo, y no se imponía, sino que los argumentos por sí mismos se imponían, y si alguien  no estaba dispuesto a admitir la evidencia de los argumentos, no los forzaba, los dejaba ser; no fue él algo parecido a un inquisidor, él fue el asesinado.

Cierto es que en las cuestiones prácticas sociales, más incluso que en las teóricas, hay siempre riesgo de error. Ahí la justicia perfecta sólo puede ser un límite inalcanzable, pero sólo ella puede ser nuestro móvil, si queremos alcanzar lo que, dada cualquier condición determinada,  se  aproxime lo más a ella. Es decir, que si queremos establecer lo justo en una situación concreta, en nuestro esfuerzo de pensamiento debe primar el deseo de justicia perfecta, y no es precisa una definición de lo que ella sea, pues esa palabra responde a una perfección y por lo mismo ninguna definición humana la encierra realmente, pero cuando el pensamiento se mueve por ella, ella tiene el poder de aproximarlo cada vez más a ella. Lo mismo ocurre con la palabra verdad, o bien. Es uno de los misterios de la vida humana, pero cuya realidad se comprueba experimentalmente. Sucede que cuando ese deseo prima, ese deseo proporciona, tarde o temprano, un aumento de discernimiento y sólo en ese caso. Ahí donde no prima ese deseo, ahí hay disminución o falta de discernimiento. Eso es lo que quiere decir principalmente el principio cristiano del árbol y los frutos; habrá a lo más tanto bien en el fruto como el contenido en el móvil que lo origina y jamás más, para decirlo aproximadamente en palabras weilianas.

Así que una sociedad auténticamente democrática y libre, lejos de permitir la existencia de colectividades diversas que conforman cada una  determinada posición política, en nombre del pluralismo y la tolerancia,  y que no pueden tener sino como principal móvil conservarse y expandirse, debe estimular la capacidad de pensamiento individual de la población —pues el verdadero esfuerzo de pensamiento sólo pueden realizarlo los individuos en cuanto tales y jamás las colectividades— lo que constituye la verdadera riqueza en la variedad de pensamiento, y su preocupación sincera por la justicia y el bien social, lo que implica también protegerlos de la influencia de la propaganda, lo que significa más que tolerar, respetar.

Más bien, si se excita en la población la capacidad de pensar concretamente preocupándose por estos objetivos, aparte de poseer así un cuerpo de datos suficiente y  realista sobre los problemas que de verdad afectan a la población, y de encontrar las soluciones más adecuadas con mayor facilidad,  que no necesariamente provendrían de la gente que usualmente se llama “culta”, incluso quizá obtendríamos por añadidura una disminución del crimen, del vicio y del aburrimiento que tanto afectan a las sociedades democráticas,  algo que por lo visto no debe sorprendernos.

Evidentemente esta exposición sumaria es utópica (y es claro que personalmente no me hago ninguna ilusión, eso sería soñar despierto), pues para empezar si las pasiones colectivas y la fuerza tuvieran poco peso en la vida del hombre, desde un inicio no tendríamos problemas, pero sucede al contrario, tienen el peso predominante, casi absoluto. Pero a pesar de eso al parecer, elaborar esto o algo semejante es preciso si de verdad deseamos una sociedad realmente soberana y democrática. Y ni que decir que concebir las condiciones para aminorar ese peso lo más posible es lo propio de la ciencia social.

(Escrito por Emile).


[1] Simone Weil, Escritos de Londres y Últimas Cartas, (Trotta p. 102).

[2] Ibíd. (Trotta p. 103).

[3] Ibíd. (Trotta p. 104).

[4] República VI 493c.

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Reflexiones en torno a las elecciones

junio 11, 2011

Las elecciones avivan el interés por los asuntos públicos. Estos asuntos, en las almas que no están del todo concentradas en sí mismas, se refirieren principalmente al bien público, la justicia social, el futuro del país. Pero aunque se aviva el interés por esos asuntos, no es el pensamiento respecto a ellos lo que se aviva, salvo excepciones.

Al menos, es claro que el principal fin de los partidos no es avivar el pensamiento. Su principal fin, como lo muestra la abundancia de propaganda, la manipulación, e incluso las mentiras, es sobre todo sugestionar, persuadir, engendrar pasiones colectivas. Están contentos si alguien se adhiere a ellos aunque no sepan los motivos. A este respecto no se les puede culpar del todo, porque de no servirse de esos procedimientos, no existirían, pero no se puede decir tampoco que su principal objetivo es educar, pese a que, irónicamente, la mejora educativa sea una de sus principales consignas. Es cierto que se tiene los planes de gobierno, pero: ¿se puede decir que estos planes son conformes a la voluntad del pueblo? No existen los medios para formar una opinión parecida, lo que significa que no hay mucho interés por querer saber la opinión del pueblo al respecto, pese a decir todos que en caso de ser elegidos representarán al pueblo.

Una mente que quiera debatir sobre las ideas importantes de tal o cual agrupación se las verá negras, porque a casi nadie le importa las ideas, y a los que les importa o las conocen, que son por lo general los miembros y algunos militantes de un partido, no están muy dispuestos a rebatirlas, por muy consistentes o inconsistentes que sean esas ideas, pues corren el peligro de ponerse contra  su agrupación, lo que es contrario a la afiliación misma del partido.

Es decir, antes que ser la verdad o la justicia sus principales móviles, lo principal es la supervivencia y el crecimiento ilimitado del partido. Si no se realiza esta subordinación, ya no se forma parte del partido. Si uno realiza está subordinación, ya no es completamente capaz de alcanzar lo justo, pues la atención ya no es capaz de dirigirse suficientemente hacia ello. Y la justicia y la verdad requieren de una atención casi exclusiva para alcanzarlas y evitar el error, de la misma forma que un artista requiere de una atención parecida para alcanzar la belleza, pues ¿por qué la belleza requeriría menor esfuerzo de atención que la justicia, sobre todo cuando esta se refiere a la justicia en todo un pueblo? Verdad, justicia y belleza pertenecen todas al mismo ámbito trascendente, al ámbito anónimo. Cuando un hombre logra alcanzar en el ámbito del arte, del pensamiento o de la acción, algo que sólo ha surgido de una atención exclusiva hacia la belleza, la verdad o la justicia —y es la única forma de alcanzarlas realmente, pues no exigen nada menos; y por otra parte importa poco que sea o no consciente de que su atención se dirige de esa forma— su logro deja, en cierto sentido,  de pertenecerle a él mismo. Pasa a ser universal, es decir, adquiere un carácter anónimo, refleja una trascendencia; importando poco también el objeto particular que toma para realizar su obra, o circunstancia particular en la que se realiza su acción. Aunque también es cierto que muchas obras reputadas, incluso de universales, a decir verdad, la mayoría, no poseen esa característica. Esta universalidad se refleja incluso en las cosas más elementales, como en la operación de una suma: cuando se la realiza correctamente, la suma no pertenece a nadie, pero el error en cada caso, siempre es particular, del yo, de la persona. Como el objetivo principal de la política es mantener la justicia en la sociedad, todas sus acciones deberían estar dirigidas teniendo en cuenta el cuidado de la atención, facultad que permite acceder a lo trascendente. Este cuidado implica, respecto a la población en general, la satisfacción de las necesidades tanto corporales como las del alma de cada uno de sus miembros, pues cuando estas no están satisfechas en medida adecuada, el sufrimiento o corrupción que generan trastornan de ordinario, amarga o dulcemente, esta facultad, lo que impide la auténtica felicidad y, salvo gracia sobrenatural, constituye el  origen de todas las injusticias.

Por lo mismo, se puede decir también que la posibilidad de bien y justicia generales, están abandonadas al azar a grupos a quienes casi necesariamente no puede importarles profundamente la justicia y el bien públicos y que por lo tanto no son capaces de generarlos realmente. O acaso ¿es posible mantener en uno mismo vivo el sentimiento de justicia y sin embargo estar dispuesto a someterse  y a someter a los seres humanos a una coerción tal que incita a no pensar realmente, y por lo tanto a no interesarse realmente por la justicia?

Así, ocurre la paradoja de estar en una democracia en la que los miembros del partido no son capaces de pensar realmente lo justo, pues esta capacidad es maniatada por el deseo principal y obsesivo del crecimiento del partido y en la que tampoco el pueblo puede pensar, pues los partidos intentan sobre todo trasmitir  esa obsesión a todo el mundo y en la que, por lo tanto, el pueblo es prácticamente incapaz de elaborar opinión alguna y propia y en la que no existen tampoco los medios para expresarla y hacerla efectiva en el caso raro de que hubiera alguna; es decir, tenemos algo que es cualquier cosa menos una democracia y por lo visto, jamás hemos tenido una y quizá en todo el globo, salvo excepciones seguramente, jamás ha habido una.

Respecto a nuestra democracia, independientemente de las posturas, es este nuestro principal mal: el hecho de que los partidos políticos, por su propia naturaleza, son antidemocráticos y totalitarios.

La gente se interesa más en los méritos personales de cada candidato, en su aspecto, en “lo que representa”, en sus cualidades morales, cómo si eso fuera un factor importante. Es una ilusión. Ciertamente es un factor a considerar, pues no es nada saludable para el país la presencia de hombres evidentemente corruptos, pero tampoco es en absoluto determinante. La propia estructura de los partidos está diseñada de tal forma que ningún ser lo suficientemente desapegado para tratar lo complejos temas respecto al bien público  y buscarles solución pueda pertenecer a alguno. Para pertenecer a alguno se tendría que renunciar más o menos a la  probidad respecto a la verdad y a la justicia. El Estado siempre aplasta, devora, es una gran animal (utilizando la expresión de Platón), algunas veces más, otras menos. No por nada Cristo renunció a los reinos de este mundo. También es cierto que sólo personas con virtudes auténticamente cristianas serían adecuadas pero, como vemos, se presenta casi una imposibilidad intrínseca, al menos en un régimen partidario.

Incluso en el supuesto de que un hombre con auténticas virtudes llegue a un poder, y se sirva de los medios existentes para acceder a él como algo necesario, al momento en que llegue, esos mismos medios le impondrán un límite e interrumpirán continuamente la atención elevada y requerida para tratar los problemas públicos. Si pretende abolir esos medios, su actitud será declarada antidemocrática y ya no tendrá medios, salvo que los fuerce, lo que es ser necesariamente totalitario.

Así, para concebir un régimen que aplaste lo menos posible, lo principal sería abolir todo partido político, pero parece prácticamente imposible, principalmente por la costumbre arrastrada y por la falta de claridad respecto a los límites y fallas de la democracia partidaria. No es que tengamos en la práctica algo mucho mejor tampoco. Habría que inventar algo nuevo,  y lo principal sería la abolición de los partidos, es claro; pero teniendo en cuenta el ritmo del mundo globalizado, si se produce un cambio así, quizá tenga que provenir de los países con mayor influencia y prestigio en el orden del pensamiento e incluso en el orden de la acción, lo que de por sí ya hace de la realización de esa posibilidad algo mucho más difícil de lo que es, porque justamente el ritmo actual, las estructuras básicas de la política y las nociones que se manejan, proceden principalmente de ellos.

Es por estas razones que no se logra entender que la cura del mal social no depende de realizar tal o cual reforma, que su solución no se encuentra en el ámbito jurídico (nacionalización, privatización, mixtura, etc.). Si el pueblo desdichado se inclina sobre todo por las reformas nacionalistas, es porque está cansando de no tener un trabajo seguro, y porque está cansado de recibir uno como si se tratará de un favor. Pero la verdadera razón por la que el pueblo hace estos reclamos es porque es infeliz. Esta infelicidad no tiene su centro en  la carencia de dinero, ni mucho menos. Pero no son los partidos los que lograrán entender esto. No se dan cuenta, ni podrán, que centrando sobre todo sus campañas en las cuestiones salariales, lo que hacen es  aumentar la obsesión por el dinero, que es uno de los males de la sociedad. Que el problema está en que las necesidades universales, tanto las del cuerpo como las del alma, no están adecuadamente reconocidas oficialmente, y por lo tanto no constituyen el centro de atención de la actividad política y no se piensa en los mecanismos para satisfacerlas, y esto incluye que el trabajo no se vive como una forma de conectarse con el universo, sino que esta conexión, si se produce, lo que ya es muy raro, se produce casi siempre a pesar del trabajo. Cierto que el reconocimiento y satisfacción de estas necesidades y está conexión con el universo depende en gran parte de la educación, pero no tal como es concebida ahora, en función directa y casi exclusiva de los beneficios salariales y sociales.

Apenas se entra a la escuela ya se está acostumbrando a las pequeñas almas a la credulidad, a expresar sus opiniones siempre a favor o en contra de algo, es decir, a instalarles el espíritu partidario, lo que los aleja del bien. En las clases de matemática, apenas importan las demostraciones, sólo queda un triste cúmulo de recetas. En las clases de ciencia, se les enseña todo como un conjunto de verdades dogmáticas que hay que creer, sin casi ninguna preocupación por su historia, o por los procedimientos utilizados. En las de historia, se admira sobre todo esa grandeza que sólo engendra los ánimos de dominación en los espíritus fuertes, y los aplausos en los débiles: la grandeza de las conquistas, de los romanos; tenemos el ejemplo de la cultura griega, precolombinas y del Tahuantinsuyo, pero carecen del prestigio de los romanos y en los que también se enfatiza la grandeza de la dominación sobre los débiles. En las de letras y artes, predominan la admiración por el individualismo, por los sentimientos de orgullo, la vanidad etc. No es que haya que suprimir esos estudios, sino que hay que enseñarlos de tal forma que no constituyan mecanismos de credulidad, y que despierten más bien la capacidad de pensamiento, y en la que no se admire tanto esos sentimientos que no son realmente admirables ni saludables. Y aún así creen o peor, se les enseña, que la religión es sobre todo para gente que no piensa, lo que por otra parte es muchas veces lamentablemente cierto y casi nadie logra corregirlos; cuando la religión, no en su sentido partidario, sino como forma de pensamiento, requiere de la atención más elevada. En las universidades esto tampoco es muy diferente. A decir verdad, en el mundo esto no es muy diferente. No debe sorprendernos, nuestros males generales son también los males generales del mundo.

Si los trabajadores de la clase baja fueran felices no serían tan imperiosas las reformas salariales. Pero como los partidos se concentran sobre todo en esta demanda, no contribuyen a que sean realmente felices, pues como es la creencia común: ni la felicidad auténtica —ni mucho menos la justicia—  se compran con dinero. Como dice Simone Weil, en quien se inspiran estos pensamientos y en la que se puede hallar la lista más o menos rigurosa de estas necesidades: los pobres tienen sed y piden agua y se les quiere dar agua, pero su sed proviene de una herida en el estómago, y es la herida sobre todo lo que hay que atender.

Ese fue también el error fundamental de los marxistas: pensaron que un simple cambio de régimen acabaría automáticamente con la injusticia; no se dieron cuenta que sus causas son más profundas. Cuando se piensa así, que un simple cambio de régimen traerá automática y providencialmente la justicia, se hace fácil morir y sobre todo matar en su nombre. No se repara en el hecho que de una mentira, de  un mal, jamás puede producirse un verdadero bien, sino necesariamente un mal. Ese fue también el principal error y el principal mecanismo psicológico de los grupos revolucionarios terroristas que hubo en nuestro país. Por otra parte, si se piensa que no es importante aspirar a la felicidad del pueblo desdichado, sino solo preocuparse por que tengan qué comer, se les trata como al ganado.

Es fácil ver que esta problemática supera la capacidad, ya sea en gracia o voluntad, de cualquier ser humano; es un problema de raíz generalizado. Es triste que sea así, pero es así.

Ante estas condiciones: ¿Qué puede hacer un espíritu  que desea la justicia, y quiere actuar de hecho, concretamente, pero no quiere pasar por la máquina asfixiadora de pensamiento que es el partido? ¿Qué puede hacer si no es escuchado?

Se suele apelar en la actualidad a la noción de derecho para exigir las reivindicaciones de los desdichados. Pero no es una noción adecuada tampoco. El reclamo que se realiza apelando al derecho, cuando se fija la atención en ello, siempre lleva dentro de sí un ánimo provocador, de confrontación. Es natural que tenga ese ánimo, porque un derecho no es nada sin el prestigio de una fuerza detrás que le confiera realidad. En cambio, respecto a la justicia para con los desdichados, no se debe apelar a ningún tipo de fuerza, sino solamente intentar conmover el corazón. Un corazón casi muerto en muchos casos, que no cree en la realidad del bien. En un caso así la justicia  precisa de lo más profundo, lo más delicado y silencioso y no de un griterío de reivindicación. La reivindicación al contrario, les hace más sensible la desdicha, su mal, lo que sin la realidad de bien puro e íntimo correspondiente termina degradando más, lo que es hacerles un mal más que un bien.

Por muy buenas intenciones que haya tenido la Comisión de la Verdad y Reconciliación y por muy importantes resultados que  haya obtenido, es inevitable decir que a los desdichados del conflicto armado  probablemente se les ha hecho con ello más un mal que un bien, al centrarse en la noción de derecho y al constituir las reivindicaciones sobre todo dinero o la promesa de este. La noción de derecho tiene su sentido, pero en el ámbito medio, el que pertenece a la propiedad, no en el ámbito superior de la justicia del alma en la que no hay propiedad alguna, en la que se precisa un profundo reconocimiento de lo más frágil que hay en el ser humano, por medio de la atención humilde y cercana.

Al parecer pues, no existe en nuestra sociedad, ni en el mundo, medio o instrumento adecuado para la acción efectiva de un corazón hambriento de justicia. ¿Qué hacer?

Parece que lo único que se puede hacer es tratar de aplacar uno mismo las injusticias que están al alcance, y tratar de colaborar efectivamente, independientemente del Estado o no, en todo lo que tenga un  fin práctico o uno de verdad espiritual,  cuidando siempre uno mismo, según su conciencia, de no rebajarse en el proceso.

(Escrito por Emile).

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Sobre la libertad de expresión y de pensar, los partidos políticos, la democracia y la prensa (por Simone Weil)

junio 4, 2011

(Selección de:  Echar Raíces.  Editorial Trotta, 1996).

 

A la libertad de opinión y a la libertad de asociación se las menciona generalmente juntas. Es un error. Salvo en el caso de las agrupaciones naturales, la asociación no es una necesidad, sino un expediente de la vida práctica.

La libertad de expresión total, ilimitada, para toda opinión, cualquiera que sea, sin ninguna restricción o reserva, es una necesidad absoluta para la inteligencia. Consiguientemente es una necesidad del alma, ya que cuando la inteligencia se encuentra a disgusto el alma entera está enferma. La naturaleza y los límites de la satisfacción de esta necesidad están inscritos en la estructura misma de las diferentes facultades del alma. Pues una misma cosa puede ser limitada e ilimitada, de igual modo que se puede prolongar indefinidamente la longitud de un rectángulo sin que deje de estar limitado en su anchura.

En un ser humano, la inteligencia se puede ejercer de tres maneras. Puede trabajar sobre problemas técnicos, es decir, hallar los medios para llegar a un fin dado de antemano. Puede aportar luz cuando se trata de una deliberación de la voluntad en la elección de una orientación. Puede finalmente operar sola, separada de las demás facultades, en una especulación puramente teórica de la que se haya descartado provisionalmente toda preocupación por la acción.

En un alma sana, la inteligencia se ejerce alternativamente de las tres maneras, con grados diferentes de libertad. En su primera función es una sirvienta. En la segunda es destructiva y debe ser reducida al silencio cuando empiece a dar argumentos a la parte del alma que, en todo aquel que no se halla en estado de perfección, se pone siempre del lado del mal. Pero cuando opera sola y separada conviene que disponga de una libertad soberana. De lo contrario le falta al ser humano algo esencial.

Ocurre lo mismo en una sociedad sana. Por ello sería deseable constituir una reserva de libertad absoluta en el ámbito de la edición, pero quedando convenido que las obras publicadas en ese ámbito reservado no comprometen en grado alguno a los autores y no contienen ningún consejo para los lectores. Ahí se podría exponer con toda su fuerza argumentos a favor de causas malignas. Es bueno y saludable que se expongan. Cualquiera podría hacer el elogio de lo que más reprobase. Sería público y notorio que el objeto de tales obras no es definir la posición de los autores acerca de los problemas de la vida, sino contribuir, por medio de investigaciones preliminares, a la enumeración completa y correcta de los datos relativos a cada problema. La ley impediría que su publicación entrañara cualquier tipo de riesgo para el autor.

Por el contrario, las publicaciones destinadas a influir en lo que se llama la opinión, es decir, el gobierno de la vida, constituyen actos, y se deben someter a las mismas restricciones que todos los actos. Dicho de otra forma: no deben causar ningún perjuicio ilegítimo en ningún ser humano, y, sobre todo, jamás deben contener negación alguna, explícita o implícita, de las obligaciones eternas hacia el ser humano, a partir del momento en que tales obligaciones han sido solemnemente reconocida por la ley.

La distinción de los dos ámbitos, el que queda fuera de la acción y el que forma parte de ella, es imposible de formular sobre el papel en lenguaje jurídico. Pero ello no impide en absoluto que dicha distinción quede perfectamente clara. La separación de ámbitos es fácil de establecer de hecho sólo con que la voluntad de llevarla a cabo sea suficientemente firme.

Esta claro, por ejemplo, que la prensa diaria y semanal se halla enteramente en el segundo ámbito. También las revistas, pues todas ellas constituyen un foco de irradiación de determinada manera de pensar; sólo las que renunciaran a dicha función podrían aspirar a la libertad total.

Lo mismo en lo que respecta a la literatura. Sería una solución para el debate recientemente sostenido sobre moral y literatura, oscurecido por el hecho de que todas las personas de talento, por solidaridad profesional, se hallaban de un lado, y los imbéciles y cobardes del otro.

Sin embargo, la posición de los imbéciles y de los cobardes no dejaba de ser en gran medida razonable. Los escritores tienen una forma inadmisible de jugar a dos barajas. Nunca como en nuestra época habían aspirado a la función de directores de conciencia ni la habían ejercido. De hecho, en los años que precedieron a la guerra, sólo los sabios se la disputaron. El puesto en otro tiempo ocupado por los curas en la vida moral del país era ocupado ahora por físicos y novelistas, lo que basta para medir el valor de nuestro progreso. Sin embargo, si alguien pidiera cuentas a los escritores acerca de la orientación de su influencia, se refugiarían indignados en el privilegio sagrado del arte por el arte.

No cabe duda, por ejemplo, de que Gide supo siempre que libros como Les Nourritures terrestres o Les Caves du Vatican  influyen en el comportamiento práctico de cientos de jóvenes, y se enorgullecía de ello. A partir de este momento no hay, pues, motivo alguno para situar tales libros tras la barrera intocable del arte por el arte, ni tampoco para encarcelar a un joven que arroje a alguien de un tren en marcha. Se podría reclamar igualmente los privilegios del arte por el arte a favor del crimen. Los surrealistas no anduvieron lejos de ello. Lo que tantos imbéciles han repetido hasta la saciedad sobre la responsabilidad de los escritores en nuestra derrota[2]es, por desgracia, absolutamente cierto.

A un escritor que, gracias a la libertad total concedida a la inteligencia pura, publicara escritos contrarios a los principios morales reconocidos por la ley, y que luego se convirtiera en un foco de influencia público y notorio, sería fácil preguntarle si está dispuesto a admitir públicamente que tales escritos no expresan su posición. Si así no fuera, resultaría fácil castigarle. Si mintiese, sería fácil deshonrarle. Además, debe quedar establecido que un escritor, a partir del momento en que ocupa una posición influyente en la dirección de la opinión pública, no puede aspirar ya a una libertad ilimitada. También aquí es imposible una definición jurídica, pero los hechos no son difíciles de discernir. No hay por qué limitar la soberanía de la ley al ámbito de las cosas expresables en fórmulas jurídicas, pues dicha soberanía se ejerce asimismo mediante los juicios de equidad.

Además, la necesidad misma de libertad, esencial a la inteligencia, exige una protección contra la sugestión, la propaganda, la influencia por obsesión. Pues constituyen formas de coerción: de una coerción particular que no va acompañada de miedo o de dolor físico pero que no por ello es menos violenta. La técnica moderna la provee de instrumentos extremadamente eficaces. Por naturaleza, dicha coerción es colectiva, y sus víctimas son las almas humanas.

El Estado se vuelve criminal si emplea tal coerción, salvo en caso de imperiosa necesidad. Además, debe prohibir su uso. La publicidad, por ejemplo, debe estar rigurosamente limitada por ley; su volumen ha de reducirse muy considerablemente y debe estar rigurosamente prohibido que aborde temas que pertenezcan al ámbito del pensamiento.

Por otro lado, puede haber represión contra la prensa, las emisiones radiofónicas y demás no sólo cuando atenten contra los principios de moralidad públicamente reconocidos, sino también cuando haga uso de la bajeza de tono y de pensamiento, del mal gusto, de la vulgaridad, y contribuyan a crear una atmósfera solapadamente corruptora. Dicha represión puede llevarse a cabo sin afectar lo más mínimo a la libertad de opinión. Por ejemplo, un diario puede ser suprimido sin que los miembros de la redacción  pierdan el derecho a publicar donde mejor les parezca o, incluso, en los casos menos graves, a seguir agrupados para mantener el mismo diario bajo otro nombre. Sólo que dicho diario habrá sido acusado públicamente de infamia y correrá el riesgo de volver a serlo. La libertad de opinión se debe exclusivamente y con reservas al periodista, no al periódico, ya que sólo el periodista tiene capacidad de formar opinión.

De manera general, todos los problemas que conciernen a la libertad de expresión quedan aclarados si se conviene que tal libertad constituye una necesidad de la inteligencia, y que la inteligencia reside únicamente en el ser humano considerado solo. El ejercicio colectivo de la inteligencia no existe. En consecuencia, ningún grupo puede aspirar legítimamente a la libertad de expresión, pues no la necesita para nada.

Por el contrario, la protección de la libertad de pensar exige que la ley prohíba a todo grupo la posibilidad de expresar una opinión. Pues cuando un grupo afirma tener opiniones tiende inevitablemente a imponerlas a sus miembros. Tarde o temprano se impide a los individuos, de forma más o menos rigurosa, sostener opiniones opuestas a las del grupo en una cantidad de problemas más o menos amplia, a menos que lo abandonen. Pero la ruptura con el grupo del que se es miembro entraña siempre sufrimientos, cuando menos de carácter sentimental. Y mientras que el riesgo y la posibilidad de sufrimiento son elementos sanos y necesarios en la acción, resultan en cambio perjudiciales en el ejercicio de la inteligencia. Un temor, incluso leve, provoca siempre, según el grado de valor, sumisión o rigidez, y esto basta para desajustar ese instrumento de precisión extremadamente delicado y frágil que constituye la inteligencia. También la amistad es, en este sentido, un gran peligro. La inteligencia está derrotada a partir del momento en que la expresión del pensamiento va precedida, explícita o implícitamente, de la palabra “nosotros”. Y cuando la luz de la inteligencia se ofusca, al cabo de un tiempo harto breve se extravía el amor al bien.

La solución práctica inmediata consiste en la abolición de los partidos políticos. La lucha de partidos, tal como se daba en la Tercera República, resulta intolerable; el partido único, que es por otro lado, su consecuencia inevitable, constituye el grado extremo del mal; no queda otra posibilidad, pues, que una vida pública sin partidos. Hoy tamaña idea puede parecer nueva y atrevida. Tanto mejor, puesto que precisamos algo nuevo. Aunque en realidad se trata simplemente de la tradición de 1789.

Desde la perspectiva de las gentes de 1789, no había siquiera otra posibilidad; una vida pública como la nuestra en el último medio siglo les habría parecido una pesadilla horrible; no habrían considerado admisible que un representante del pueblo pudiera abdicar de su dignidad hasta el punto de convertirse en miembro disciplinado de un partido.

Rousseau mostró claramente que la lucha de partidos aniquila automáticamente la República. Había predicho sus consecuencias. En este momento sería bueno fomentar la lectura de El Contrato Social. Pues hoy donde ha habido partidos políticos la democracia está muerta. De todos es sabido que los partidos ingleses tienen una tradición, un espíritu y una función tales que los hacen incomparables a los demás. Asimismo, los equipos concurrentes en Estados Unidos no son propiamente partidos políticos. Una democracia en que la vida pública esté constituida por la lucha de partidos es incapaz de impedir la formación de uno que tenga como fin declarado destruirla. Si promulgara leyes de excepción, asfixiará la democracia. Si no lo hace, estará tan segura como un pájaro ante una serpiente.

Habría que distinguir entre dos tipos de agrupaciones, a saber: de un lado, los grupos de intereses, donde la organización y la disciplina estarían en cierta medida autorizadas; de otro, los grupos de ideas, donde estarían rigurosamente prohibidas. En las situación presente es bueno permitir que las personas se agrupen en defensa de intereses tales como salarios y similares, que se les deje actuar dentro de límites muy estrechos y bajo la supervisión permanente  de los poderes públicos. Pero no debe permitirse que toquen las ideas. Los grupos donde se debaten ideas no han de ser tanto grupos cuanto medios más o menos fluidos. Cuando se diseña una acción, no hay razón alguna para que sea ejecutada por personas diferentes de quienes la aprueban.

En el movimiento obrero, por ejemplo, una distinción semejante pondría fin a una intricada confusión.  En el período anterior a la guerra tres orientaciones reclamaban la atención de todos los obreros y tironeaban constantemente de ellos. En primer lugar, la lucha por los salarios; en segundo lugar, los restos cada vez más débiles pero siempre vivos del viejo espíritu sindicalista de antaño, idealista y más o menos libertario; por último, los partidos políticos. Con frecuencia, en el curso de una huelga, los obreros que sufrían y luchaban eran absolutamente incapaces de discernir si se trataba de salarios, de un impulso del viejo espíritu sindical o de una operación política dirigida por un partido; y tampoco podía saberse desde fuera.

Una situación así es imposible. Cuando estalló la guerra en Francia los sindicatos estaban muertos o casi muertos, a pesar de los millones de afiliados o por causa de ellos. Tras un prolongado letargo, recobraron un embrión de vida con ocasión  de la resistencia al invasor. Pero esto no prueba que sean viables. Es del todo evidente que habían sido aniquilados, o casi, por dos venenos, cada uno de los cuales, por separado, era mortal.

Los sindicatos no pueden vivir si los obreros están tan preocupados por los salarios como lo están mientras trabajan a destajo en la fábrica. En primer lugar, porque de ello resulta esa especie de muerte moral causada siempre por la obsesión del dinero. Y también porque, en las condiciones sociales actuales, el sindicato, al ser un factor de actuación permanente en la vida económica del país, acaba por transformarse inevitablemente en una organización profesional única, obligatoria y asimilada a la vida oficial. Pasa así al estado de cadáver.

Por otro lado, es igualmente evidente que el sindicato no puede vivir junto a los partidos políticos. Hay en ello una imposibilidad del orden de las leyes mecánicas. Análogamente, el partido socialista no puede vivir junto al partido comunista, ya que el segundo posee la cualidad de partido, si se puede decir así, en un grado mucho más elevado.

Además, la obsesión por los salarios refuerza la influencia comunista, porque las cuestiones de dinero, al afectar tan vivamente a todo el mundo, imponen al mismo tiempo en todos un tedio tan mortal que resulta indispensable, como compensación, la perspectiva apocalíptica de la revolución en su versión comunista. Si los burgueses no sienten la misma necesidad de apocalipsis es porque las cifras elevadas cobran una poesía y un prestigio que atenúa en parte el hastío ligado al dinero, mientras que cuando éste se cuenta por perras chicas ese hastío se da en su estado puro. Por otro lado, la inclinación de los burgueses grandes y pequeños hacia el fascismo muestra que, pese a todo, también ellos se hastían.

El gobierno de Vichy creó en Francia organizaciones profesionales únicas y obligatorias para los obreros. Es de lamentar que se les haya dado, como está de moda actualmente, el nombre de corporación, nombre que en realidad designa algo muy diferente y muy bello. Sin embargo, por fortuna esas organizaciones muertas están ahí para asumir la parte muerta de la actividad sindical. Sería peligroso suprimirlas. Es preferible que carguen con la acción cotidiana de los salarios y de las reivindicaciones inmediatas. Por lo que hace a los partidos políticos, si todos estuviesen rigurosamente prohibidos en un clima general de libertad, es de esperar que su existencia clandestina fuese cuando menos difícil. En tal caso, los sindicatos obreros, si aún tuviesen un destello de vida, podrían convertirse poco a poco en expresión del pensamiento obrero, en el órgano del  honor de los trabajadores. Se interesarían —como es tradición en el movimiento obrero francés, que se ha sentido siempre responsable de todo el universo— por todo lo concerniente a la justicia, incluidas, llegado el caso, las cuestiones de salarios, aunque muy de vez en cuando y para librar a los seres humanos de la miseria.

Naturalmente, debería poder influir en las organizaciones profesionales según las modalidades definidas por la ley.

Tal vez sólo se cosecharían ventajas si se prohibiera a las organizaciones profesionales declarar una huelga permitiéndolo en cambio a los sindicatos; pero habría que establecer algunas limitaciones; a saber: hacer corresponder ciertos riesgos a dicha responsabilidad, prohibir toda coerción y proteger la continuidad de la vida económica.

Respecto del lock out[1], no hay motivo alguno para no prohibirlo absolutamente.

La autorización de las agrupaciones de ideas debería estar sujeta a dos condiciones. Primera, que no existiese excomunión. El reclutamiento se realizaría libremente por vía de afinidad, sin que pudiera obligarse a nadie a adherirse a un conjunto de afirmaciones cristalizadas en fórmulas escritas. Un miembro ya admitido sólo podría ser excluido por falta contra el honor o por propaganda política, delito que implicaría una organización ilegal y expondría por tanto a un castigo mayor.

Ello constituiría verdaderamente una medida de salud pública, pues la experiencia muestra que los Estados totalitarios los establecen partidos totalitarios, partidos que se forjan a golpes de exclusión por delito de opinión.

La otra condición podría ser que realmente hubiera circulación de ideas y pruebas tangibles de la misma en forma de folletos, revistas o boletines donde se estudiaran problemas de orden general. Una excesiva uniformidad de opiniones haría sospechoso al grupo.

Por lo demás, todas las agrupaciones de ideas estarían autorizadas a actuar como mejor les pareciera, a condición de no violar la ley ni imponer a sus miembros disciplina alguna.

Respecto de los grupos de intereses, su vigilancia debería implicar ante todo una distinción; la palabra interés unas veces expresa la necesidad y otras algo completamente distinto. Si se trata de un obrero pobre, interés quiere decir alimento, alojamiento, calefacción. Para un patrón significa otra cosa. Cuando la palabra está tomada en su primer sentido, la acción de los poderes públicos debería consistir en estimular, apoyar y proteger la defensa de estos intereses. En el caso contario, la actividad de los grupos de intereses debe estar continuamente controlada, limitada, y reprimida por los poderes públicos siempre que proceda. Ni que decir que los límites más estrechos y los castigos más dolorosos deben corresponder a los que por naturaleza son más poderosos.

Lo que se ha llamado libertad de asociación ha significado en realidad la libertad de las asociaciones. Ahora bien: las asociaciones no tiene por qué ser libres; son instrumentos, y, como tales, deben estar sujetas. La libertad sólo corresponde al ser humano.

En cuanto a la libertad de pensamiento, es cierto que sin ella no hay pensamiento. Pero aún es más cierto que cuando el pensamiento no existe tampoco es libre. En los últimos años ha habido mucha libertad de pensamiento, pero no pensamiento. Algo así como el niño que, no teniendo comida, pide sal para sazonarla.

[…]

La necesidad de verdad es la más sagrada de todas. Sin embargo nunca se habla de ella. Cuando se percibe la cantidad y enormidad de falsedades materiales expuestas sin vergüenza incluso en los libros de los autores más reputados da miedo leer. Pues se lee como se bebería el agua de un pozo dudoso.

Hombres que trabajan ocho horas diarias hacen el gran esfuerzo de leer por la noche para instruirse. Como no pueden ir a las grandes bibliotecas a verificar lo que han leído, creen todo lo que figura en los libros. No hay derecho a que se les dé de comer algo falso. ¿Qué sentido tiene alegar que los autores van de buena fe? Ellos no hacen ocho horas diarias de trabajo físico. La sociedad les alimenta para que dispongan de tiempo libre y se tomen la molestia de evitar el error.

Un guardagujas culpable de un descarrilamiento que alegara buena fe no sería precisamente bien visto.

Con mayor razón resulta vergonzoso que se tolere la existencia de diarios de los que todo el mundo sabe que ningún colaborador podría permanecer en el cargo si a veces no aceptara alterar conscientemente la verdad.

El público recela de los diarios, pero esa desconfianza no le protege. Como sabe que un diario contiene verdades y mentiras, reparte las noticias entre las dos rúbricas, pero al azar, según sus preferencias. De este modo sigue expuesto al error.

Todo el mundo sabe que cuando el periodismo se confunde con la organización de la mentira constituye un crimen. Pero se considera un delito impunible. ¿Qué impide castigar a una actividad cuando ha sido reconocida como criminal? ¿De dónde proviene esta extraña idea de crímenes no punibles? Se trata de una de las deformaciones más monstruosas del espíritu jurídico.

¿No es hora ya de proclamar que todo crimen es punible, y que llegado el caso se está dispuesto a castigar todos los delitos?

Algunas sencillas medidas de salud pública podrían proteger a la población de los atentados contra la verdad.

La primera podría consistir en crear tribunales especiales de gran honorabilidad compuestos por magistrados especialmente elegidos y preparados. Se encargarían de castigar con la reprobación pública todo error evitable, y podrían infligir penas de cárcel en caso de frecuente reincidencia agravada con manifiesta mala fe.

Por ejemplo, un amante de la Grecia antigua que leyera en el último libro de Maritain: “los mayores pensadores de la antigüedad no pensaron en condenar la esclavitud”, citaría a Maritain ante uno de estos tribunales. Aportaría el único texto importante que nos ha llegado sobre la esclavitud, el de Aristóteles. Haría leer a los magistrados la siguiente frase: “algunos afirman que la esclavitud es absolutamente contraria a la naturaleza y a la razón”. Haría observar que nada permite suponer que entre esos “algunos” no estén los más grandes pensadores de la antigüedad. El tribunal censuraría a Maritain por haber impreso una afirmación falsa cuando le era tan fácil evitar el error, que constituye, aunque sea involuntariamente, una calumnia atroz contra toda una civilización. Todos los periódicos diarios, semanales o de otro tipo, las revistas y la radio estarían obligadas a poner en conocimiento del público la censura del tribunal y, en su caso, la respuesta de Maritain. En este caso concreto difícilmente podría darla.

Cuando Gringoire[2] publico in extenso un discurso atribuido a un anarquista español anunciado como orador en una reunión parisina pero que en el último momento no había podido salir de España, un tribunal semejante no hubiera estado de más. Siendo en ese caso la mala fe más evidente que dos y dos son cuatro, la cárcel quizá no hubiera sido demasiado severa.

En un sistema así se permitiría llevar la acusación ante los tribunales a cualquiera que detectase un error evitable en un texto impreso o en una emisión de radio.

La segunda medida consistiría en prohibir absolutamente la propaganda de todo tipo en la radio o en la  prensa diaria. A estos dos instrumentos sólo se les permitiría servir información no tendenciosa.

Los tribunales en cuestión velarían para que no lo fuese.

Respecto a los órganos de información, deberían poder juzgar no únicamente las afirmaciones erróneas, sino también las omisiones voluntarias o tendenciosas.

Los medios de circulación de ideas que deseasen darlas a conocer sólo tendrían derecho a órganos semanales, quincenales o mensuales. No es en absoluto necesaria una periodicidad mayor si lo que se pretende es hacer pensar y no embrutecer.

La corrección de los medios de persuasión quedaría garantizada por la vigilancia de esos mismos tribunales, que estarían autorizados a suprimir un órgano en caso de alteración excesivamente frecuente de la verdad. Si bien los redactores podrían hacer reaparecer la publicación bajo otro nombre.

Todo esto no supondría el más mínimo perjuicio a las libertades públicas. Se satisfaría la más sagrada necesidad del alma humana: la protección contra la sugestión y el error.

Pero ¿quién garantizaría la imparcialidad de los jueces?, se objetará. La única garantía, aparte de su total independencia, consiste en que procedan de medios sociales diferentes, que estén dotados naturalmente de una inteligencia amplia, clara y precisa, y que hayan sido formados en una escuela donde no se les dé una educación jurídica sino principalmente espiritual y secundariamente intelectual. Es necesario que se acostumbren a amar la verdad.

No hay posibilidad alguna de satisfacer en un pueblo la necesidad de verdad si para ello no pueden encontrarse hombres que la amen.

[1] Cierre patronal de fábricas.

[2] Semanario de orientación política ultraderechista.

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¿Es Keiko egoísta?

mayo 21, 2011

Respecto a la actitud de Keiko, siendo rigurosos, en realidad no se trata de egoísmo, en tanto esto significa amor por sí mismo. Keiko hace lo que hace en gran parte  por amor al padre. Todos actúan siempre movidos por una especie del amor. Y existen muchas clases de amor: desde aquel que tiene por objeto algo ridículo o bajo hasta el amor divino. ¿Cuál será la especie de amor que mueve a Humala? Puede ser principalmente amor por el poder, o por la nación, o por la grandeza histórica, el prestigio, etcétera, o quizá, poco probable, por algo mejor. Como dice Weil, el egoísmo no existe, nadie se ama a sí mismo, porque nadie posee el bien en sí mismo. Somos deseo, nos dirigimos siempre hacia algo exterior. Nuestro deseo de bien esencial siempre se dirige hacia algo exterior.

Si Keiko sólo luchara por su padre en tanto hija, aunque su padre sea un corrupto, no se le juzgaría tan fuertemente. Lo que hace que su acción sea algo repudiable, es que antepone un bien particular a un bien general. Sin embargo, todos hacemos esto muchas veces, en tanto nuestro amor no se ha extendido sobre toda la humanidad anónima. En realidad, el único objeto de amor siempre es lo real. Y sólo sentimos como real lo que amamos. No existe, en ningún caso, amor por el mal, pues  el mal es el  sentimiento mismo de la irrealidad. Si Keiko sintiese como reales, amara, no sólo a su padre, sino también a la población entera, no podría hacer lo que hace. Y nada menos podría evitar hacer lo que hace. En cierto sentido es valiente, porque por amor está dispuesta a sacrificar todo. Pero en un sentido fundamental es más cobarde, porque no está dispuesta a concebir que existe toda una población, en la que cada uno de sus integrantes, es algo tan real como su padre. Por otra parte, ¿quién puede concebir algo parecido? Menos que pocos seguramente, y si es que existen, como hay que esperarlo, están ocultos.

De hecho, seguramente, Humala tampoco lo concibe así. Así que en principio se puede decir que ambos están igual de alejados. Pero existen anteposiciones más dañinas que otras. Cuando la anteposición pasa evidentemente por la ceguera ante la injusticia y la corrupción a gran escala  no puede sino ser muy dañina.  Si bien Humala posee de hecho (digamos en todo caso, muy probablemente) una anteposición, parece que no padece evidentemente esta ceguera, por lo que en principio, sea como sea, por más encubierta que pueda estar a la propia conciencia, al menos se puede creer que existe la posibilidad de que sea menos dañina.

Y en realidad, independientemente de que sea menos dañina en sí misma o no la anteposición de Humala, de hecho al menos, es menos dañina elegirla, por la evidencia que implica la primera, al menos para mí.

(Escrito por Emile).

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El animal social

mayo 9, 2011

En la República VI de Platón, se expone que la causa principal y más poderosa de  la perdición del sentido del bien es la tendencia de las colectividades a absorberlo todo y a excluir o destruir todo aquello que no pueda ser absorbido, por atentar contra la supervivencia o comodidad de la colectividad. Es por eso, entre otras razones, que en ese libro se considera la colectividad como un gran animal.

La capacidad de pensar propia del hombre es algo muy distinto a lo que se puede denominar pensamiento animal. Claro que también el lenguaje nos diferencia del animal, como también el uso de herramientas complejas y otras cosas, pero todos ellos están intrínsecamente relacionados con el pensamiento humano. La capacidad de pensar humana no es otra que la facultad de la atención y esta facultad es siempre atención en el vacío, cuando de verdad se ejerce. La atención en el vacío, la espera que precede todo acto de pensamiento humano auténtico, es de ordinario lo contrario al instinto animal. Es esta capacidad de espera y atención en el vacío la que permite que el hombre pueda acceder a la justicia, a la verdad y al bien. Además de esta capacidad de pensamiento particular del hombre, el deseo mismo de bien también nos diferencia de los animales. En en el fondo, todas constituyen una sola realidad: el hombre.

Se puede decir que los animales son incapaces de desear el bien, que simplemente desean lo necesario o, a lo más, en los más inteligentes entre ellos, si es que desean alguna especie de bien, su forma de deseo es, en principio al menos, infinitamente inferior al del hombre. El hombre desea el bien infinito, el animal no. Es por eso que el hombre ante el mundo, que evidentemente no le brinda ningún bien, sino simplemente hechos, es capaz de esperar y atender en el vacío y por lo tanto de pensar tal como es capaz de hacerlo. Es su deseo de bien infinito, el que le brinda el sentimiento de la trascendencia, de una realidad no compuesta por hechos. Se siente hecho para algo superior, razón por la que, cada vez que queda reducido al plano simplemente animal o material, se siente degradado. La degradación, el sentimiento de estar hecho para el  bien y sin embargo estar alejado de él, es lo que constituye el mal.

Así como por la capacidad de desear el bien infinito y de pensar en conformidad con ese deseo, un hombre es superior a un animal, por esa misma razón es superior a una colectividad. Una colectividad puede ser superior a un solo hombre en relación a todo menos a la capacidad de pensamiento. El pensamiento es una operación exclusiva de un solo hombre. Cuando un hombre llega a una verdad, no puede transferirle esa verdad a otro como si se tratara de un simple objeto material. No puede ser transferida por la fuerza, sea esta física o psicológica. Es preciso que esa verdad, por decirlo de algún modo, vuelva a nacer, sea redescubierta, por el hombre al cual se transfiere la verdad. Es preciso que ese hombre utilice su propia capacidad de atención y espera para reconocer la verdad como tal. No existe otra forma de transferir verdades. Como pensaba Platón, la verdadera educación consiste en redirigir la mirada de la atención hacia lo que es conveniente, para que vea por sí misma, y no como si se pusiera vista donde no existe.

Todos podemos captar la verdad, pero es preciso que cada uno la capte para que pueda ser reconocida como una verdad. Si se acepta algo como verdad sin reconocerla como tal, lo que se acepta entonces no es una verdad, es otra cosa, por más que lo que se acepte sea en sí mismo verdad. Así, la verdad precisa siempre de la atención, y quien renuncia a la capacidad de pensar interesándose sólo por la verdad, renuncia a su vez a la verdad; y también a la justicia, pues ella también requiere para ser reconocida como tal de una atención parecida. En general, todo aquel que renuncia a prestar atención pura, todo aquel dispuesto a subordinarse a algo distinto al bien, sea por conveniencia, por estima, por amistad, o por lo que sea, renuncia al bien.

La amistad y la estima se relacionan con la verdad sólo porque, de común, sólo estamos dispuestos a prestar atención a los amigos o a lo que estimamos. La amistad y la estima quedan manchadas cuando buscamos subordinados o ser subordinados, sólo por el hecho de la estima o de ser amigos, pues aleja del bien.  El respeto auténtico y mutuo entre discípulo y maestro debe estar basado sobre todo en el  respeto por la verdad, más que en las cuestiones personales o de otra índole. Cuando no es el respeto por la verdad lo que prima, no existe verdadera relación discípulo-maestro y la educación es algo más o menos triste. Respeto por la verdad no quiere decir respeto por tal o cual pensamiento. Respeto por la verdad quiere decir antes que todo respeto al deseo de verdad, respeto por esa facultad que tiene cada uno de acceder a lo trascendente, y por lo tanto el rechazo a todo actitud, dulce o amarga, que pueda trastornarlo.

Así, queda claro que una opinión colectiva solo tendrá la posibilidad de ser conforme con la verdad y la justicia siempre y cuando cada uno de los miembros de la colectividad haya pensado por sí mismo y teniendo en cuenta solo el deseo de verdad y justicia. Ahora bien, esto es muy difícil. De modo tal que la opinión colectiva dominante es, casi siempre, un pensamiento animal, incapaz de trascendencia y reducido a los hechos y por eso, todo lo que toma por un bien sea casi necesariamente siempre algo distinto al bien que, de ser real, debe ser trascendente.

La colectividad pues tiende a alejar del bien, impedir el pensamiento de la verdad y la justicia, y a ahogar en la pasión colectiva. Y este ahogo es difícil de evitar, porque todo esfuerzo de atención es doloroso, pues implica poner a un lado las propias inclinaciones, al menos por un momento, para interesarse sólo por el bien, la verdad y la justicia. Mientras que ahogarse en lo colectivo es casi siempre inmediatamente embriagador y placentero. Las colectividades con sus aplausos y su propaganda, sus fantasías e incluso sus eternidades, nos ofrece un cómodo lugar para olvidar nuestro deseo profundo de bien infinito, cuya conciencia, al inicio, sólo causa angustia.

Sólo un amor puro por el bien desconocido, un espíritu intenso de verdad y de justicia, puede evitar este ahogo en lo colectivo y la aceptación del sufrimiento. De otro modo, parece imposible evitarlo.

(Escrito por Emile).

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Nota sobre la moral humana

mayo 4, 2011

La tendencia natural del hombre no es el bien ni el mal, sino la expansión, rajas, una mezcla de los dos: los hombres ejercen su poder de dominio hasta el límite de sus posibilidades (Tucídides). La mayor parte de las veces, si tienen apariencia de buenos es sólo porque carecen de un poder de dominio mayor. Si tienen apariencia de malos, es sólo porque poseen ese poder de dominio. Cuando no hay nadie que pueda dominar al otro es preciso el acuerdo, lo que produce la justicia de manera natural. Así, en la sociedad, los poderosos no son los malos y los débiles los buenos, sino simplemente sucede que los poderosos son poderosos y los débiles, débiles; de tal forma que si se cambian las posiciones los que parecían buenos ahora parecerán malos y viceversa, pues actuarán de la misma forma. Incluso, la mayor parte de las veces, el mal es peor cuando ocurre el cambio, porque además lo anima un deseo de desquite.
(División además simplicista, pues en realidad siempre hay algo o alguien más poderoso que uno, y siempre hay algo o alguien menos poderoso que uno, y también los de igual condición, y muchas veces las relaciones no son fijas sino dinámicas, dependiendo de los infinitos ámbitos y situaciones particulares, de tal modo que  uno nunca pertenece completamente a ningún lado y se actúa, dependiendo de su posición correspondiente en el ámbito o situación particular, de la manera correspondiente).

Solo el principio elevador, sattwa, puede salvar de esa dicotomía y evitar la injusticia esté donde se esté. Es la forma del bien. En cambio, tamas, productor de tinieblas, comete la injusticia con tendencia ilimitada, creyendo que se hace justicia. Es la forma del mal.

(Escrito por Emile).

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Notas a partir del “Echar raíces” de Weil

marzo 14, 2011

* La política  se ha olvidado del alma. No se da cuenta que no sólo es el cuerpo el que tiene necesidades (y muchas veces ni de esto se da cuenta) sino que también el alma las tiene, y que deben ser satisfechas para que una sociedad sea sana. No sólo el cuerpo padece la enfermedad o la muerte cuando estás necesidades no son satisfechas, también el alma padece algo análogo cuando sus necesidades no son satisfechas. Incluso, la muerte corporal es algo menos triste que la muerte del alma. La vida corporal, la satisfacción de las necesidades corporales, es una condición para la vida del alma.

* La satisfacción de las necesidades jamás es un privilegio, porque una necesidad sólo es tal, si es universal. Una necesidad también se caracteriza por ser limitada por su necesidad contraria. Así,  por ejemplo, la necesidad de alimentos se encuentra limitada por la necesidad de no comer cuando se está satisfecho. Así se puede diferenciar la necesidad del deseo, porque un deseo, por lo general, es particular y puede ser ilimitado.

* Sólo aquello que es necesario impone una obligación. Está obligación para con uno mismo se llama deber. Para con los otros, se llama respeto. El cumplimiento de los deberes y el ejercicio del respeto es la finalidad de una sociedad sana.

* La noción de derecho, a diferencia de las de deber y respeto, no impone ninguna obligación en sí misma; es algo particular, porque sólo es real cuando se cumple efectivamente, cuando se tiene el poder y la fuerza para hacerlos cumplir. Un derecho que no se respeta manifiesta su irrealidad, pero una obligación que no se cumple no deja por ello de ser real. Si un tsunami acaba con mi vida, no se me ha violado ningún derecho pero, hasta el último instante de mi vida no dejo de tener obligaciones para conmigo mismo y para con los otros.

* Un derecho, a diferencia de una necesidad, no es algo limitado. Porque efectivamente, tengo derecho a todo aquello que puedo adquirir por medio del poder y de la fuerza (es un privilegio, aunque se diga lo contrario). Tengo necesidad de alimentos y eso impone el deber de proporcionarme comida, pero siempre de manera limitada, porque una verdadera necesidad siempre es limitada. Pero desde el punto de vista del derecho: tengo necesidad de alimentos, pero puedo adquirir sin faltar a ningún derecho, prácticamente mientras pueda comprarlos,  más de los alimentos necesarios, mucho más, incluso en detrimento de los otros.  Esto no es un crimen en una sociedad basada principalmente en el derecho.

* La noción de derecho tiene su sentido, pero en segundo lugar, sólo cuando está subordinada a las nociones de necesidad y obligación. Uno, al padecer necesidades, tiene en primer lugar deberes y luego, por eso mismo, respecto a los otros, tiene derechos; pero derechos limitados y que son legítimos sólo por sus propias necesidades y deberes universales.

(Escrito por Emile).

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Nota sobre Simone Weil y la tiranía y Egipto

enero 30, 2011

[Respecto al tirano]

“Es imposible que no perezcan, pues no consideran la limitación de su propia fuerza ni sus relaciones con los otros como un equilibrio entre fuerzas desiguales. Los otros hombres no imponen a sus movimientos esa pausa de la que surge la consideración de los semejantes; concluyen de ello que el destino les ha dado todos los derechos, y ninguno a sus inferiores. Desde ese momento, van más allá de las fuerzas que disponen. Van inevitablemente más allá, ignorando su limitación. Quedan entonces entregados al azar sin recursos, y las cosas ya no les obedecen. A veces el azar les beneficia; otras veces les perjudica; hélos ahí, expuestos desnudos a la desdicha, sin la coraza de poder que protegía su alma, sin que ya nada les separe de las lágrimas.
Este castigo de rigor geométrico, que sanciona automáticamente el abuso de la fuerza, fue objeto de meditación entre los griegos. Constituye el alma de la epopeya; con el nombre de Némesis, es el motor de las tragedias de Esquilo; los pitagóricos, Sócrates, Platón, partieron de ahí para reflexionar sobre el hombre y el universo.” [1]

Este pequeño pasaje del magnífico ensayo “La Ilíada o el poema de la fuerza” es inevitablemente actual, considerando la situación que se vive en Egipto.  Estamos ante una situación en la que un tirano está dándose cuenta de sus límites.  Pensando que era un ser invulnerable,  privilegiado por el destino, nota de pronto, en medio de la confusión, que tiene límites. Para él, el contacto con la realidad es algo cruel, algo insoportable, por eso busca todos las formas de evitar ese contacto, por eso quiere mantenerse en el poder por todos los medios.  Cualquiera que sea su destino, luce terrible: si se mantiene en el poder, seguirá en la mentira y abusando; si le arrebatan el poder entrará en contacto con la cruel realidad de su limitación.  Esperar realmente que acepte que es alguien limitado, después de todo el abuso cometido, sería tan fácil como entregarse a sí mismo a la hoguera.  Hizo bien el pueblo Egipcio en no creer en sus palabras y continuar con la revuelta.  No es que sea imposible,  pero suponiendo que sea capaz de aceptar eso, debería entonces también ser capaz de renunciar al poder. Que haya recurrido a la brutalidad policial, incluyendo la orden de matar y probablemente organizar saqueos para inspirar terror, son  indicios de que no quiere reconocer sus límites y de que no quiere renunciar por lo tanto al poder; como hemos visto, tiene fuertes motivos.

*Se puede leer el ensayo completo de Weil aquí: http://hjg.com.ar/txt/sweil/sw_iliada.html.


[1] De: La Ilíada o el poema de la fuerza. La Fuente Griega. Editorial Trotta. 2005.

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“Reflexiones acerca de la teoría de los quanta” (Por Simone Weil)

noviembre 30, 2010

REFLEXIONES ACERCA
DE LA TEORÍA DE LOS QUANTA
[1]


(Simone Weil, 1942)

Dos nociones han abierto un abismo entre lo que se entendía por ciencia desde la antigua Grecia y lo que hoy entendemos con ese nombre; dichas nociones son las de relatividad y de quanta. La primera tuvo mucha repercusión en el gran público; el nombre de la segunda apenas es conocido. Ambas nociones datan de comienzos de este siglo y fueron subversivas de la misma manera, es decir, introduciendo en la ciencia una contradicción aceptada y afirmada.

En lo que respecta a la relatividad, no se trata en este caso de la relatividad generalizada, que consiste en extender a todos los movimientos posibles la noción de relatividad que la mecánica clásica sólo aplicaba a los movimientos rectilíneos y uniformes; idea que por cierto es apropiada al menos para suministrar temas de reflexión extremadamente fecundos. Se trata de la relatividad restringida, mal llamada así, porque no tiene relación con la noción de relatividad del movimiento. Es una teoría muy simple si se renuncia a comprenderla. Por una parte, los trabajos de Copérnico, Kepler, Galileo, Newton condujeron a atribuir determinados movimientos a la tierra y a los diferentes cuerpos celestes; por otra parte, una serie de experimentos desembocó en determinada medición de la velocidad de la luz; finalmente, ciertos experimentos de finales del siglo XIX llevaron a considerar la velocidad de la luz como constante en todas las direcciones. Tales resultados son contradictorios; una velocidad finita no puede ser constante en todas las direcciones si se la mide a partir de un sistema que a su vez se encuentra en movimiento en una dirección determinada. No obstante, Einstein tradujo en fórmulas algebraicas esas conclusiones inconciliables entre sí, combinó las fórmulas como si pudieran ser verdaderas al mismo tiempo y obtuvo unas ecuaciones. Pero resulta que en dichas ecuaciones la letra que representa el tiempo y cada una que corresponde a las tres coordenadas del espacio figuran de manera simétrica. La traducción de tales ecuaciones al lenguaje común produjo las paradojas que le valieron a Einstein un renombre bastante dudoso, al igual que el del tiempo considerado como una cuarta dimensión.

La paradoja de los quanta no es menos violenta –quizá lo sea más, aunque a primera vista parezca menos sorprendente—; por otra parte, es de una fecha anterior. La teoría de los quanta, cuyo primer autor es Planck, y que todavía hoy constituye la preocupación principal de los físicos, se refiere a la noción central de la ciencia, la noción de energía. Consiste en considerar la energía o la acción, producto de la energía por el tiempo, como una magnitud que varía de manera discontinua, mediante saltos sucesivos, y tales saltos son lo que se denomina quanta. Pero todo el esfuerzo de la ciencia desde Galileo consistió en reducir todos los fenómenos sin excepción  a cambios en las relaciones de espacio y tiempo, admitiendo como factores variables sólo las distancias, las velocidades y las aceleraciones; el espacio y el tiempo no pueden representarse sino como magnitudes continuas; y la energía es precisamente la noción por medio de la cual se reduce todo al espacio y al tiempo. Si estoy a dos kilómetros de un lugar y después de haber caminado me encuentro ya sólo a un kilómetro, sea cual fuere el camino que haya tomado, los rodeos que haya podido dar, he pasado por todas las distancias intermedias entre dos kilómetros y un kilómetro, sin ninguna excepción. Se puede poner en duda esta afirmación, como cualquier otra, pero es imposible representarse la afirmación contraria. Y la ciencia concierne a los fenómenos, por lo tanto, contrariamente al pensamiento metafísico o místico, está en el nivel de la representación o inmediatamente sobre él; una explicación científica que no es representable de ninguna manera está vacía de significación.

Podemos persuadirnos abriendo cualquier manual de que la noción de energía deriva de la noción de trabajo y se remite a ella, y que el trabajo se define por la elevación de un determinado peso a una determinada altura. Decir que hay una diferencia de energía entre tal y cual estado de un sistema es decir que podemos representarnos una transformación donde, por una parte, el sistema pasaría de un estado al otro, y donde, como contrapartida, dicho peso ascendería o descendería de dicha altura.

Ya en el primer estudio de los fenómenos mecánicos, se halló una invariante definida por el producto convencional de una fuerza y una distancia. Arquímedes fundó la mecánica demostrando que una balanza simétrica permanece en equilibrio si se modifica el peso de un lado del punto de apoyo pero cambiándolo de lugar, a condición de que el producto del peso por la distancia con respecto al punto de apoyo permanezca invariable. Galileo mostro que si una bola se deja caer de una misma altura sobre planos de diferente inclinación, el producto de la distancia que recorre por la fuerza que la impulsa siempre es el mismo. Planteó como ley general del equilibrio que cuando dos cuerpos, arrastrados por distintas fuerzas, se mantienen en reposo por su mutua relación, los productos respectivos de la fuerza y la distancia que se recorrería sin dicha relación son iguales. Hizo ver, y luego también Descartes, que dicho producto es asimismo la clave de las máquinas simples que, aun cuando les ahorren trabajo a los hombres, nunca modifican, en ningún caso, el producto de la fuerza que hay que vencer por el desplazamiento que hay que realizar. Además la balanza, con el nombre de palanca, es una máquina simple, al igual que el plano inclinado cuando se hace subir un peso en él.

Más adelante, se utilizó el mismo producto como clave de todos los fenómenos de dinámica, con el nombre de energía cinética o fuerza viva. La fórmula del movimiento uniformemente acelerado o retardado muestra que cuando una bola que rueda a velocidad uniforme sobre un plano horizontal encuentra un plano inclinado y sube hasta determinada altura, el trabajo realizado, es decir, el producto de esa altura por el peso de la bola, es igual a la mitad del producto de su masa por el cuadrado de la velocidad con la que rodaba sobre el plano horizontal. De modo que la energía cinética de un cuerpo en movimiento, vale decir, esa mitad del producto, es el trabajo que dicho cuerpo puede realizar en determinadas condiciones únicamente en virtud de su velocidad. La energía potencial es el trabajo que un cuerpo puede realizar únicamente en virtud de su posición por medio de un empuje infinitamente pequeño, como cuando una bola está sobre una mesa; el teorema de la conservación de la energía plantea que, en un sistema puramente mecánico, la suma de la energía cinética y de la energía potencial permanece constante en tanto que no se realice ningún trabajo exterior sobre el sistema o del sistema sobre el exterior.

La gran idea del siglo XIX fue asimilar con trabajos, por medio de equivalencias numéricas, otros cambios que no fueran desplazamientos. Joule comenzó. Si se deja caer desde un metro un peso de un kilo que en su caída, por medio de una polea, hace girar un pequeño molino de paletas colocado en un recipiente lleno de agua, la temperatura del agua se eleva; la energía calórica que produce dicha elevación de la temperatura es igual a un kilográmetro. Joule verificó que varios procedimientos mecánicos diferentes, mediante el mismo gasto de energía mecánica, permiten siempre elevar la misma masa de agua de 0º a 1º. Tras muchas experiencias análogas, los científicos del siglo XIX plantearon que en todo fenómeno hay crecimiento o disminución de una energía equivalente a la energía mecánica; dicho principio tiene un gran número de aplicaciones exitosas en el estudio de los fenómenos químicos y eléctricos. El principio fundamental de la ciencia del siglo XIX es que se debe poder representar al menos teóricamente, con respecto a cualquier fenómeno, o bien la producción de tal fenómeno por medio del desplazamiento de un peso, o bien el desplazamiento de un peso por medio de dicho fenómeno. La palabra energía no tiene otro sentido, y por tal razón cualquier clase de energía se mide en ergs, unidad definida por la elevación de un peso.

Un peso no puede tener primero determinada altura y luego otra, sin pasar por todas las alturas intermedias sin excepción. La distancia es una magnitud continua; ninguna geometría la representa de otro modo, ni siquiera las no euclidianas. El tiempo, que para los físicos se representa mediante el movimiento uniforme, es decir, mediante la distancia, es una magnitud continua. Lo mismo ocurre con la velocidad, la relación de la distancia con el tiempo, y con la aceleración, la relación de la velocidad con el tiempo. En ninguna definición de energía mecánica ingresan otros valores que la distancia, la velocidad, la aceleración combinadas con la masa; la acción es un producto de la energía y del tiempo. La energía no mecánica es aquello que se plantea como equivalente a la energía mecánica en todos los fenómenos no mecánicos. A partir de ahí resulta fácil percibir cuán extraordinario es hablar de quanta de energía o de acción.

Lo más singular es que cuando Planck afirma: “La materia no puede emitir la energía radiante sino por cantidades finitas proporcionales a la frecuencia”, no fue llevado a tal proposición por el estudio de los fenómenos microscópicos donde la experiencia permite medir esos umbrales, sino por un fenómeno macroscópico, la radiación negra.

La noción de irreversibilidad había sido introducida en el concepto de energía por el segundo principio de la termodinámica, el principio de Clausius, llamado principio de la degradación de la energía. Tal noción había llevado a la probabilidad, mediante la simple idea de que el pasaje de un estado más probable a un estado menos probable es prácticamente irreversible; si uno tomara con la mano los caracteres de imprenta que formaban un verso de Valéry, los desordenara, y si los mezclara de nuevo con la mano un gran número de veces, no se volvería a formar un verso de Valéry. El físico Boltzmann, contemporáneo de Planck, había interpretado así los fenómenos irreversibles como la transformación de la energía mecánica  en energía calórica por el frotamiento. Planck intento reconstruir, por medio de probabilidades y de acuerdo con los datos de la experiencia, el fenómeno llamado de radiación negra. En las fórmulas de tales probabilidades encontró la discontinuidad; introdujo la discontinuidad en la energía porque dichas probabilidades son funciones de la energía.

No podemos dejar de preguntarnos si hubiera podido obrar de otro modo. La experiencia por cierto no lo forzaba a ello pues, dado que las medidas no eran microscópicas, no podían proporcionar umbrales, sino solamente puntos de referencia entre los cuales había que hacer interpolaciones. Siempre es posible hacer interpolaciones por medio de funciones o bien discontinuas, o bien continuas. Pareciera pues que Planck en verdad hubiera podido encontrar otras funciones distintas de la mecánica clásica, puesto que éstas estaban en desacuerdo con la experiencia, pero aun así continuas. Nos vemos tentados de preguntarnos si no fue la misma naturaleza del cálculo de probabilidades, cuyo punto de partida es el juego de dados, y por consiguiente relaciones numéricas, lo que condujo a Planck a introducir números enteros en sus fórmulas. Ciertamente, sería un origen muy extraño para una revolución tan grande. En todo caso, introdujo la discontinuidad en la energía, con respecto al caso particular de la radiación negra, por una comodidad de cálculo. Su innovación tuvo un éxito asombroso, ya que luego se admitió que sus fórmulas son válidas para todos los intercambios de energía que ocurren en los átomos y las radiaciones, es decir, en todas partes. De modo que la palabra energía ya no tiene ninguna relación con los pesos y velocidades; pero tampoco tiene relación con otra cosa, porque no se elaboró otra definición de la energía; no tiene relación con nada. Lo cual no impide que se siga hablando de energía cinética. El papel puede decirse que soporta todo.

El uso diferente del álgebra abre el abismo que separa la ciencia del siglo XX de la ciencia de los siglos anteriores. El álgebra en física no fue en principio sino un procedimiento para resumir las relaciones establecidas entre las nociones físicas por medio del razonamiento basado en la experiencia, un procedimiento extremadamente cómodo con respecto a los cálculos numéricos necesarios para las verificaciones y las aplicaciones. Pero el papel del álgebra no dejo de crecer en importancia; finalmente, en lugar de que el álgebra constituyera el lenguaje auxiliar y las palabras el lenguaje esencial, como sucedía antes, hoy pasa exactamente lo contrario. Algunos físicos tienden incluso a hacer del álgebra casi el único lenguaje, de manera que en el límite, un límite por supuesto imposible de alcanzar, ya no habría más que cifras extraídas de las mediciones experimentales y letras combinadas en fórmulas. Pero el lenguaje ordinario y el lenguaje algebraico no siguen las mismas exigencias lógicas; las relaciones entre nociones no se reflejan íntegramente por medio de las relaciones entre letras; en particular, unas afirmaciones incompatibles pueden ser equivalentes a ecuaciones que no lo son en absoluto. Cuando se manipulan las fórmulas, tras haber traducido al álgebra las relaciones entre nociones, teniendo solamente datos numéricos de la experiencia y leyes propias del álgebra, se pueden obtener resultados que choquen violentamente contra el sentido común una vez traducidos de nuevo al lenguaje hablado.

De donde resulta una intensa apariencia de profundidad; porque las profundas meditaciones filosóficas o místicas también implican contradicciones, extrañezas y una dificultad insuperable en la expresión verbal. Sin embargo en el caso del álgebra se trata de algo muy distinto. Si un pensamiento profundo es inexpresable, es porque abarca a la vez varias relaciones verticalmente superpuestas y porque el lenguaje común no diferencia bien las diferencias de nivel; pero el álgebra es aún menos apropiada para ello, porque pone todo en el mismo plano. Demostraciones, verificaciones, conjeturas casi arbitrarias, aproximaciones, consideraciones referidas a la conveniencia, la comodidad, la probabilidad, todas estas cosas, una vez traducidas a letras, cumplen el mismo papel en las ecuaciones. Si el álgebra de los físicos produce los mismos efectos que la profundidad, es solamente por ser totalmente plana; la tercera dimensión del pensamiento está ausente en ella.

Esa falsa profundidad tiene efectos bastante cómicos, algunos de los cuales divertían a Rabelais o a Molière. Porque los filósofos, llenos de un celo respetuoso, se agotan en interpretar lo que no pueden comprender y en traducir las ecuaciones a la filosofía. En general, los comentaristas profanos e incluso algunos científicos buscan con una perseverancia conmovedora la significación profunda, la concepción del mundo contenida en la ciencia contemporánea. Vanamente, porque no la tiene. La ciencia en ese aspecto se parece al emperador del cuento de Andersen; dos artesanos le prometieron un traje hecho de una tela invisible para los necios, de manera que caminó desnudo por las calles de su capital sin que ninguno de los espectadores ni tampoco él mismo se atreviese a reconocer que estaba desnudo. Cualquier hombre con algo de cultura temería pasar por tonto admitiendo ante los demás o ante sí mismo que es incapaz de vislumbrar la menor significación filosófica vinculada con las innovaciones de la ciencia contemporánea; prefiere inventarles una, necesariamente poco clara. El último libro de Planck traducido al francés, con el título de “Iniciación a la física”, repleto de consideraciones filosóficas en más de tres cuartas partes, ha brindado un nuevo ejemplo del cuento de Andersen. Puesto que algunos críticos, confiando en el renombre científico del autor, han creído ver en ese libro un pensamiento profundo; han elegido algunas citas para sostener su juicio, y dichas citas eran lugares comunes de una infrecuente banalidad.

Si hiciéramos abstracción de la persona del autor, en verdad ese libro, exceptuando algunas páginas, estaría prácticamente desprovisto de interés. Todo lo que en él se refiere a la filosofía general, Dios, el alma humana, la libertad, el conocimiento, la existencia del mundo exterior, es bastante mediocre, generalmente sensato, pero banal, vago y superficial. Podemos ver con ello de modo evidente que Planck no era una mente excepcional. Podemos ver también, cosa bastante curiosa, que el autor responsable de una revolución tan grande no solamente era un hombre muy honesto, sino también lo que suele llamarse un hombre bien pensante, muy apegado a la religión y a todo lo que tradicionalmente es objeto de respeto. Pero las páginas verdaderamente apreciables del libro son aquellas en donde Planck, ingenuamente y sin pensarlo, hace determinadas confesiones que ofrecen singulares aclaraciones sobre el misterioso proceso de elaboración de la ciencia y destruyen por completo el lugar común, a menudo repetido con énfasis por el mismo Planck, según el cual la ciencia sería algo universal que planea por encima de los científicos de todos los tiempos y de todos los países.

He aquí algunos extractos de esas páginas: “Contrariamente a lo que se sostiene de buen grado en determinados ámbitos de la física, no es cierto que para la elaboración de una hipótesis solamente se puedan utilizar nociones cuyo sentido pueda ser definido por mediciones, independientemente de toda teoría…No hay absolutamente ninguna magnitud que pueda ser medida directamente. Por el contrario, una medición no adquiere su sentido físico sino en virtud de una interpretación que es obra de la teoría… Aún en los casos de las mediciones más directas y más exactas, por ejemplo las del peso o la intensidad de una corriente, los resultados no pueden ser utilizables sino después de haber sufrido numerosas correcciones cuyo cálculo es deducido de una hipótesis”.

Las siguientes formulaciones son aún más reveladoras: “El creador de una hipótesis dispone de posibilidades prácticamente ilimitadas, y está tan poco ligado al funcionamiento de los órganos de sus sentidos como lo está al de los instrumentos que emplea… Incluso podemos decir que crea una geometría con su fantasía. Con instrumentos de una exactitud ideal… puede realizar en el pensamiento las mediciones más delicadas y extraer de sus resultados las conclusiones más generales; tales conclusiones, al menos directamente, no tienen nada que ver con las mediciones verdaderas. Por tal motivo asimismo es que nunca unas mediciones podrán confirmar o invalidar directamente una hipótesis; solamente podrán poner de relieve su mayor o menor conveniencia”.

Pero lo mejor es lo siguiente: “Las grandes ideas científicas no suelen conquistar el mundo debido a que sus adversarios terminen adoptándolas poco a poco y terminen convenciéndose de su verdad… Lo que sucede con más frecuencia es que los adversarios de una idea nueva terminan muriéndose y la generación siguiente ya se ha acostumbrado a ella”. Así, las teorías científicas desaparecen a la manera de las modas masculinas en el siglo XVII: los trajes de estilo Luis XIII desaparecieron cuando murieron los últimos ancianos que habían sido jóvenes bajo Luis XIII.

Quien haya reflexionado acerca de estas aserciones no dirá nunca: “La Ciencia afirma que…”. La Ciencia es muda, quienes hablan son los científicos. Ciertamente, lo que dicen no es independiente de la época, puesto que, según admite Planck, los partidarios de tal o cual manera de ver se  callan en el preciso momento en que la muerte les impone silencio. En cuanto a los lugares, es verdad que los científicos pertenecen a diferentes países. Pero los viajes, la correspondencia, las comunicaciones en nuestros días son tan fáciles y tan rápidas en tiempos de paz que los científicos de una misma especialidad, aunque dispersos a través del globo terrestre, conforman una aldea minúscula donde todo el mundo se conoce, donde se está al tanto de la vida privada de cada uno, donde circulan incesantemente anécdotas que en otros ámbitos se llamarían chismes. En las ciudades donde se encuentran varios de ellos, se ven siempre, salvo que estén peleados, y también sus mujeres se frecuentan entre ellas. Esa aldea es cerrada; no es posible entrar desde el exterior. Aunque hayamos estudiado por veinte años los libros de los científicos, si uno mismo no es un científico de profesión, uno sigue siendo un profano con respecto a la ciencia; y las opiniones de los profanos no tienen ninguna validez dentro de la aldea, nadie les presta la menor atención, excepto para tomar prestadas a veces algunas fórmulas que entretienen y agradan. Un lector culto, un artista, un filósofo, un campesino, un polinesio están todos en el mismo nivel, es decir, absolutamente afuera de la ciencia, y los mismos científicos están excluidos también de todas las especialidades diferentes de las suyas.

Rara vez se sale de la aldea; muchos científicos, dejando aparte su especialidad, son obtusos y poco cultivados, o bien, cuando se interesan en algo más allá de su trabajo científico, es muy raro que pongan ese interés mentalmente en relación con el que dirigen a la ciencia. Los habitantes de la aldea son afectos al estudio, brillantes, excepcionalmente dotados; pero hasta una edad en que la mente y el carácter se han formado en gran parte, en la escuela son como los demás y se alimentan de manuales mediocres. Nadie se dedicó nunca particularmente a desarrollar su espíritu crítico. En ningún momento de sus vidas se los prepara especialmente para situar el puro amor a la verdad por encima de los otros intereses; ningún mecanismo de eliminación establece como condición de ingreso a la aldea una disposición natural en ese sentido. Hay mecanismos de eliminación, entre los cuales están los exámenes y concursos, pero no apuntan a la intensidad o a la pureza del amor hacia la verdad. Ese amor, el gusto por la exactitud y el trabajo bien hecho, el deseo de que se hable de uno, la avidez de dinero, de consideración, de reputación, de honores y títulos, las antipatías, los celos, las amistades, todos esos intereses y otros más se mezclan entre los habitantes de la aldea, como entre todos los hombres, en proporción variable. Esa aldea, como todas las demás aldeas, está formada por una humanidad media, con algunas diferenciaciones hacia arriba y hacia abajo. Pero tiene rasgos singulares, como el hecho de ser periódicamente trastocada por los cambios de la moda; aproximadamente cada diez años una nueva generación se entusiasma por nuevas opiniones. Como en otros sitios, la lucha de las generaciones y de las personas produce en cada momento una opinión media. No es otra cosa el estado de la ciencia en un momento determinado; es la opinión media en la aldea de los científicos. Ciertamente, dicha opinión se basa en experiencias; pero siempre se trata de experiencias realizadas dentro de la aldea sin ningún control externo, con aparatos costosos y complejos que sólo allí se encuentran; experiencias preparadas, reiniciadas, rectificadas sólo por los habitantes de la aldea, y sobre todo interpretadas solamente por ellos, con una libertad cuyo alcance permiten medir las frases de Planck anteriormente citadas. Por lo tanto, no es verdad que la ciencia sea un especie de oráculo sobrenatural, una fuente de sentencias diferentes, por cierto, de año en año, pero necesariamente cada vez más sabias. Puesto que así es como por lo común se la imagina actualmente, y la embriaguez que sentimos al exclamar: “La Ciencia dice que…” ni siquiera es mitigada por la certeza de que ya no lo dirá dentro de cinco años. Se diría –en este aspecto como en muchos otros— que para nosotros la actualidad tiene un valor de eternidad. El mismo Valéry más de una vez habló de la ciencia siguiendo la superstición común. En cuanto a los científicos, por supuesto, son los primeros en hacer pasar sus opiniones como si fueran sentencias de las que ellos no serían responsables, de las que no tendrían que dar cuenta, emanadas de un oráculo. Tal pretensión no es tolerable porque no es legítima. No hay ningún oráculo, sino solamente las opiniones de los científicos, que son hombres. Afirman lo que creen tener que afirmar, en lo cual tienen razón, pero ellos mismos son los autores responsables de todo lo que afirman y deben dar cuenta de ello. Como no dan cuenta de ello, se equivocan, y se equivocan en primer lugar sobre sí mismos, porque tampoco se dan cuenta ellos mismos.

Ante todo, deben dar cuenta de su ruptura con la ciencia clásica. No porque sea una desgracia. La ciencia clásica, tras llegar a su apogeo y suponerse capaz de explicar cualquier cosa sin excepción, se había vuelto intelectualmente irrespirable, y por tal motivo Bergson, Einstein, todos aquellos que perforaron violentamente ese recinto cerrado fueron saludados como liberadores. Por otra parte, las nociones primarias de la ciencia clásica, inercia, movimiento uniforme, fuerza, aceleración, energía cinética, trabajo, resultan oscuras apenas se las examina con atención. ¿No es extraño que el movimiento rectilíneo uniforme, el más simple de todos los movimientos en virtud del principio de inercia, no pueda ser medido en cuanto al tiempo sino por el movimiento diurno de las estrellas, es decir, un movimiento circular, y no pueda ser representado sino con el ejemplo de una bola que rueda sobre un plano, un movimiento que implica una rotación? ¿No es extraño que ese movimiento, que se realiza sin la intervención de ninguna fuerza, contenga una energía? ¿No es curioso que la noción de trabajo, tomada de la experiencia humana, se defina de tal manera que un hombre que lleva cincuenta kilos durante diez kilómetros no realiza ningún trabajo? ¿Y que cuando dos cuerpos idénticos atraviesan la misma distancia rectilínea en el mismo tiempo haya trabajo en un caso y no en el otro,  cuando el movimiento de uno es uniforme y no el del otro? Podríamos encontrar muchas otras peculiaridades.

Pero lo más grave es que la ciencia clásica pretendió resolver las contradicciones, o más bien las correlaciones de contrarios, que forman parte de la condición humana y de las cuales no le está permitido al hombre librarse. La ciencia creyó lograrlo suprimiendo uno de los términos. Por ejemplo, lo continuo y lo discontinuo nos son dados; pensamos el espacio y el número; no podemos pasar de un lado al otro de un río sin cruzarlo y no conocemos un término medio entre el hierro y el oro. La física clásica quiso suprimir lo discontinuo; era necesario que se quebrara, y en su mismo centro, en su rama principal, en el estudio de la misma noción de energía que debía servir para tal supresión, vale decir, en la termodinámica. No concebimos claramente más que transformaciones susceptibles de reproducirse en sentido contrario y sin embargo estamos sometidos a un tiempo cuyo transcurso es irreparable; envejecemos, morimos, la ceniza no vuelve a ser madera, la herrumbre no se convierte en hierro, y en general las cosas destruidas fácil y rápidamente son o bien imposibles, o bien difíciles y costosas de reconstruir o reemplazar. El intento de explicar un mundo hecho así mediante un mundo de átomos sometidos sólo a la energía mecánica, que  no implica ninguna irreversibilidad, debía resultar imposible. La ciencia clásica quiso tener en cuenta solamente la ciega necesidad y abolir por completo la noción de orden, que reapareció bajo el ropaje de la probabilidad de la que se sirvió Boltzmann para pasar de lo reversible a lo irreversible; porque mirando la cuestión de cerca, no es posible definir la poca probabilidad más que por un orden. Dentro de la doble relación que subordina el conjunto a las partes y las partes al conjunto, la ciencia clásica sólo quiso conservar lo primero, pues lo segundo, como la noción de orden, parecía manchado de finalismo; y actualmente la matemática, la física y la biología se orientan hacia el estudio de los conjuntos considerados como tales. En sí mismos, tales cambios son felices, porque las esperanzas de la ciencia clásica eran a la vez absurdas en impías. Absurdas porque no se puede esperar razonablemente dar cuenta de un mundo donde hallamos contrarios en correlación por medio de la supresión de un término de cada dos; aunque el otro fuera considerado una ilusión, aún habría que dar cuenta de esa ilusión y no es posible hacerlo por medio del término contrario; el hombre no puede suprimir ninguna de las nociones que le son dadas, solamente puede reubicarlas. E impías porque no le está permitido al hombre en la tierra librarse de las contradicciones, sino tan sólo hacer un buen uso de ellas; como lo sabía Platón, todo lo que la inteligencia humana puede representarse encierra contradicciones que son la palanca con la cual se eleva por encima de su ámbito natural.

Lo que constituye una desgracia no es el abandono de la ciencia clásica, sino la forma en que se la abandonó. Aquélla se creía erróneamente capaz de un progreso ilimitado, pero se topó con sus límites hacia 1900; los científicos, en lugar de detenerse con ella para contemplar esos límites y reflexionar, intentar describirlos, definirlos, dar cuenta de ellos y extraer visiones de conjunto, pasaron de largo en furioso impulso, dejando la ciencia clásica detrás de sí. ¿Qué tiene de sorprendente? ¿No les pagan para ir siempre hacia adelante? No se obtiene un avance, ni una reputación, ni un premio Nobel deteniéndose. Para detenerse voluntariamente, un científico brillantemente dotado necesitaría alguna clase de santidad o de heroísmo, ¿y por qué habría de ser un santo o un héroe? Los hombres de otras profesiones, salvo raras excepciones, tampoco lo son. Los científicos entonces corrieron hacia adelante sin revisar nada, pues toda revisión hubiese parecido un regreso hacia atrás; solamente agregaron cosas. Cuando se toparon con lo discontinuo, no renunciaron por ello a reducir todo  a variaciones de energía; simplemente pusieron la discontinuidad dentro de la misma energía, quitándole así toda significación, aunque sin embargo siguieron ubicándola en el centro de todo estudio bajo el efecto del impulso adquirido en el curso de los siglos anteriores. La dificultad de establecer un puente mediante la noción de probabilidad entre el mundo que nos es dado y el mundo hipotético y puramente mecánico de los átomos no los detuvo; las consecuencias de la teoría de los quanta, que tiene su fuente en el estudio de la probabilidad, los condujo a situar la probabilidad dentro de los mismos átomos. De modo que las trayectorias de las partículas atómicas ya no son necesarias, sino probables, y la necesidad no está en ninguna parte. Sin embargo, la probabilidad no puede definirse sino como una necesidad rigurosa donde ciertas condiciones son conocidas y otras son desconocidas; la noción de probabilidad no tiene ningún sentido separada de la noción de necesidad. La probabilidad así separada no es más que el resumen de las estadísticas, y la misma estadística no se justifica con nada, excepto por su utilidad práctica; se les da la razón a mil hechos contra un hecho, por una especie de trasposición del sufragio o del plebiscito. Ya no queda entonces más que la experiencia en bruto, aun cuando la ciencia, como todo esfuerzo de pensamiento, consista en interpretar la experiencia. Por lo demás, nunca se ha interpretado tanto como actualmente; nunca se han hecho tantas hipótesis; nunca se ha permitido hacerlas con tanta licencia.

Por extraña que pueda parecer actualmente la expresión de una incertidumbre así, resulta dudoso que los científicos puedan seguir avanzando por mucho tiempo en tales condiciones. Pues ya no tienen casi nada que los controle en los derroteros de sus pensamientos. No tienen más que el álgebra, que solamente controla algo como puede hacerlo un mero instrumento al que uno se adapta para manejarlo, y que es un instrumento muy flexible. Es erróneo creer que la experiencia humana puede servir para ello, porque todo pensamiento humano, incluyendo las creencias que nos parecen más absurdas, tienen la experiencia por objeto y encuentra en ella una base y una confirmación. El prestigio de los hechiceros se basa en la experiencia; una creencia no verificada experimentalmente no resulta viable en ningún ámbito humano. Todo pensamiento es un esfuerzo de interpretación de la experiencia, interpretación para la cual la experiencia no suministra un modelo, ni una regla, ni un criterio; allí se encuentran los datos de los problemas, pero no la manera de resolverlos ni tampoco de formularlos. Como todos los demás, dicho esfuerzo necesita estar orientado hacia algo; cuando el hombre no va hacia alguna parte, se queda inmóvil. No puede prescindir de valoraciones. Con respecto a cualquier estudio histórico, el valor se denomina verdad. Los hombres hechos de carne y sobre la tierra no pueden tener sin duda una representación de la verdad que no sea defectuosa, pero les hace falta una: imagen imperfecta de la verdad no representable que hemos visto, como dijo Platón, del otro lado del cielo.

Los científicos del período clásico tenían una representación de la verdad científica ciertamente muy defectuosa, pero tenían una; y los actuales no tienen en mente ninguna cosa, aunque sea vaga, remota, arbitraria, imposible, hacia la cual remitirse y llamarla verdad.  Con mayor razón, no tienen la imagen de un camino que llevaría a ella y con el cual comparar cada paso de su pensamiento para controlarlo. Todavía están empujados por el impulso de las generaciones anteriores y por una velocidad adquirida siguen direcciones que hoy no responden más a nada; pero ese impulso se agotará. La licencia es algo embriagador y estamos borrachos de ella en todos los ámbitos, pero la licencia absoluta frena mucho más seguramente que cualquier cadena. Hay que prever entonces que en un tiempo bastante próximo, tal vez dos o tres generaciones, tal vez menos, los científicos se detendrán.

Hay que preverlo, pero no temerlo. ¿Por qué desearíamos para la ciencia un progreso sin obstáculos? No tenemos ninguna dicha que esperar del desarrollo de la técnica, mientras no sepamos impedirles a los hombres que empleen la técnica para la dominación de sus semejantes y no de la materia; en cuanto a nuestros conocimientos, el progreso científico no puede añadirles nada, puesto que se reconoce actualmente que los profanos no pueden comprender nada de la ciencia y que los mismos científicos son profanos fuera de su ámbito especializado. Tal vez una detención forzosa haga que los científicos realicen un trabajo de recapitulación y de revisión, que constituyan una axiomática de la físico-química según el modelo inmortal de Arquímedes; no para fabricar una coherencia artificial, sino para hacer honestamente el balance de los axiomas, los postulados, las definiciones, las hipótesis, los principios, sin omitir los que están implicados dentro de la misma técnica experimental, por ejemplo en el uso de la balanza. Semejante labor tal vez hiciera de la ciencia un conocimiento, dejando que aparezcan claramente las dificultades, las contradicciones, las imposibilidades, que actualmente se apuran en disimular en forma de soluciones detrás de las cuales la inteligencia ya no puede percibir nada. Pero habría que empezar pronto con este trabajo. De otro modo, la detención de la ciencia puede provocar no una renovación, sino la desaparición del espíritu científico del globo terrestre por varios siglos, como sucedió cuando el imperio romano eliminó la ciencia griega.

Algo infinitamente más valioso que la misma ciencia está comprometido en esta crisis, y es la noción de verdad, que el siglo XVIII y sobre todo el XIX vincularon muy estrechamente con la ciencia; erróneamente, pero hemos conservado esa costumbre. La desaparición de la verdad científica ha hecho desaparecer para nosotros a la verdad en sí misma, pues estábamos habituados a tomar una por la otra. Apenas desaparece la verdad, de inmediato la utilidad ocupa su lugar, porque el hombre siempre dirige su esfuerzo hacia algún bien. Pero la inteligencia ya no tiene entonces la aptitud para definir ni para juzgar dicha utilidad, solamente tiene licencia para servirla. De árbitro se ha vuelto sierva y los deseos le dan órdenes. Además, la opinión pública se vuelve dueña y soberana de los pensamientos en lugar de la conciencia, porque el hombre siempre somete sus pensamientos a un control superior, ya sea en valor, ya sea en poder. Allí estamos en la actualidad. Todo ha virado hacia lo útil sin que sepamos definirlo; la opinión pública reina soberanamente, tanto en la aldea de los científicos como en las grandes naciones. Hemos como vuelto a la época de Protágoras y de los sofistas, la época en que el arte de persuadir, cuyo equivalente moderno constituyen los eslóganes, la publicidad, la propaganda por medio de reuniones públicas, diarios, cine, radio, ocupaba el lugar del pensamiento, decidía la suerte de las ciudades, realizaba los golpes de Estado. De modo que el libro IX de la República de Platón pareciera describir los hechos contemporáneos. Pero hoy no es Grecia, sino el planeta entero lo que está en juego. Y nos faltan Sócrates, Platón, Eudoxo, la tradición pitagórica, la enseñanza de los Misterios. Tenemos la tradición cristiana, pero no puede hacer nada por nosotros mientras no haya vuelto a estar viva en nosotros.

Ya hace mucho tiempo, en todos los ámbitos sin excepción, los custodios titulares de los valores espirituales los habían dejado degradarse, por sus propias carencias y sin ninguna coerción externa. Una especie de temor nos impide reconocerlo, como si así corriéramos el riesgo de afectar a esos mismos valores; pero lejos de ello, en el período quizá más largo de dolor y de humillación en que estamos sumidos, sólo podemos recuperar alguna vez lo que nos falta si sentimos con toda nuestra alma hasta qué punto hemos merecido nuestra suerte. Vemos que la fuerza de las armas sojuzga cada vez más a la inteligencia, y que hoy el sufrimiento hace perceptible para todos ese sometimiento; pero la inteligencia ya se había rebajado al estado de servidumbre antes de que hubiera nadie a quien obedecer. Si alguien va exponerse como esclavo en el mercado, ¿qué tiene de sorprendente que encuentre un amo?

La tormenta que nos envuelve ha desarraigado los valores, deshizo su jerarquía y los puso a todos en cuestión  para pesarlos en la balanza siempre falsa de la fuerza. Al menos nosotros, durante este tiempo, pongámoslo también a todos en cuestión, cada uno de nosotros por su cuenta, pesémoslo en nosotros mismos con el silencio de la atención, y anhelemos que nos sea concedido hacer de nuestra conciencia una balanza justa.

 

[1] Max Planck, Initiations à la physique, Flammarion, 1941. No podemos dejar de señalar aquí ciertos descuidos en la edición: no se indica ninguna fecha y las fórmulas algebraicas en las notas están colmadas de erratas. (Nota de S.W.)

 

(Simone Weil, en Sobre la ciencia, El cuenco de plata, 2006.)

 


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