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Sobre la lucha social

diciembre 6, 2011

“Aquí abajo no hay más fuerza que la fuerza”[1]. Propone como axioma Simone Weil en su Echar Raíces. Esto quiere decir que en este mundo los deseos de justicia, de libertad, de igualdad no son más fuertes que los demás. Lo que es soberano en este mundo es la fuerza. Lo que es más fuerte, domina, se impone naturalmente.

Cuando se analiza un poco pero, se ve que la fuerza en realidad no es objeto de posesión de ningún ser humano. Pues todos los hombres son semejantes en sus facultades físicas, psíquicas e intelectuales. Las diferencias pueden ser, en principio, de grado, pero no esenciales. En todo caso, ningún hombre en sí mismo posee la fuerza suficientemente como para aplastar a sus semejantes. Pero de hecho, aparecen hombres, o grupos de hombres, que parecen poseer una fuerza como prestada o robada de la naturaleza. Esta apariencia, sin embargo, no es otra cosa que el prestigio. Así, es sobre todo el prestigio lo que dota a la fuerza de su fuerza. Lo sorprendente en todo esto es que el prestigio, en sí mismo, no es real, pero parece poseer el grado más alto de realidad. Sólo tiene presencia lo que tiene prestigio, lo que carece de prestigio no tiene presencia alguna para los hombres. El prestigio es la fantasía que hace ver a un hombre, a un grupo de hombres, a una idea, etc. como algo superior. Pero es una fantasía eficaz, que controla la sociedad. Así, por ejemplo, un solo hombre, no es capaz de manejar centenas de tanques, como tampoco es capaz de destruir todo un pueblo, pero sin embargo, existen hombres que con una sola palabra son capaces de hacerse obedecer por millares de hombres: soldados, científicos, técnicos, etc. y lograr lo que ningún hombre por sí mismo puede lograr. Con una sola palabra, pueden hacer que miles de seres humanos acaben con sus semejantes y se entreguen al sacrificio. Cuando por sí solo, en un combate cuerpo a cuerpo quizá caería a manos de cualquier ciudadano. Es lo que La Boétie[2] nota con claridad y asombro.

La razón por la que esto es así se basa principalmente en la propia estructura de la sociedad. Weil lo apunta muy bien en su Meditación sobre la obediencia y la libertad: no existe posibilidad de organización respecto a la masa. Sólo hay posibilidad de organización respecto a un conjunto limitado, pequeño  de individuos, en relación a la masa. Así, solo por medio de una organización pequeña existe una fuerza eficaz. La masa posee en bruto mayor fuerza, pero dispersa, de tal modo que es vencida fácilmente por una fuerza que aunque en bruto mucho menor, es sin embargo, por su naturaleza organizada, más eficaz, más fuerte por lo tanto. Esa es la debilidad invencible de la masa y de la revolución al estilo comunista o senderista. No es posible organizarla. Si se  busca organizarla, al final se termina creando, por la naturaleza de las cosas, un organismo análogo al que se quiere quebrar, e incluso más opresor, por la presión externa que obliga a una cohesión interna más rígida.

Así, los que están en el poder, tienen como principal objetivo conservar el orden en función principalmente a su propia subsistencia. Y también en parte porque su subsistencia es condición del orden. Es decir, tienden por la misma naturaleza de las cosas, y no por una maldad especial, a someter a las masas. Lo mismo sucede con todo poder: así pasa con los capitalistas también.

Ante esto, el pueblo no puede simplemente apelar a la justicia, a la igualdad, a la libertad, y esperar razonablemente acciones concretas. Pues esas aspiraciones no pertenecen al ámbito del poder y la fuerza, reinas de las sociedades. Ante eso, el pueblo solo puede tratar de ejercer una presión contraria para evitar ciertos abusos, movidos, como lo están por lo general, por el deseo de justicia, igualdad, libertad.  Pero hay que comprender que esa lucha, esa resistencia, que siendo incluso pacífica pero generalizada puede por ello mismo ser más efectiva, debe dirigirse  para detener o apaciguar el abuso.  Creer que apelando a la pureza de las palabras se logrará conmover a las máquinas sociales es ser idealista en el sentido de irrealista. Esas palabras, que expresan un valor infinito, un valor que no es de aquí abajo, pueden conmover  al individuo e incluso operar una conversión interior, pero, en principio, no detener a las máquinas de poder que obedecen sus propias leyes, determinadas por la conservación y por la competición, y dentro de las cuales los individuos, tanto dirigentes como subordinados, son siempre más o menos simples engranajes no indispensables.

Por lo antes dicho también se ve que los materialistas revolucionarios son por lo menos tan irrealistas como los idealistas. Sin llegar a ninguno de esos irrealismos, igual de ineficaces, es preciso reconocer los límites, y evitar principalmente toda lucha encarnizada, de odios locos, que en el fondo no tienen sentido alguno. Como dice Weil, no queda más que aplicar con la más fría lucidez el principio del mal menor, por muy desacreditado que pueda estar ese principio, por el uso que hacen de él algunos sectores. Pero la luchas, “para quien ama la libertad, no es deseable que desaparezcan, sino solamente que permanezcan más acá de un cierto límite de violencia”[3].

(Escrito por Emile).


[1] Echar Raíces (p. 173). Editorial Trotta. 1996.

[2] En su Discurso sobre la servidumbre voluntaria o el Contra uno.

[3] Escritos Históricos y Políticos (p.115). Editorial Trotta. 2007.

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Sobre la democracia

octubre 26, 2011

El ideal democrático no consiste, como usualmente se cree, en la preeminencia de la voluntad de la mayoría, sino que reside en lo que se denomina la soberanía del pueblo.

Un pueblo es soberano en la medida en que cada uno de los integrantes es libre para pensar y elegir, pero principalmente para pensar y elegir lo que es compatible con el bien y la justicia social.

La soberanía de un pueblo no puede tener otro principio que la justicia social. Si un pueblo movido por una pasión colectiva, o inducido por un engaño, toma una decisión contraria o incompatible con la justicia social entonces no es soberano, ya sea que el impulso provenga de una mayoría o una minoría.

La democracia y la soberanía del pueblo no se fundamentan simplemente en la voluntad, sino principalmente en la razón.

Como muestra claramente Simone Weil,  la noción  de la voluntad general de Rousseau —eminente pensador del ideal republicano (que es también nuestro ideal)—  era un principio conveniente de gobierno pues está basado en las siguientes dos evidencias:

Una, que la razón discierne y elige la justicia y la utilidad inocente, y que todo crimen tiene como móvil la pasión. Otra, que la razón es idéntica en todos los hombres, frente a las pasiones, que, casi siempre difieren. En consecuencia si, sobre un problema general, cada uno reflexiona en soledad y expresa una opinión , y si después se comparan las opiniones entre sí, probablemente coincidirán por el lado justo y razonable de cada una y diferirán por las injusticias y los errores.[1]

Además existen dos condiciones principales para que la voluntad general cumpla esta función:

Que en el momento en que el pueblo toma conciencia de una de sus voluntades y la expresa, no haya ninguna especie de pasión colectiva.[2]

Pues la pasión colectiva tiende a elevar el error a la milésima potencia. Y:

Que el pueblo tenga que expresar su voluntad respecto de la vida pública y no solo elegir a las personas.[3]

Así, vemos más claramente las características de la noción de voluntad general, pues si bien, cuando se cumplen las condiciones la justicia es más probable, cuando no se cumplen, y especialmente cuando hay pasiones colectivas (como en el caso de los partidos políticos), no debe sorprender que uno u otro individuo aislado pueda quizá estar más cerca de lo justo que la mayoría.

Es claro pues que, si tenemos al menos sólo en cuenta  estos fundamentos teóricos, no tiene mucho sentido hablar por ejemplo de pluralismo, como se hace usualmente. Es más, se puede decir que la idea de pluralismo y de tolerancia asociada, dadas las circunstancias actuales, y ya desde hace tiempo, constituyen una caricatura del ideal democrático, incluso algo opuesto.

Estas nociones, el pluralismo y la tolerancia, que provienen del espíritu laico, quieren decir en la práctica que cada uno tiene el derecho a pensar como mejor le parezca, de pertenecer al grupo que mejor le parezca, lo que en el fondo quiere  decir, muy usualmente,  que uno tiene el derecho a pensar sobre todo en función de intereses particulares o de pasiones colectivas (siendo estas al fin y al cabo las que entran en juego en las cuestiones públicas), por encima de todo, incluido evidentemente de la razón, o sea, más bien, que uno tiene el derecho a no pensar. Así pues, tenemos la derecha, la izquierda, el nacionalismo, el liberalismo etc. y puede formarse también un grupo que quiera el poder total aboliendo todos los demás, sin que exista nada que pueda evitarlo, pues sería contrario a la democracia actual, por lo que siempre esta se encuentra en riesgo de caer en una dictadura; en cualquier caso la razón libre no tiene un lugar preeminente. Pero esto no se queda aquí, sino que por los mismos principios, por la misma tolerancia y pluralismo, cada uno de estos grupos puede realizar sus campañas, puede publicar propaganda en los diarios o casi donde sea,  tratando de persuadir al público con su opinión.  Pero como  saben muy  bien los regímenes con tendencias totalitarias, la propaganda no estimula el pensamiento, sino que lo secuestra, mezcla una idea de un orden muy inferior o una consigna con un despliegue atractivo, de tal forma que los espíritus, especialmente los jóvenes,  poco propensos a la reflexión y que aún no se han consagrado a nada, caen fácilmente.

De manera general, la propaganda, la promoción, pueden hacer de cualquier materia  humana un objeto de fanatismo ciego. Las personas que se adhieren así, se adhieren por cualquier cosa menos por la razón libre.

Lo que tenemos entonces en nuestra democracia, así de tolerante y de plural, es la ausencia de soberanía y la caricatura de una democracia siempre en riesgo de caer en una dictadura.

Así, el espíritu laico, que tiene su base supuestamente en la razón y en el confuso humanismo, termina subordinando la razón  al ámbito privado, casi al ámbito simple de la especulación teórica aislada y dejando a los hombres desamparados ante el secuestro del partidismo y la propaganda en el ámbito público, social.

En realidad, la democracia auténtica, cuyo único principio inteligible y legítimo es la idea de voluntad general tal como Rousseau la definió, sigue siendo en gran medida un ideal por construir. Los instrumentos ideados para establecerla, por presiones de diversa índole y falta de discernimiento, han terminado más bien por obstaculizarla.

Para establecer entonces una democracia auténtica es preciso en primer lugar recuperar el lugar legítimo de la razón.

Aunque debería parecernos ya del todo evidente, la razón ha perdido su prestigio especialmente durante el siglo XX, más bien, ha sido casi totalmente abandonada y hasta ahora resulta difícil recuperarla del todo. Las teorías científicas absurdas y sin embargo admitidas, el surrealismo, el dadaísmo, algunos rezagos intensos del romanticismo adorador del poder y de la fuerza, nuevos híbridos y más dan suficiente testimonio de ello. Las evidencias de las que partió Rousseau, que hacen del uso de la razón nuestro principal instrumento para dirigir responsablemente nuestro destino y el progreso  auténtico, que se puede definir como el proceso que nos lleva de un estado mayor de pobreza tanto espiritual como material a un estado menor,  han sido casi por completo olvidadas, no hemos reparado en ellas y las hemos reemplazado por las opiniones y acciones siempre cambiantes, azarosas y tendenciosas de las diversas  colectividades.

Es completamente natural que con el casi abandono de la razón suceda a su vez el abandono de la noción de verdad. La verdad también está desprestigiada y se piensa que es bueno que sea así, pues de admitir como válida en el terreno público la noción de verdad, se dice que corremos el riesgo de volver a la época de la exclusión o peor de la Inquisición. Pero se equivocan quienes piensan así. Pues no existe ninguna relación natural entre la verdad y la Inquisición, más bien, existe casi oposición. El espíritu inquisitorial  no procede del sentimiento de la verdad, sino que tiene principalmente como móvil acallar todo lo que afecta el bienestar y la expansión dominadora de la colectividad y es por estos móviles por lo que denomina bueno o justo o verdadero a lo que le conviene o a lo que necesita para ese bienestar y esa expansión, sin ser capaz de reconocer la inmensa diferencia que existe entre la naturaleza de lo necesario y de lo bueno[4], como dice Platón. Es decir, son los grupos dominados sobre todo por los intereses de conservación y expansión y no por el deseo de verdad, justicia y bien los que engendran en sí el espíritu inquisitorial. La verdad, lejos de eso, por el mismo hecho de tener como característica la claridad, o mejor dicho, el anhelo de claridad (lo que no significa superficialidad o ausencia de misterio) no puede penetrar en las almas sino es por su evidencia; no tiene otro recurso, no fuerza, sólo persuade, pero no por la luz artificial de la propaganda y el prestigio, sino por su luz propia y sólo puede ser recibido a su vez por los espíritus que la desean libremente y que no están secuestrados. Por lo mismo, el que desea la verdad siempre está dispuesto a renunciar a cualquier posición, si la luz de la evidencia así le persuade, pero sólo en ese caso, es decir, es el principio mismo del diálogo auténtico. Son casi siempre el ruido del prestigio y el apego los que impiden ver lo justo y lo verdadero y los que conducen al error y al crimen. Así por ejemplo, Sócrates sólo buscaba dialogar para tratar de establecer lo justo, y no se imponía, sino que los argumentos por sí mismos se imponían, y si alguien  no estaba dispuesto a admitir la evidencia de los argumentos, no los forzaba, los dejaba ser; no fue él algo parecido a un inquisidor, él fue el asesinado.

Cierto es que en las cuestiones prácticas sociales, más incluso que en las teóricas, hay siempre riesgo de error. Ahí la justicia perfecta sólo puede ser un límite inalcanzable, pero sólo ella puede ser nuestro móvil, si queremos alcanzar lo que, dada cualquier condición determinada,  se  aproxime lo más a ella. Es decir, que si queremos establecer lo justo en una situación concreta, en nuestro esfuerzo de pensamiento debe primar el deseo de justicia perfecta, y no es precisa una definición de lo que ella sea, pues esa palabra responde a una perfección y por lo mismo ninguna definición humana la encierra realmente, pero cuando el pensamiento se mueve por ella, ella tiene el poder de aproximarlo cada vez más a ella. Lo mismo ocurre con la palabra verdad, o bien. Es uno de los misterios de la vida humana, pero cuya realidad se comprueba experimentalmente. Sucede que cuando ese deseo prima, ese deseo proporciona, tarde o temprano, un aumento de discernimiento y sólo en ese caso. Ahí donde no prima ese deseo, ahí hay disminución o falta de discernimiento. Eso es lo que quiere decir principalmente el principio cristiano del árbol y los frutos; habrá a lo más tanto bien en el fruto como el contenido en el móvil que lo origina y jamás más, para decirlo aproximadamente en palabras weilianas.

Así que una sociedad auténticamente democrática y libre, lejos de permitir la existencia de colectividades diversas que conforman cada una  determinada posición política, en nombre del pluralismo y la tolerancia,  y que no pueden tener sino como principal móvil conservarse y expandirse, debe estimular la capacidad de pensamiento individual de la población —pues el verdadero esfuerzo de pensamiento sólo pueden realizarlo los individuos en cuanto tales y jamás las colectividades— lo que constituye la verdadera riqueza en la variedad de pensamiento, y su preocupación sincera por la justicia y el bien social, lo que implica también protegerlos de la influencia de la propaganda, lo que significa más que tolerar, respetar.

Más bien, si se excita en la población la capacidad de pensar concretamente preocupándose por estos objetivos, aparte de poseer así un cuerpo de datos suficiente y  realista sobre los problemas que de verdad afectan a la población, y de encontrar las soluciones más adecuadas con mayor facilidad,  que no necesariamente provendrían de la gente que usualmente se llama “culta”, incluso quizá obtendríamos por añadidura una disminución del crimen, del vicio y del aburrimiento que tanto afectan a las sociedades democráticas,  algo que por lo visto no debe sorprendernos.

Evidentemente esta exposición sumaria es utópica (y es claro que personalmente no me hago ninguna ilusión, eso sería soñar despierto), pues para empezar si las pasiones colectivas y la fuerza tuvieran poco peso en la vida del hombre, desde un inicio no tendríamos problemas, pero sucede al contrario, tienen el peso predominante, casi absoluto. Pero a pesar de eso al parecer, elaborar esto o algo semejante es preciso si de verdad deseamos una sociedad realmente soberana y democrática. Y ni que decir que concebir las condiciones para aminorar ese peso lo más posible es lo propio de la ciencia social.

(Escrito por Emile).


[1] Simone Weil, Escritos de Londres y Últimas Cartas, (Trotta p. 102).

[2] Ibíd. (Trotta p. 103).

[3] Ibíd. (Trotta p. 104).

[4] República VI 493c.

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Sobre la libertad de expresión y de pensar, los partidos políticos, la democracia y la prensa (por Simone Weil)

junio 4, 2011

(Selección de:  Echar Raíces.  Editorial Trotta, 1996).

 

A la libertad de opinión y a la libertad de asociación se las menciona generalmente juntas. Es un error. Salvo en el caso de las agrupaciones naturales, la asociación no es una necesidad, sino un expediente de la vida práctica.

La libertad de expresión total, ilimitada, para toda opinión, cualquiera que sea, sin ninguna restricción o reserva, es una necesidad absoluta para la inteligencia. Consiguientemente es una necesidad del alma, ya que cuando la inteligencia se encuentra a disgusto el alma entera está enferma. La naturaleza y los límites de la satisfacción de esta necesidad están inscritos en la estructura misma de las diferentes facultades del alma. Pues una misma cosa puede ser limitada e ilimitada, de igual modo que se puede prolongar indefinidamente la longitud de un rectángulo sin que deje de estar limitado en su anchura.

En un ser humano, la inteligencia se puede ejercer de tres maneras. Puede trabajar sobre problemas técnicos, es decir, hallar los medios para llegar a un fin dado de antemano. Puede aportar luz cuando se trata de una deliberación de la voluntad en la elección de una orientación. Puede finalmente operar sola, separada de las demás facultades, en una especulación puramente teórica de la que se haya descartado provisionalmente toda preocupación por la acción.

En un alma sana, la inteligencia se ejerce alternativamente de las tres maneras, con grados diferentes de libertad. En su primera función es una sirvienta. En la segunda es destructiva y debe ser reducida al silencio cuando empiece a dar argumentos a la parte del alma que, en todo aquel que no se halla en estado de perfección, se pone siempre del lado del mal. Pero cuando opera sola y separada conviene que disponga de una libertad soberana. De lo contrario le falta al ser humano algo esencial.

Ocurre lo mismo en una sociedad sana. Por ello sería deseable constituir una reserva de libertad absoluta en el ámbito de la edición, pero quedando convenido que las obras publicadas en ese ámbito reservado no comprometen en grado alguno a los autores y no contienen ningún consejo para los lectores. Ahí se podría exponer con toda su fuerza argumentos a favor de causas malignas. Es bueno y saludable que se expongan. Cualquiera podría hacer el elogio de lo que más reprobase. Sería público y notorio que el objeto de tales obras no es definir la posición de los autores acerca de los problemas de la vida, sino contribuir, por medio de investigaciones preliminares, a la enumeración completa y correcta de los datos relativos a cada problema. La ley impediría que su publicación entrañara cualquier tipo de riesgo para el autor.

Por el contrario, las publicaciones destinadas a influir en lo que se llama la opinión, es decir, el gobierno de la vida, constituyen actos, y se deben someter a las mismas restricciones que todos los actos. Dicho de otra forma: no deben causar ningún perjuicio ilegítimo en ningún ser humano, y, sobre todo, jamás deben contener negación alguna, explícita o implícita, de las obligaciones eternas hacia el ser humano, a partir del momento en que tales obligaciones han sido solemnemente reconocida por la ley.

La distinción de los dos ámbitos, el que queda fuera de la acción y el que forma parte de ella, es imposible de formular sobre el papel en lenguaje jurídico. Pero ello no impide en absoluto que dicha distinción quede perfectamente clara. La separación de ámbitos es fácil de establecer de hecho sólo con que la voluntad de llevarla a cabo sea suficientemente firme.

Esta claro, por ejemplo, que la prensa diaria y semanal se halla enteramente en el segundo ámbito. También las revistas, pues todas ellas constituyen un foco de irradiación de determinada manera de pensar; sólo las que renunciaran a dicha función podrían aspirar a la libertad total.

Lo mismo en lo que respecta a la literatura. Sería una solución para el debate recientemente sostenido sobre moral y literatura, oscurecido por el hecho de que todas las personas de talento, por solidaridad profesional, se hallaban de un lado, y los imbéciles y cobardes del otro.

Sin embargo, la posición de los imbéciles y de los cobardes no dejaba de ser en gran medida razonable. Los escritores tienen una forma inadmisible de jugar a dos barajas. Nunca como en nuestra época habían aspirado a la función de directores de conciencia ni la habían ejercido. De hecho, en los años que precedieron a la guerra, sólo los sabios se la disputaron. El puesto en otro tiempo ocupado por los curas en la vida moral del país era ocupado ahora por físicos y novelistas, lo que basta para medir el valor de nuestro progreso. Sin embargo, si alguien pidiera cuentas a los escritores acerca de la orientación de su influencia, se refugiarían indignados en el privilegio sagrado del arte por el arte.

No cabe duda, por ejemplo, de que Gide supo siempre que libros como Les Nourritures terrestres o Les Caves du Vatican  influyen en el comportamiento práctico de cientos de jóvenes, y se enorgullecía de ello. A partir de este momento no hay, pues, motivo alguno para situar tales libros tras la barrera intocable del arte por el arte, ni tampoco para encarcelar a un joven que arroje a alguien de un tren en marcha. Se podría reclamar igualmente los privilegios del arte por el arte a favor del crimen. Los surrealistas no anduvieron lejos de ello. Lo que tantos imbéciles han repetido hasta la saciedad sobre la responsabilidad de los escritores en nuestra derrota[2]es, por desgracia, absolutamente cierto.

A un escritor que, gracias a la libertad total concedida a la inteligencia pura, publicara escritos contrarios a los principios morales reconocidos por la ley, y que luego se convirtiera en un foco de influencia público y notorio, sería fácil preguntarle si está dispuesto a admitir públicamente que tales escritos no expresan su posición. Si así no fuera, resultaría fácil castigarle. Si mintiese, sería fácil deshonrarle. Además, debe quedar establecido que un escritor, a partir del momento en que ocupa una posición influyente en la dirección de la opinión pública, no puede aspirar ya a una libertad ilimitada. También aquí es imposible una definición jurídica, pero los hechos no son difíciles de discernir. No hay por qué limitar la soberanía de la ley al ámbito de las cosas expresables en fórmulas jurídicas, pues dicha soberanía se ejerce asimismo mediante los juicios de equidad.

Además, la necesidad misma de libertad, esencial a la inteligencia, exige una protección contra la sugestión, la propaganda, la influencia por obsesión. Pues constituyen formas de coerción: de una coerción particular que no va acompañada de miedo o de dolor físico pero que no por ello es menos violenta. La técnica moderna la provee de instrumentos extremadamente eficaces. Por naturaleza, dicha coerción es colectiva, y sus víctimas son las almas humanas.

El Estado se vuelve criminal si emplea tal coerción, salvo en caso de imperiosa necesidad. Además, debe prohibir su uso. La publicidad, por ejemplo, debe estar rigurosamente limitada por ley; su volumen ha de reducirse muy considerablemente y debe estar rigurosamente prohibido que aborde temas que pertenezcan al ámbito del pensamiento.

Por otro lado, puede haber represión contra la prensa, las emisiones radiofónicas y demás no sólo cuando atenten contra los principios de moralidad públicamente reconocidos, sino también cuando haga uso de la bajeza de tono y de pensamiento, del mal gusto, de la vulgaridad, y contribuyan a crear una atmósfera solapadamente corruptora. Dicha represión puede llevarse a cabo sin afectar lo más mínimo a la libertad de opinión. Por ejemplo, un diario puede ser suprimido sin que los miembros de la redacción  pierdan el derecho a publicar donde mejor les parezca o, incluso, en los casos menos graves, a seguir agrupados para mantener el mismo diario bajo otro nombre. Sólo que dicho diario habrá sido acusado públicamente de infamia y correrá el riesgo de volver a serlo. La libertad de opinión se debe exclusivamente y con reservas al periodista, no al periódico, ya que sólo el periodista tiene capacidad de formar opinión.

De manera general, todos los problemas que conciernen a la libertad de expresión quedan aclarados si se conviene que tal libertad constituye una necesidad de la inteligencia, y que la inteligencia reside únicamente en el ser humano considerado solo. El ejercicio colectivo de la inteligencia no existe. En consecuencia, ningún grupo puede aspirar legítimamente a la libertad de expresión, pues no la necesita para nada.

Por el contrario, la protección de la libertad de pensar exige que la ley prohíba a todo grupo la posibilidad de expresar una opinión. Pues cuando un grupo afirma tener opiniones tiende inevitablemente a imponerlas a sus miembros. Tarde o temprano se impide a los individuos, de forma más o menos rigurosa, sostener opiniones opuestas a las del grupo en una cantidad de problemas más o menos amplia, a menos que lo abandonen. Pero la ruptura con el grupo del que se es miembro entraña siempre sufrimientos, cuando menos de carácter sentimental. Y mientras que el riesgo y la posibilidad de sufrimiento son elementos sanos y necesarios en la acción, resultan en cambio perjudiciales en el ejercicio de la inteligencia. Un temor, incluso leve, provoca siempre, según el grado de valor, sumisión o rigidez, y esto basta para desajustar ese instrumento de precisión extremadamente delicado y frágil que constituye la inteligencia. También la amistad es, en este sentido, un gran peligro. La inteligencia está derrotada a partir del momento en que la expresión del pensamiento va precedida, explícita o implícitamente, de la palabra “nosotros”. Y cuando la luz de la inteligencia se ofusca, al cabo de un tiempo harto breve se extravía el amor al bien.

La solución práctica inmediata consiste en la abolición de los partidos políticos. La lucha de partidos, tal como se daba en la Tercera República, resulta intolerable; el partido único, que es por otro lado, su consecuencia inevitable, constituye el grado extremo del mal; no queda otra posibilidad, pues, que una vida pública sin partidos. Hoy tamaña idea puede parecer nueva y atrevida. Tanto mejor, puesto que precisamos algo nuevo. Aunque en realidad se trata simplemente de la tradición de 1789.

Desde la perspectiva de las gentes de 1789, no había siquiera otra posibilidad; una vida pública como la nuestra en el último medio siglo les habría parecido una pesadilla horrible; no habrían considerado admisible que un representante del pueblo pudiera abdicar de su dignidad hasta el punto de convertirse en miembro disciplinado de un partido.

Rousseau mostró claramente que la lucha de partidos aniquila automáticamente la República. Había predicho sus consecuencias. En este momento sería bueno fomentar la lectura de El Contrato Social. Pues hoy donde ha habido partidos políticos la democracia está muerta. De todos es sabido que los partidos ingleses tienen una tradición, un espíritu y una función tales que los hacen incomparables a los demás. Asimismo, los equipos concurrentes en Estados Unidos no son propiamente partidos políticos. Una democracia en que la vida pública esté constituida por la lucha de partidos es incapaz de impedir la formación de uno que tenga como fin declarado destruirla. Si promulgara leyes de excepción, asfixiará la democracia. Si no lo hace, estará tan segura como un pájaro ante una serpiente.

Habría que distinguir entre dos tipos de agrupaciones, a saber: de un lado, los grupos de intereses, donde la organización y la disciplina estarían en cierta medida autorizadas; de otro, los grupos de ideas, donde estarían rigurosamente prohibidas. En las situación presente es bueno permitir que las personas se agrupen en defensa de intereses tales como salarios y similares, que se les deje actuar dentro de límites muy estrechos y bajo la supervisión permanente  de los poderes públicos. Pero no debe permitirse que toquen las ideas. Los grupos donde se debaten ideas no han de ser tanto grupos cuanto medios más o menos fluidos. Cuando se diseña una acción, no hay razón alguna para que sea ejecutada por personas diferentes de quienes la aprueban.

En el movimiento obrero, por ejemplo, una distinción semejante pondría fin a una intricada confusión.  En el período anterior a la guerra tres orientaciones reclamaban la atención de todos los obreros y tironeaban constantemente de ellos. En primer lugar, la lucha por los salarios; en segundo lugar, los restos cada vez más débiles pero siempre vivos del viejo espíritu sindicalista de antaño, idealista y más o menos libertario; por último, los partidos políticos. Con frecuencia, en el curso de una huelga, los obreros que sufrían y luchaban eran absolutamente incapaces de discernir si se trataba de salarios, de un impulso del viejo espíritu sindical o de una operación política dirigida por un partido; y tampoco podía saberse desde fuera.

Una situación así es imposible. Cuando estalló la guerra en Francia los sindicatos estaban muertos o casi muertos, a pesar de los millones de afiliados o por causa de ellos. Tras un prolongado letargo, recobraron un embrión de vida con ocasión  de la resistencia al invasor. Pero esto no prueba que sean viables. Es del todo evidente que habían sido aniquilados, o casi, por dos venenos, cada uno de los cuales, por separado, era mortal.

Los sindicatos no pueden vivir si los obreros están tan preocupados por los salarios como lo están mientras trabajan a destajo en la fábrica. En primer lugar, porque de ello resulta esa especie de muerte moral causada siempre por la obsesión del dinero. Y también porque, en las condiciones sociales actuales, el sindicato, al ser un factor de actuación permanente en la vida económica del país, acaba por transformarse inevitablemente en una organización profesional única, obligatoria y asimilada a la vida oficial. Pasa así al estado de cadáver.

Por otro lado, es igualmente evidente que el sindicato no puede vivir junto a los partidos políticos. Hay en ello una imposibilidad del orden de las leyes mecánicas. Análogamente, el partido socialista no puede vivir junto al partido comunista, ya que el segundo posee la cualidad de partido, si se puede decir así, en un grado mucho más elevado.

Además, la obsesión por los salarios refuerza la influencia comunista, porque las cuestiones de dinero, al afectar tan vivamente a todo el mundo, imponen al mismo tiempo en todos un tedio tan mortal que resulta indispensable, como compensación, la perspectiva apocalíptica de la revolución en su versión comunista. Si los burgueses no sienten la misma necesidad de apocalipsis es porque las cifras elevadas cobran una poesía y un prestigio que atenúa en parte el hastío ligado al dinero, mientras que cuando éste se cuenta por perras chicas ese hastío se da en su estado puro. Por otro lado, la inclinación de los burgueses grandes y pequeños hacia el fascismo muestra que, pese a todo, también ellos se hastían.

El gobierno de Vichy creó en Francia organizaciones profesionales únicas y obligatorias para los obreros. Es de lamentar que se les haya dado, como está de moda actualmente, el nombre de corporación, nombre que en realidad designa algo muy diferente y muy bello. Sin embargo, por fortuna esas organizaciones muertas están ahí para asumir la parte muerta de la actividad sindical. Sería peligroso suprimirlas. Es preferible que carguen con la acción cotidiana de los salarios y de las reivindicaciones inmediatas. Por lo que hace a los partidos políticos, si todos estuviesen rigurosamente prohibidos en un clima general de libertad, es de esperar que su existencia clandestina fuese cuando menos difícil. En tal caso, los sindicatos obreros, si aún tuviesen un destello de vida, podrían convertirse poco a poco en expresión del pensamiento obrero, en el órgano del  honor de los trabajadores. Se interesarían —como es tradición en el movimiento obrero francés, que se ha sentido siempre responsable de todo el universo— por todo lo concerniente a la justicia, incluidas, llegado el caso, las cuestiones de salarios, aunque muy de vez en cuando y para librar a los seres humanos de la miseria.

Naturalmente, debería poder influir en las organizaciones profesionales según las modalidades definidas por la ley.

Tal vez sólo se cosecharían ventajas si se prohibiera a las organizaciones profesionales declarar una huelga permitiéndolo en cambio a los sindicatos; pero habría que establecer algunas limitaciones; a saber: hacer corresponder ciertos riesgos a dicha responsabilidad, prohibir toda coerción y proteger la continuidad de la vida económica.

Respecto del lock out[1], no hay motivo alguno para no prohibirlo absolutamente.

La autorización de las agrupaciones de ideas debería estar sujeta a dos condiciones. Primera, que no existiese excomunión. El reclutamiento se realizaría libremente por vía de afinidad, sin que pudiera obligarse a nadie a adherirse a un conjunto de afirmaciones cristalizadas en fórmulas escritas. Un miembro ya admitido sólo podría ser excluido por falta contra el honor o por propaganda política, delito que implicaría una organización ilegal y expondría por tanto a un castigo mayor.

Ello constituiría verdaderamente una medida de salud pública, pues la experiencia muestra que los Estados totalitarios los establecen partidos totalitarios, partidos que se forjan a golpes de exclusión por delito de opinión.

La otra condición podría ser que realmente hubiera circulación de ideas y pruebas tangibles de la misma en forma de folletos, revistas o boletines donde se estudiaran problemas de orden general. Una excesiva uniformidad de opiniones haría sospechoso al grupo.

Por lo demás, todas las agrupaciones de ideas estarían autorizadas a actuar como mejor les pareciera, a condición de no violar la ley ni imponer a sus miembros disciplina alguna.

Respecto de los grupos de intereses, su vigilancia debería implicar ante todo una distinción; la palabra interés unas veces expresa la necesidad y otras algo completamente distinto. Si se trata de un obrero pobre, interés quiere decir alimento, alojamiento, calefacción. Para un patrón significa otra cosa. Cuando la palabra está tomada en su primer sentido, la acción de los poderes públicos debería consistir en estimular, apoyar y proteger la defensa de estos intereses. En el caso contario, la actividad de los grupos de intereses debe estar continuamente controlada, limitada, y reprimida por los poderes públicos siempre que proceda. Ni que decir que los límites más estrechos y los castigos más dolorosos deben corresponder a los que por naturaleza son más poderosos.

Lo que se ha llamado libertad de asociación ha significado en realidad la libertad de las asociaciones. Ahora bien: las asociaciones no tiene por qué ser libres; son instrumentos, y, como tales, deben estar sujetas. La libertad sólo corresponde al ser humano.

En cuanto a la libertad de pensamiento, es cierto que sin ella no hay pensamiento. Pero aún es más cierto que cuando el pensamiento no existe tampoco es libre. En los últimos años ha habido mucha libertad de pensamiento, pero no pensamiento. Algo así como el niño que, no teniendo comida, pide sal para sazonarla.

[…]

La necesidad de verdad es la más sagrada de todas. Sin embargo nunca se habla de ella. Cuando se percibe la cantidad y enormidad de falsedades materiales expuestas sin vergüenza incluso en los libros de los autores más reputados da miedo leer. Pues se lee como se bebería el agua de un pozo dudoso.

Hombres que trabajan ocho horas diarias hacen el gran esfuerzo de leer por la noche para instruirse. Como no pueden ir a las grandes bibliotecas a verificar lo que han leído, creen todo lo que figura en los libros. No hay derecho a que se les dé de comer algo falso. ¿Qué sentido tiene alegar que los autores van de buena fe? Ellos no hacen ocho horas diarias de trabajo físico. La sociedad les alimenta para que dispongan de tiempo libre y se tomen la molestia de evitar el error.

Un guardagujas culpable de un descarrilamiento que alegara buena fe no sería precisamente bien visto.

Con mayor razón resulta vergonzoso que se tolere la existencia de diarios de los que todo el mundo sabe que ningún colaborador podría permanecer en el cargo si a veces no aceptara alterar conscientemente la verdad.

El público recela de los diarios, pero esa desconfianza no le protege. Como sabe que un diario contiene verdades y mentiras, reparte las noticias entre las dos rúbricas, pero al azar, según sus preferencias. De este modo sigue expuesto al error.

Todo el mundo sabe que cuando el periodismo se confunde con la organización de la mentira constituye un crimen. Pero se considera un delito impunible. ¿Qué impide castigar a una actividad cuando ha sido reconocida como criminal? ¿De dónde proviene esta extraña idea de crímenes no punibles? Se trata de una de las deformaciones más monstruosas del espíritu jurídico.

¿No es hora ya de proclamar que todo crimen es punible, y que llegado el caso se está dispuesto a castigar todos los delitos?

Algunas sencillas medidas de salud pública podrían proteger a la población de los atentados contra la verdad.

La primera podría consistir en crear tribunales especiales de gran honorabilidad compuestos por magistrados especialmente elegidos y preparados. Se encargarían de castigar con la reprobación pública todo error evitable, y podrían infligir penas de cárcel en caso de frecuente reincidencia agravada con manifiesta mala fe.

Por ejemplo, un amante de la Grecia antigua que leyera en el último libro de Maritain: “los mayores pensadores de la antigüedad no pensaron en condenar la esclavitud”, citaría a Maritain ante uno de estos tribunales. Aportaría el único texto importante que nos ha llegado sobre la esclavitud, el de Aristóteles. Haría leer a los magistrados la siguiente frase: “algunos afirman que la esclavitud es absolutamente contraria a la naturaleza y a la razón”. Haría observar que nada permite suponer que entre esos “algunos” no estén los más grandes pensadores de la antigüedad. El tribunal censuraría a Maritain por haber impreso una afirmación falsa cuando le era tan fácil evitar el error, que constituye, aunque sea involuntariamente, una calumnia atroz contra toda una civilización. Todos los periódicos diarios, semanales o de otro tipo, las revistas y la radio estarían obligadas a poner en conocimiento del público la censura del tribunal y, en su caso, la respuesta de Maritain. En este caso concreto difícilmente podría darla.

Cuando Gringoire[2] publico in extenso un discurso atribuido a un anarquista español anunciado como orador en una reunión parisina pero que en el último momento no había podido salir de España, un tribunal semejante no hubiera estado de más. Siendo en ese caso la mala fe más evidente que dos y dos son cuatro, la cárcel quizá no hubiera sido demasiado severa.

En un sistema así se permitiría llevar la acusación ante los tribunales a cualquiera que detectase un error evitable en un texto impreso o en una emisión de radio.

La segunda medida consistiría en prohibir absolutamente la propaganda de todo tipo en la radio o en la  prensa diaria. A estos dos instrumentos sólo se les permitiría servir información no tendenciosa.

Los tribunales en cuestión velarían para que no lo fuese.

Respecto a los órganos de información, deberían poder juzgar no únicamente las afirmaciones erróneas, sino también las omisiones voluntarias o tendenciosas.

Los medios de circulación de ideas que deseasen darlas a conocer sólo tendrían derecho a órganos semanales, quincenales o mensuales. No es en absoluto necesaria una periodicidad mayor si lo que se pretende es hacer pensar y no embrutecer.

La corrección de los medios de persuasión quedaría garantizada por la vigilancia de esos mismos tribunales, que estarían autorizados a suprimir un órgano en caso de alteración excesivamente frecuente de la verdad. Si bien los redactores podrían hacer reaparecer la publicación bajo otro nombre.

Todo esto no supondría el más mínimo perjuicio a las libertades públicas. Se satisfaría la más sagrada necesidad del alma humana: la protección contra la sugestión y el error.

Pero ¿quién garantizaría la imparcialidad de los jueces?, se objetará. La única garantía, aparte de su total independencia, consiste en que procedan de medios sociales diferentes, que estén dotados naturalmente de una inteligencia amplia, clara y precisa, y que hayan sido formados en una escuela donde no se les dé una educación jurídica sino principalmente espiritual y secundariamente intelectual. Es necesario que se acostumbren a amar la verdad.

No hay posibilidad alguna de satisfacer en un pueblo la necesidad de verdad si para ello no pueden encontrarse hombres que la amen.

[1] Cierre patronal de fábricas.

[2] Semanario de orientación política ultraderechista.

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¿Es Keiko egoísta?

mayo 21, 2011

Respecto a la actitud de Keiko, siendo rigurosos, en realidad no se trata de egoísmo, en tanto esto significa amor por sí mismo. Keiko hace lo que hace en gran parte  por amor al padre. Todos actúan siempre movidos por una especie del amor. Y existen muchas clases de amor: desde aquel que tiene por objeto algo ridículo o bajo hasta el amor divino. ¿Cuál será la especie de amor que mueve a Humala? Puede ser principalmente amor por el poder, o por la nación, o por la grandeza histórica, el prestigio, etcétera, o quizá, poco probable, por algo mejor. Como dice Weil, el egoísmo no existe, nadie se ama a sí mismo, porque nadie posee el bien en sí mismo. Somos deseo, nos dirigimos siempre hacia algo exterior. Nuestro deseo de bien esencial siempre se dirige hacia algo exterior.

Si Keiko sólo luchara por su padre en tanto hija, aunque su padre sea un corrupto, no se le juzgaría tan fuertemente. Lo que hace que su acción sea algo repudiable, es que antepone un bien particular a un bien general. Sin embargo, todos hacemos esto muchas veces, en tanto nuestro amor no se ha extendido sobre toda la humanidad anónima. En realidad, el único objeto de amor siempre es lo real. Y sólo sentimos como real lo que amamos. No existe, en ningún caso, amor por el mal, pues  el mal es el  sentimiento mismo de la irrealidad. Si Keiko sintiese como reales, amara, no sólo a su padre, sino también a la población entera, no podría hacer lo que hace. Y nada menos podría evitar hacer lo que hace. En cierto sentido es valiente, porque por amor está dispuesta a sacrificar todo. Pero en un sentido fundamental es más cobarde, porque no está dispuesta a concebir que existe toda una población, en la que cada uno de sus integrantes, es algo tan real como su padre. Por otra parte, ¿quién puede concebir algo parecido? Menos que pocos seguramente, y si es que existen, como hay que esperarlo, están ocultos.

De hecho, seguramente, Humala tampoco lo concibe así. Así que en principio se puede decir que ambos están igual de alejados. Pero existen anteposiciones más dañinas que otras. Cuando la anteposición pasa evidentemente por la ceguera ante la injusticia y la corrupción a gran escala  no puede sino ser muy dañina.  Si bien Humala posee de hecho (digamos en todo caso, muy probablemente) una anteposición, parece que no padece evidentemente esta ceguera, por lo que en principio, sea como sea, por más encubierta que pueda estar a la propia conciencia, al menos se puede creer que existe la posibilidad de que sea menos dañina.

Y en realidad, independientemente de que sea menos dañina en sí misma o no la anteposición de Humala, de hecho al menos, es menos dañina elegirla, por la evidencia que implica la primera, al menos para mí.

(Escrito por Emile).

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El animal social

mayo 9, 2011

En la República VI de Platón, se expone que la causa principal y más poderosa de  la perdición del sentido del bien es la tendencia de las colectividades a absorberlo todo y a excluir o destruir todo aquello que no pueda ser absorbido, por atentar contra la supervivencia o comodidad de la colectividad. Es por eso, entre otras razones, que en ese libro se considera la colectividad como un gran animal.

La capacidad de pensar propia del hombre es algo muy distinto a lo que se puede denominar pensamiento animal. Claro que también el lenguaje nos diferencia del animal, como también el uso de herramientas complejas y otras cosas, pero todos ellos están intrínsecamente relacionados con el pensamiento humano. La capacidad de pensar humana no es otra que la facultad de la atención y esta facultad es siempre atención en el vacío, cuando de verdad se ejerce. La atención en el vacío, la espera que precede todo acto de pensamiento humano auténtico, es de ordinario lo contrario al instinto animal. Es esta capacidad de espera y atención en el vacío la que permite que el hombre pueda acceder a la justicia, a la verdad y al bien. Además de esta capacidad de pensamiento particular del hombre, el deseo mismo de bien también nos diferencia de los animales. En en el fondo, todas constituyen una sola realidad: el hombre.

Se puede decir que los animales son incapaces de desear el bien, que simplemente desean lo necesario o, a lo más, en los más inteligentes entre ellos, si es que desean alguna especie de bien, su forma de deseo es, en principio al menos, infinitamente inferior al del hombre. El hombre desea el bien infinito, el animal no. Es por eso que el hombre ante el mundo, que evidentemente no le brinda ningún bien, sino simplemente hechos, es capaz de esperar y atender en el vacío y por lo tanto de pensar tal como es capaz de hacerlo. Es su deseo de bien infinito, el que le brinda el sentimiento de la trascendencia, de una realidad no compuesta por hechos. Se siente hecho para algo superior, razón por la que, cada vez que queda reducido al plano simplemente animal o material, se siente degradado. La degradación, el sentimiento de estar hecho para el  bien y sin embargo estar alejado de él, es lo que constituye el mal.

Así como por la capacidad de desear el bien infinito y de pensar en conformidad con ese deseo, un hombre es superior a un animal, por esa misma razón es superior a una colectividad. Una colectividad puede ser superior a un solo hombre en relación a todo menos a la capacidad de pensamiento. El pensamiento es una operación exclusiva de un solo hombre. Cuando un hombre llega a una verdad, no puede transferirle esa verdad a otro como si se tratara de un simple objeto material. No puede ser transferida por la fuerza, sea esta física o psicológica. Es preciso que esa verdad, por decirlo de algún modo, vuelva a nacer, sea redescubierta, por el hombre al cual se transfiere la verdad. Es preciso que ese hombre utilice su propia capacidad de atención y espera para reconocer la verdad como tal. No existe otra forma de transferir verdades. Como pensaba Platón, la verdadera educación consiste en redirigir la mirada de la atención hacia lo que es conveniente, para que vea por sí misma, y no como si se pusiera vista donde no existe.

Todos podemos captar la verdad, pero es preciso que cada uno la capte para que pueda ser reconocida como una verdad. Si se acepta algo como verdad sin reconocerla como tal, lo que se acepta entonces no es una verdad, es otra cosa, por más que lo que se acepte sea en sí mismo verdad. Así, la verdad precisa siempre de la atención, y quien renuncia a la capacidad de pensar interesándose sólo por la verdad, renuncia a su vez a la verdad; y también a la justicia, pues ella también requiere para ser reconocida como tal de una atención parecida. En general, todo aquel que renuncia a prestar atención pura, todo aquel dispuesto a subordinarse a algo distinto al bien, sea por conveniencia, por estima, por amistad, o por lo que sea, renuncia al bien.

La amistad y la estima se relacionan con la verdad sólo porque, de común, sólo estamos dispuestos a prestar atención a los amigos o a lo que estimamos. La amistad y la estima quedan manchadas cuando buscamos subordinados o ser subordinados, sólo por el hecho de la estima o de ser amigos, pues aleja del bien.  El respeto auténtico y mutuo entre discípulo y maestro debe estar basado sobre todo en el  respeto por la verdad, más que en las cuestiones personales o de otra índole. Cuando no es el respeto por la verdad lo que prima, no existe verdadera relación discípulo-maestro y la educación es algo más o menos triste. Respeto por la verdad no quiere decir respeto por tal o cual pensamiento. Respeto por la verdad quiere decir antes que todo respeto al deseo de verdad, respeto por esa facultad que tiene cada uno de acceder a lo trascendente, y por lo tanto el rechazo a todo actitud, dulce o amarga, que pueda trastornarlo.

Así, queda claro que una opinión colectiva solo tendrá la posibilidad de ser conforme con la verdad y la justicia siempre y cuando cada uno de los miembros de la colectividad haya pensado por sí mismo y teniendo en cuenta solo el deseo de verdad y justicia. Ahora bien, esto es muy difícil. De modo tal que la opinión colectiva dominante es, casi siempre, un pensamiento animal, incapaz de trascendencia y reducido a los hechos y por eso, todo lo que toma por un bien sea casi necesariamente siempre algo distinto al bien que, de ser real, debe ser trascendente.

La colectividad pues tiende a alejar del bien, impedir el pensamiento de la verdad y la justicia, y a ahogar en la pasión colectiva. Y este ahogo es difícil de evitar, porque todo esfuerzo de atención es doloroso, pues implica poner a un lado las propias inclinaciones, al menos por un momento, para interesarse sólo por el bien, la verdad y la justicia. Mientras que ahogarse en lo colectivo es casi siempre inmediatamente embriagador y placentero. Las colectividades con sus aplausos y su propaganda, sus fantasías e incluso sus eternidades, nos ofrece un cómodo lugar para olvidar nuestro deseo profundo de bien infinito, cuya conciencia, al inicio, sólo causa angustia.

Sólo un amor puro por el bien desconocido, un espíritu intenso de verdad y de justicia, puede evitar este ahogo en lo colectivo y la aceptación del sufrimiento. De otro modo, parece imposible evitarlo.

(Escrito por Emile).

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Nota sobre la moral humana

mayo 4, 2011

La tendencia natural del hombre no es el bien ni el mal, sino la expansión, rajas, una mezcla de los dos: los hombres ejercen su poder de dominio hasta el límite de sus posibilidades (Tucídides). La mayor parte de las veces, si tienen apariencia de buenos es sólo porque carecen de un poder de dominio mayor. Si tienen apariencia de malos, es sólo porque poseen ese poder de dominio. Cuando no hay nadie que pueda dominar al otro es preciso el acuerdo, lo que produce la justicia de manera natural. Así, en la sociedad, los poderosos no son los malos y los débiles los buenos, sino simplemente sucede que los poderosos son poderosos y los débiles, débiles; de tal forma que si se cambian las posiciones los que parecían buenos ahora parecerán malos y viceversa, pues actuarán de la misma forma. Incluso, la mayor parte de las veces, el mal es peor cuando ocurre el cambio, porque además lo anima un deseo de desquite.
(División además simplicista, pues en realidad siempre hay algo o alguien más poderoso que uno, y siempre hay algo o alguien menos poderoso que uno, y también los de igual condición, y muchas veces las relaciones no son fijas sino dinámicas, dependiendo de los infinitos ámbitos y situaciones particulares, de tal modo que  uno nunca pertenece completamente a ningún lado y se actúa, dependiendo de su posición correspondiente en el ámbito o situación particular, de la manera correspondiente).

Solo el principio elevador, sattwa, puede salvar de esa dicotomía y evitar la injusticia esté donde se esté. Es la forma del bien. En cambio, tamas, productor de tinieblas, comete la injusticia con tendencia ilimitada, creyendo que se hace justicia. Es la forma del mal.

(Escrito por Emile).

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Notas a partir del “Echar raíces” de Weil

marzo 14, 2011

* La política  se ha olvidado del alma. No se da cuenta que no sólo es el cuerpo el que tiene necesidades (y muchas veces ni de esto se da cuenta) sino que también el alma las tiene, y que deben ser satisfechas para que una sociedad sea sana. No sólo el cuerpo padece la enfermedad o la muerte cuando estás necesidades no son satisfechas, también el alma padece algo análogo cuando sus necesidades no son satisfechas. Incluso, la muerte corporal es algo menos triste que la muerte del alma. La vida corporal, la satisfacción de las necesidades corporales, es una condición para la vida del alma.

* La satisfacción de las necesidades jamás es un privilegio, porque una necesidad sólo es tal, si es universal. Una necesidad también se caracteriza por ser limitada por su necesidad contraria. Así,  por ejemplo, la necesidad de alimentos se encuentra limitada por la necesidad de no comer cuando se está satisfecho. Así se puede diferenciar la necesidad del deseo, porque un deseo, por lo general, es particular y puede ser ilimitado.

* Sólo aquello que es necesario impone una obligación. Está obligación para con uno mismo se llama deber. Para con los otros, se llama respeto. El cumplimiento de los deberes y el ejercicio del respeto es la finalidad de una sociedad sana.

* La noción de derecho, a diferencia de las de deber y respeto, no impone ninguna obligación en sí misma; es algo particular, porque sólo es real cuando se cumple efectivamente, cuando se tiene el poder y la fuerza para hacerlos cumplir. Un derecho que no se respeta manifiesta su irrealidad, pero una obligación que no se cumple no deja por ello de ser real. Si un tsunami acaba con mi vida, no se me ha violado ningún derecho pero, hasta el último instante de mi vida no dejo de tener obligaciones para conmigo mismo y para con los otros.

* Un derecho, a diferencia de una necesidad, no es algo limitado. Porque efectivamente, tengo derecho a todo aquello que puedo adquirir por medio del poder y de la fuerza (es un privilegio, aunque se diga lo contrario). Tengo necesidad de alimentos y eso impone el deber de proporcionarme comida, pero siempre de manera limitada, porque una verdadera necesidad siempre es limitada. Pero desde el punto de vista del derecho: tengo necesidad de alimentos, pero puedo adquirir sin faltar a ningún derecho, prácticamente mientras pueda comprarlos,  más de los alimentos necesarios, mucho más, incluso en detrimento de los otros.  Esto no es un crimen en una sociedad basada principalmente en el derecho.

* La noción de derecho tiene su sentido, pero en segundo lugar, sólo cuando está subordinada a las nociones de necesidad y obligación. Uno, al padecer necesidades, tiene en primer lugar deberes y luego, por eso mismo, respecto a los otros, tiene derechos; pero derechos limitados y que son legítimos sólo por sus propias necesidades y deberes universales.

(Escrito por Emile).

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Nota sobre Simone Weil y la tiranía y Egipto

enero 30, 2011

[Respecto al tirano]

“Es imposible que no perezcan, pues no consideran la limitación de su propia fuerza ni sus relaciones con los otros como un equilibrio entre fuerzas desiguales. Los otros hombres no imponen a sus movimientos esa pausa de la que surge la consideración de los semejantes; concluyen de ello que el destino les ha dado todos los derechos, y ninguno a sus inferiores. Desde ese momento, van más allá de las fuerzas que disponen. Van inevitablemente más allá, ignorando su limitación. Quedan entonces entregados al azar sin recursos, y las cosas ya no les obedecen. A veces el azar les beneficia; otras veces les perjudica; hélos ahí, expuestos desnudos a la desdicha, sin la coraza de poder que protegía su alma, sin que ya nada les separe de las lágrimas.
Este castigo de rigor geométrico, que sanciona automáticamente el abuso de la fuerza, fue objeto de meditación entre los griegos. Constituye el alma de la epopeya; con el nombre de Némesis, es el motor de las tragedias de Esquilo; los pitagóricos, Sócrates, Platón, partieron de ahí para reflexionar sobre el hombre y el universo.” [1]

Este pequeño pasaje del magnífico ensayo “La Ilíada o el poema de la fuerza” es inevitablemente actual, considerando la situación que se vive en Egipto.  Estamos ante una situación en la que un tirano está dándose cuenta de sus límites.  Pensando que era un ser invulnerable,  privilegiado por el destino, nota de pronto, en medio de la confusión, que tiene límites. Para él, el contacto con la realidad es algo cruel, algo insoportable, por eso busca todos las formas de evitar ese contacto, por eso quiere mantenerse en el poder por todos los medios.  Cualquiera que sea su destino, luce terrible: si se mantiene en el poder, seguirá en la mentira y abusando; si le arrebatan el poder entrará en contacto con la cruel realidad de su limitación.  Esperar realmente que acepte que es alguien limitado, después de todo el abuso cometido, sería tan fácil como entregarse a sí mismo a la hoguera.  Hizo bien el pueblo Egipcio en no creer en sus palabras y continuar con la revuelta.  No es que sea imposible,  pero suponiendo que sea capaz de aceptar eso, debería entonces también ser capaz de renunciar al poder. Que haya recurrido a la brutalidad policial, incluyendo la orden de matar y probablemente organizar saqueos para inspirar terror, son  indicios de que no quiere reconocer sus límites y de que no quiere renunciar por lo tanto al poder; como hemos visto, tiene fuertes motivos.

*Se puede leer el ensayo completo de Weil aquí: http://hjg.com.ar/txt/sweil/sw_iliada.html.


[1] De: La Ilíada o el poema de la fuerza. La Fuente Griega. Editorial Trotta. 2005.

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“Reflexiones acerca de la teoría de los quanta” (Por Simone Weil)

noviembre 30, 2010

REFLEXIONES ACERCA
DE LA TEORÍA DE LOS QUANTA
[1]


(Simone Weil, 1942)

Dos nociones han abierto un abismo entre lo que se entendía por ciencia desde la antigua Grecia y lo que hoy entendemos con ese nombre; dichas nociones son las de relatividad y de quanta. La primera tuvo mucha repercusión en el gran público; el nombre de la segunda apenas es conocido. Ambas nociones datan de comienzos de este siglo y fueron subversivas de la misma manera, es decir, introduciendo en la ciencia una contradicción aceptada y afirmada.

En lo que respecta a la relatividad, no se trata en este caso de la relatividad generalizada, que consiste en extender a todos los movimientos posibles la noción de relatividad que la mecánica clásica sólo aplicaba a los movimientos rectilíneos y uniformes; idea que por cierto es apropiada al menos para suministrar temas de reflexión extremadamente fecundos. Se trata de la relatividad restringida, mal llamada así, porque no tiene relación con la noción de relatividad del movimiento. Es una teoría muy simple si se renuncia a comprenderla. Por una parte, los trabajos de Copérnico, Kepler, Galileo, Newton condujeron a atribuir determinados movimientos a la tierra y a los diferentes cuerpos celestes; por otra parte, una serie de experimentos desembocó en determinada medición de la velocidad de la luz; finalmente, ciertos experimentos de finales del siglo XIX llevaron a considerar la velocidad de la luz como constante en todas las direcciones. Tales resultados son contradictorios; una velocidad finita no puede ser constante en todas las direcciones si se la mide a partir de un sistema que a su vez se encuentra en movimiento en una dirección determinada. No obstante, Einstein tradujo en fórmulas algebraicas esas conclusiones inconciliables entre sí, combinó las fórmulas como si pudieran ser verdaderas al mismo tiempo y obtuvo unas ecuaciones. Pero resulta que en dichas ecuaciones la letra que representa el tiempo y cada una que corresponde a las tres coordenadas del espacio figuran de manera simétrica. La traducción de tales ecuaciones al lenguaje común produjo las paradojas que le valieron a Einstein un renombre bastante dudoso, al igual que el del tiempo considerado como una cuarta dimensión.

La paradoja de los quanta no es menos violenta –quizá lo sea más, aunque a primera vista parezca menos sorprendente—; por otra parte, es de una fecha anterior. La teoría de los quanta, cuyo primer autor es Planck, y que todavía hoy constituye la preocupación principal de los físicos, se refiere a la noción central de la ciencia, la noción de energía. Consiste en considerar la energía o la acción, producto de la energía por el tiempo, como una magnitud que varía de manera discontinua, mediante saltos sucesivos, y tales saltos son lo que se denomina quanta. Pero todo el esfuerzo de la ciencia desde Galileo consistió en reducir todos los fenómenos sin excepción  a cambios en las relaciones de espacio y tiempo, admitiendo como factores variables sólo las distancias, las velocidades y las aceleraciones; el espacio y el tiempo no pueden representarse sino como magnitudes continuas; y la energía es precisamente la noción por medio de la cual se reduce todo al espacio y al tiempo. Si estoy a dos kilómetros de un lugar y después de haber caminado me encuentro ya sólo a un kilómetro, sea cual fuere el camino que haya tomado, los rodeos que haya podido dar, he pasado por todas las distancias intermedias entre dos kilómetros y un kilómetro, sin ninguna excepción. Se puede poner en duda esta afirmación, como cualquier otra, pero es imposible representarse la afirmación contraria. Y la ciencia concierne a los fenómenos, por lo tanto, contrariamente al pensamiento metafísico o místico, está en el nivel de la representación o inmediatamente sobre él; una explicación científica que no es representable de ninguna manera está vacía de significación.

Podemos persuadirnos abriendo cualquier manual de que la noción de energía deriva de la noción de trabajo y se remite a ella, y que el trabajo se define por la elevación de un determinado peso a una determinada altura. Decir que hay una diferencia de energía entre tal y cual estado de un sistema es decir que podemos representarnos una transformación donde, por una parte, el sistema pasaría de un estado al otro, y donde, como contrapartida, dicho peso ascendería o descendería de dicha altura.

Ya en el primer estudio de los fenómenos mecánicos, se halló una invariante definida por el producto convencional de una fuerza y una distancia. Arquímedes fundó la mecánica demostrando que una balanza simétrica permanece en equilibrio si se modifica el peso de un lado del punto de apoyo pero cambiándolo de lugar, a condición de que el producto del peso por la distancia con respecto al punto de apoyo permanezca invariable. Galileo mostro que si una bola se deja caer de una misma altura sobre planos de diferente inclinación, el producto de la distancia que recorre por la fuerza que la impulsa siempre es el mismo. Planteó como ley general del equilibrio que cuando dos cuerpos, arrastrados por distintas fuerzas, se mantienen en reposo por su mutua relación, los productos respectivos de la fuerza y la distancia que se recorrería sin dicha relación son iguales. Hizo ver, y luego también Descartes, que dicho producto es asimismo la clave de las máquinas simples que, aun cuando les ahorren trabajo a los hombres, nunca modifican, en ningún caso, el producto de la fuerza que hay que vencer por el desplazamiento que hay que realizar. Además la balanza, con el nombre de palanca, es una máquina simple, al igual que el plano inclinado cuando se hace subir un peso en él.

Más adelante, se utilizó el mismo producto como clave de todos los fenómenos de dinámica, con el nombre de energía cinética o fuerza viva. La fórmula del movimiento uniformemente acelerado o retardado muestra que cuando una bola que rueda a velocidad uniforme sobre un plano horizontal encuentra un plano inclinado y sube hasta determinada altura, el trabajo realizado, es decir, el producto de esa altura por el peso de la bola, es igual a la mitad del producto de su masa por el cuadrado de la velocidad con la que rodaba sobre el plano horizontal. De modo que la energía cinética de un cuerpo en movimiento, vale decir, esa mitad del producto, es el trabajo que dicho cuerpo puede realizar en determinadas condiciones únicamente en virtud de su velocidad. La energía potencial es el trabajo que un cuerpo puede realizar únicamente en virtud de su posición por medio de un empuje infinitamente pequeño, como cuando una bola está sobre una mesa; el teorema de la conservación de la energía plantea que, en un sistema puramente mecánico, la suma de la energía cinética y de la energía potencial permanece constante en tanto que no se realice ningún trabajo exterior sobre el sistema o del sistema sobre el exterior.

La gran idea del siglo XIX fue asimilar con trabajos, por medio de equivalencias numéricas, otros cambios que no fueran desplazamientos. Joule comenzó. Si se deja caer desde un metro un peso de un kilo que en su caída, por medio de una polea, hace girar un pequeño molino de paletas colocado en un recipiente lleno de agua, la temperatura del agua se eleva; la energía calórica que produce dicha elevación de la temperatura es igual a un kilográmetro. Joule verificó que varios procedimientos mecánicos diferentes, mediante el mismo gasto de energía mecánica, permiten siempre elevar la misma masa de agua de 0º a 1º. Tras muchas experiencias análogas, los científicos del siglo XIX plantearon que en todo fenómeno hay crecimiento o disminución de una energía equivalente a la energía mecánica; dicho principio tiene un gran número de aplicaciones exitosas en el estudio de los fenómenos químicos y eléctricos. El principio fundamental de la ciencia del siglo XIX es que se debe poder representar al menos teóricamente, con respecto a cualquier fenómeno, o bien la producción de tal fenómeno por medio del desplazamiento de un peso, o bien el desplazamiento de un peso por medio de dicho fenómeno. La palabra energía no tiene otro sentido, y por tal razón cualquier clase de energía se mide en ergs, unidad definida por la elevación de un peso.

Un peso no puede tener primero determinada altura y luego otra, sin pasar por todas las alturas intermedias sin excepción. La distancia es una magnitud continua; ninguna geometría la representa de otro modo, ni siquiera las no euclidianas. El tiempo, que para los físicos se representa mediante el movimiento uniforme, es decir, mediante la distancia, es una magnitud continua. Lo mismo ocurre con la velocidad, la relación de la distancia con el tiempo, y con la aceleración, la relación de la velocidad con el tiempo. En ninguna definición de energía mecánica ingresan otros valores que la distancia, la velocidad, la aceleración combinadas con la masa; la acción es un producto de la energía y del tiempo. La energía no mecánica es aquello que se plantea como equivalente a la energía mecánica en todos los fenómenos no mecánicos. A partir de ahí resulta fácil percibir cuán extraordinario es hablar de quanta de energía o de acción.

Lo más singular es que cuando Planck afirma: “La materia no puede emitir la energía radiante sino por cantidades finitas proporcionales a la frecuencia”, no fue llevado a tal proposición por el estudio de los fenómenos microscópicos donde la experiencia permite medir esos umbrales, sino por un fenómeno macroscópico, la radiación negra.

La noción de irreversibilidad había sido introducida en el concepto de energía por el segundo principio de la termodinámica, el principio de Clausius, llamado principio de la degradación de la energía. Tal noción había llevado a la probabilidad, mediante la simple idea de que el pasaje de un estado más probable a un estado menos probable es prácticamente irreversible; si uno tomara con la mano los caracteres de imprenta que formaban un verso de Valéry, los desordenara, y si los mezclara de nuevo con la mano un gran número de veces, no se volvería a formar un verso de Valéry. El físico Boltzmann, contemporáneo de Planck, había interpretado así los fenómenos irreversibles como la transformación de la energía mecánica  en energía calórica por el frotamiento. Planck intento reconstruir, por medio de probabilidades y de acuerdo con los datos de la experiencia, el fenómeno llamado de radiación negra. En las fórmulas de tales probabilidades encontró la discontinuidad; introdujo la discontinuidad en la energía porque dichas probabilidades son funciones de la energía.

No podemos dejar de preguntarnos si hubiera podido obrar de otro modo. La experiencia por cierto no lo forzaba a ello pues, dado que las medidas no eran microscópicas, no podían proporcionar umbrales, sino solamente puntos de referencia entre los cuales había que hacer interpolaciones. Siempre es posible hacer interpolaciones por medio de funciones o bien discontinuas, o bien continuas. Pareciera pues que Planck en verdad hubiera podido encontrar otras funciones distintas de la mecánica clásica, puesto que éstas estaban en desacuerdo con la experiencia, pero aun así continuas. Nos vemos tentados de preguntarnos si no fue la misma naturaleza del cálculo de probabilidades, cuyo punto de partida es el juego de dados, y por consiguiente relaciones numéricas, lo que condujo a Planck a introducir números enteros en sus fórmulas. Ciertamente, sería un origen muy extraño para una revolución tan grande. En todo caso, introdujo la discontinuidad en la energía, con respecto al caso particular de la radiación negra, por una comodidad de cálculo. Su innovación tuvo un éxito asombroso, ya que luego se admitió que sus fórmulas son válidas para todos los intercambios de energía que ocurren en los átomos y las radiaciones, es decir, en todas partes. De modo que la palabra energía ya no tiene ninguna relación con los pesos y velocidades; pero tampoco tiene relación con otra cosa, porque no se elaboró otra definición de la energía; no tiene relación con nada. Lo cual no impide que se siga hablando de energía cinética. El papel puede decirse que soporta todo.

El uso diferente del álgebra abre el abismo que separa la ciencia del siglo XX de la ciencia de los siglos anteriores. El álgebra en física no fue en principio sino un procedimiento para resumir las relaciones establecidas entre las nociones físicas por medio del razonamiento basado en la experiencia, un procedimiento extremadamente cómodo con respecto a los cálculos numéricos necesarios para las verificaciones y las aplicaciones. Pero el papel del álgebra no dejo de crecer en importancia; finalmente, en lugar de que el álgebra constituyera el lenguaje auxiliar y las palabras el lenguaje esencial, como sucedía antes, hoy pasa exactamente lo contrario. Algunos físicos tienden incluso a hacer del álgebra casi el único lenguaje, de manera que en el límite, un límite por supuesto imposible de alcanzar, ya no habría más que cifras extraídas de las mediciones experimentales y letras combinadas en fórmulas. Pero el lenguaje ordinario y el lenguaje algebraico no siguen las mismas exigencias lógicas; las relaciones entre nociones no se reflejan íntegramente por medio de las relaciones entre letras; en particular, unas afirmaciones incompatibles pueden ser equivalentes a ecuaciones que no lo son en absoluto. Cuando se manipulan las fórmulas, tras haber traducido al álgebra las relaciones entre nociones, teniendo solamente datos numéricos de la experiencia y leyes propias del álgebra, se pueden obtener resultados que choquen violentamente contra el sentido común una vez traducidos de nuevo al lenguaje hablado.

De donde resulta una intensa apariencia de profundidad; porque las profundas meditaciones filosóficas o místicas también implican contradicciones, extrañezas y una dificultad insuperable en la expresión verbal. Sin embargo en el caso del álgebra se trata de algo muy distinto. Si un pensamiento profundo es inexpresable, es porque abarca a la vez varias relaciones verticalmente superpuestas y porque el lenguaje común no diferencia bien las diferencias de nivel; pero el álgebra es aún menos apropiada para ello, porque pone todo en el mismo plano. Demostraciones, verificaciones, conjeturas casi arbitrarias, aproximaciones, consideraciones referidas a la conveniencia, la comodidad, la probabilidad, todas estas cosas, una vez traducidas a letras, cumplen el mismo papel en las ecuaciones. Si el álgebra de los físicos produce los mismos efectos que la profundidad, es solamente por ser totalmente plana; la tercera dimensión del pensamiento está ausente en ella.

Esa falsa profundidad tiene efectos bastante cómicos, algunos de los cuales divertían a Rabelais o a Molière. Porque los filósofos, llenos de un celo respetuoso, se agotan en interpretar lo que no pueden comprender y en traducir las ecuaciones a la filosofía. En general, los comentaristas profanos e incluso algunos científicos buscan con una perseverancia conmovedora la significación profunda, la concepción del mundo contenida en la ciencia contemporánea. Vanamente, porque no la tiene. La ciencia en ese aspecto se parece al emperador del cuento de Andersen; dos artesanos le prometieron un traje hecho de una tela invisible para los necios, de manera que caminó desnudo por las calles de su capital sin que ninguno de los espectadores ni tampoco él mismo se atreviese a reconocer que estaba desnudo. Cualquier hombre con algo de cultura temería pasar por tonto admitiendo ante los demás o ante sí mismo que es incapaz de vislumbrar la menor significación filosófica vinculada con las innovaciones de la ciencia contemporánea; prefiere inventarles una, necesariamente poco clara. El último libro de Planck traducido al francés, con el título de “Iniciación a la física”, repleto de consideraciones filosóficas en más de tres cuartas partes, ha brindado un nuevo ejemplo del cuento de Andersen. Puesto que algunos críticos, confiando en el renombre científico del autor, han creído ver en ese libro un pensamiento profundo; han elegido algunas citas para sostener su juicio, y dichas citas eran lugares comunes de una infrecuente banalidad.

Si hiciéramos abstracción de la persona del autor, en verdad ese libro, exceptuando algunas páginas, estaría prácticamente desprovisto de interés. Todo lo que en él se refiere a la filosofía general, Dios, el alma humana, la libertad, el conocimiento, la existencia del mundo exterior, es bastante mediocre, generalmente sensato, pero banal, vago y superficial. Podemos ver con ello de modo evidente que Planck no era una mente excepcional. Podemos ver también, cosa bastante curiosa, que el autor responsable de una revolución tan grande no solamente era un hombre muy honesto, sino también lo que suele llamarse un hombre bien pensante, muy apegado a la religión y a todo lo que tradicionalmente es objeto de respeto. Pero las páginas verdaderamente apreciables del libro son aquellas en donde Planck, ingenuamente y sin pensarlo, hace determinadas confesiones que ofrecen singulares aclaraciones sobre el misterioso proceso de elaboración de la ciencia y destruyen por completo el lugar común, a menudo repetido con énfasis por el mismo Planck, según el cual la ciencia sería algo universal que planea por encima de los científicos de todos los tiempos y de todos los países.

He aquí algunos extractos de esas páginas: “Contrariamente a lo que se sostiene de buen grado en determinados ámbitos de la física, no es cierto que para la elaboración de una hipótesis solamente se puedan utilizar nociones cuyo sentido pueda ser definido por mediciones, independientemente de toda teoría…No hay absolutamente ninguna magnitud que pueda ser medida directamente. Por el contrario, una medición no adquiere su sentido físico sino en virtud de una interpretación que es obra de la teoría… Aún en los casos de las mediciones más directas y más exactas, por ejemplo las del peso o la intensidad de una corriente, los resultados no pueden ser utilizables sino después de haber sufrido numerosas correcciones cuyo cálculo es deducido de una hipótesis”.

Las siguientes formulaciones son aún más reveladoras: “El creador de una hipótesis dispone de posibilidades prácticamente ilimitadas, y está tan poco ligado al funcionamiento de los órganos de sus sentidos como lo está al de los instrumentos que emplea… Incluso podemos decir que crea una geometría con su fantasía. Con instrumentos de una exactitud ideal… puede realizar en el pensamiento las mediciones más delicadas y extraer de sus resultados las conclusiones más generales; tales conclusiones, al menos directamente, no tienen nada que ver con las mediciones verdaderas. Por tal motivo asimismo es que nunca unas mediciones podrán confirmar o invalidar directamente una hipótesis; solamente podrán poner de relieve su mayor o menor conveniencia”.

Pero lo mejor es lo siguiente: “Las grandes ideas científicas no suelen conquistar el mundo debido a que sus adversarios terminen adoptándolas poco a poco y terminen convenciéndose de su verdad… Lo que sucede con más frecuencia es que los adversarios de una idea nueva terminan muriéndose y la generación siguiente ya se ha acostumbrado a ella”. Así, las teorías científicas desaparecen a la manera de las modas masculinas en el siglo XVII: los trajes de estilo Luis XIII desaparecieron cuando murieron los últimos ancianos que habían sido jóvenes bajo Luis XIII.

Quien haya reflexionado acerca de estas aserciones no dirá nunca: “La Ciencia afirma que…”. La Ciencia es muda, quienes hablan son los científicos. Ciertamente, lo que dicen no es independiente de la época, puesto que, según admite Planck, los partidarios de tal o cual manera de ver se  callan en el preciso momento en que la muerte les impone silencio. En cuanto a los lugares, es verdad que los científicos pertenecen a diferentes países. Pero los viajes, la correspondencia, las comunicaciones en nuestros días son tan fáciles y tan rápidas en tiempos de paz que los científicos de una misma especialidad, aunque dispersos a través del globo terrestre, conforman una aldea minúscula donde todo el mundo se conoce, donde se está al tanto de la vida privada de cada uno, donde circulan incesantemente anécdotas que en otros ámbitos se llamarían chismes. En las ciudades donde se encuentran varios de ellos, se ven siempre, salvo que estén peleados, y también sus mujeres se frecuentan entre ellas. Esa aldea es cerrada; no es posible entrar desde el exterior. Aunque hayamos estudiado por veinte años los libros de los científicos, si uno mismo no es un científico de profesión, uno sigue siendo un profano con respecto a la ciencia; y las opiniones de los profanos no tienen ninguna validez dentro de la aldea, nadie les presta la menor atención, excepto para tomar prestadas a veces algunas fórmulas que entretienen y agradan. Un lector culto, un artista, un filósofo, un campesino, un polinesio están todos en el mismo nivel, es decir, absolutamente afuera de la ciencia, y los mismos científicos están excluidos también de todas las especialidades diferentes de las suyas.

Rara vez se sale de la aldea; muchos científicos, dejando aparte su especialidad, son obtusos y poco cultivados, o bien, cuando se interesan en algo más allá de su trabajo científico, es muy raro que pongan ese interés mentalmente en relación con el que dirigen a la ciencia. Los habitantes de la aldea son afectos al estudio, brillantes, excepcionalmente dotados; pero hasta una edad en que la mente y el carácter se han formado en gran parte, en la escuela son como los demás y se alimentan de manuales mediocres. Nadie se dedicó nunca particularmente a desarrollar su espíritu crítico. En ningún momento de sus vidas se los prepara especialmente para situar el puro amor a la verdad por encima de los otros intereses; ningún mecanismo de eliminación establece como condición de ingreso a la aldea una disposición natural en ese sentido. Hay mecanismos de eliminación, entre los cuales están los exámenes y concursos, pero no apuntan a la intensidad o a la pureza del amor hacia la verdad. Ese amor, el gusto por la exactitud y el trabajo bien hecho, el deseo de que se hable de uno, la avidez de dinero, de consideración, de reputación, de honores y títulos, las antipatías, los celos, las amistades, todos esos intereses y otros más se mezclan entre los habitantes de la aldea, como entre todos los hombres, en proporción variable. Esa aldea, como todas las demás aldeas, está formada por una humanidad media, con algunas diferenciaciones hacia arriba y hacia abajo. Pero tiene rasgos singulares, como el hecho de ser periódicamente trastocada por los cambios de la moda; aproximadamente cada diez años una nueva generación se entusiasma por nuevas opiniones. Como en otros sitios, la lucha de las generaciones y de las personas produce en cada momento una opinión media. No es otra cosa el estado de la ciencia en un momento determinado; es la opinión media en la aldea de los científicos. Ciertamente, dicha opinión se basa en experiencias; pero siempre se trata de experiencias realizadas dentro de la aldea sin ningún control externo, con aparatos costosos y complejos que sólo allí se encuentran; experiencias preparadas, reiniciadas, rectificadas sólo por los habitantes de la aldea, y sobre todo interpretadas solamente por ellos, con una libertad cuyo alcance permiten medir las frases de Planck anteriormente citadas. Por lo tanto, no es verdad que la ciencia sea un especie de oráculo sobrenatural, una fuente de sentencias diferentes, por cierto, de año en año, pero necesariamente cada vez más sabias. Puesto que así es como por lo común se la imagina actualmente, y la embriaguez que sentimos al exclamar: “La Ciencia dice que…” ni siquiera es mitigada por la certeza de que ya no lo dirá dentro de cinco años. Se diría –en este aspecto como en muchos otros— que para nosotros la actualidad tiene un valor de eternidad. El mismo Valéry más de una vez habló de la ciencia siguiendo la superstición común. En cuanto a los científicos, por supuesto, son los primeros en hacer pasar sus opiniones como si fueran sentencias de las que ellos no serían responsables, de las que no tendrían que dar cuenta, emanadas de un oráculo. Tal pretensión no es tolerable porque no es legítima. No hay ningún oráculo, sino solamente las opiniones de los científicos, que son hombres. Afirman lo que creen tener que afirmar, en lo cual tienen razón, pero ellos mismos son los autores responsables de todo lo que afirman y deben dar cuenta de ello. Como no dan cuenta de ello, se equivocan, y se equivocan en primer lugar sobre sí mismos, porque tampoco se dan cuenta ellos mismos.

Ante todo, deben dar cuenta de su ruptura con la ciencia clásica. No porque sea una desgracia. La ciencia clásica, tras llegar a su apogeo y suponerse capaz de explicar cualquier cosa sin excepción, se había vuelto intelectualmente irrespirable, y por tal motivo Bergson, Einstein, todos aquellos que perforaron violentamente ese recinto cerrado fueron saludados como liberadores. Por otra parte, las nociones primarias de la ciencia clásica, inercia, movimiento uniforme, fuerza, aceleración, energía cinética, trabajo, resultan oscuras apenas se las examina con atención. ¿No es extraño que el movimiento rectilíneo uniforme, el más simple de todos los movimientos en virtud del principio de inercia, no pueda ser medido en cuanto al tiempo sino por el movimiento diurno de las estrellas, es decir, un movimiento circular, y no pueda ser representado sino con el ejemplo de una bola que rueda sobre un plano, un movimiento que implica una rotación? ¿No es extraño que ese movimiento, que se realiza sin la intervención de ninguna fuerza, contenga una energía? ¿No es curioso que la noción de trabajo, tomada de la experiencia humana, se defina de tal manera que un hombre que lleva cincuenta kilos durante diez kilómetros no realiza ningún trabajo? ¿Y que cuando dos cuerpos idénticos atraviesan la misma distancia rectilínea en el mismo tiempo haya trabajo en un caso y no en el otro,  cuando el movimiento de uno es uniforme y no el del otro? Podríamos encontrar muchas otras peculiaridades.

Pero lo más grave es que la ciencia clásica pretendió resolver las contradicciones, o más bien las correlaciones de contrarios, que forman parte de la condición humana y de las cuales no le está permitido al hombre librarse. La ciencia creyó lograrlo suprimiendo uno de los términos. Por ejemplo, lo continuo y lo discontinuo nos son dados; pensamos el espacio y el número; no podemos pasar de un lado al otro de un río sin cruzarlo y no conocemos un término medio entre el hierro y el oro. La física clásica quiso suprimir lo discontinuo; era necesario que se quebrara, y en su mismo centro, en su rama principal, en el estudio de la misma noción de energía que debía servir para tal supresión, vale decir, en la termodinámica. No concebimos claramente más que transformaciones susceptibles de reproducirse en sentido contrario y sin embargo estamos sometidos a un tiempo cuyo transcurso es irreparable; envejecemos, morimos, la ceniza no vuelve a ser madera, la herrumbre no se convierte en hierro, y en general las cosas destruidas fácil y rápidamente son o bien imposibles, o bien difíciles y costosas de reconstruir o reemplazar. El intento de explicar un mundo hecho así mediante un mundo de átomos sometidos sólo a la energía mecánica, que  no implica ninguna irreversibilidad, debía resultar imposible. La ciencia clásica quiso tener en cuenta solamente la ciega necesidad y abolir por completo la noción de orden, que reapareció bajo el ropaje de la probabilidad de la que se sirvió Boltzmann para pasar de lo reversible a lo irreversible; porque mirando la cuestión de cerca, no es posible definir la poca probabilidad más que por un orden. Dentro de la doble relación que subordina el conjunto a las partes y las partes al conjunto, la ciencia clásica sólo quiso conservar lo primero, pues lo segundo, como la noción de orden, parecía manchado de finalismo; y actualmente la matemática, la física y la biología se orientan hacia el estudio de los conjuntos considerados como tales. En sí mismos, tales cambios son felices, porque las esperanzas de la ciencia clásica eran a la vez absurdas en impías. Absurdas porque no se puede esperar razonablemente dar cuenta de un mundo donde hallamos contrarios en correlación por medio de la supresión de un término de cada dos; aunque el otro fuera considerado una ilusión, aún habría que dar cuenta de esa ilusión y no es posible hacerlo por medio del término contrario; el hombre no puede suprimir ninguna de las nociones que le son dadas, solamente puede reubicarlas. E impías porque no le está permitido al hombre en la tierra librarse de las contradicciones, sino tan sólo hacer un buen uso de ellas; como lo sabía Platón, todo lo que la inteligencia humana puede representarse encierra contradicciones que son la palanca con la cual se eleva por encima de su ámbito natural.

Lo que constituye una desgracia no es el abandono de la ciencia clásica, sino la forma en que se la abandonó. Aquélla se creía erróneamente capaz de un progreso ilimitado, pero se topó con sus límites hacia 1900; los científicos, en lugar de detenerse con ella para contemplar esos límites y reflexionar, intentar describirlos, definirlos, dar cuenta de ellos y extraer visiones de conjunto, pasaron de largo en furioso impulso, dejando la ciencia clásica detrás de sí. ¿Qué tiene de sorprendente? ¿No les pagan para ir siempre hacia adelante? No se obtiene un avance, ni una reputación, ni un premio Nobel deteniéndose. Para detenerse voluntariamente, un científico brillantemente dotado necesitaría alguna clase de santidad o de heroísmo, ¿y por qué habría de ser un santo o un héroe? Los hombres de otras profesiones, salvo raras excepciones, tampoco lo son. Los científicos entonces corrieron hacia adelante sin revisar nada, pues toda revisión hubiese parecido un regreso hacia atrás; solamente agregaron cosas. Cuando se toparon con lo discontinuo, no renunciaron por ello a reducir todo  a variaciones de energía; simplemente pusieron la discontinuidad dentro de la misma energía, quitándole así toda significación, aunque sin embargo siguieron ubicándola en el centro de todo estudio bajo el efecto del impulso adquirido en el curso de los siglos anteriores. La dificultad de establecer un puente mediante la noción de probabilidad entre el mundo que nos es dado y el mundo hipotético y puramente mecánico de los átomos no los detuvo; las consecuencias de la teoría de los quanta, que tiene su fuente en el estudio de la probabilidad, los condujo a situar la probabilidad dentro de los mismos átomos. De modo que las trayectorias de las partículas atómicas ya no son necesarias, sino probables, y la necesidad no está en ninguna parte. Sin embargo, la probabilidad no puede definirse sino como una necesidad rigurosa donde ciertas condiciones son conocidas y otras son desconocidas; la noción de probabilidad no tiene ningún sentido separada de la noción de necesidad. La probabilidad así separada no es más que el resumen de las estadísticas, y la misma estadística no se justifica con nada, excepto por su utilidad práctica; se les da la razón a mil hechos contra un hecho, por una especie de trasposición del sufragio o del plebiscito. Ya no queda entonces más que la experiencia en bruto, aun cuando la ciencia, como todo esfuerzo de pensamiento, consista en interpretar la experiencia. Por lo demás, nunca se ha interpretado tanto como actualmente; nunca se han hecho tantas hipótesis; nunca se ha permitido hacerlas con tanta licencia.

Por extraña que pueda parecer actualmente la expresión de una incertidumbre así, resulta dudoso que los científicos puedan seguir avanzando por mucho tiempo en tales condiciones. Pues ya no tienen casi nada que los controle en los derroteros de sus pensamientos. No tienen más que el álgebra, que solamente controla algo como puede hacerlo un mero instrumento al que uno se adapta para manejarlo, y que es un instrumento muy flexible. Es erróneo creer que la experiencia humana puede servir para ello, porque todo pensamiento humano, incluyendo las creencias que nos parecen más absurdas, tienen la experiencia por objeto y encuentra en ella una base y una confirmación. El prestigio de los hechiceros se basa en la experiencia; una creencia no verificada experimentalmente no resulta viable en ningún ámbito humano. Todo pensamiento es un esfuerzo de interpretación de la experiencia, interpretación para la cual la experiencia no suministra un modelo, ni una regla, ni un criterio; allí se encuentran los datos de los problemas, pero no la manera de resolverlos ni tampoco de formularlos. Como todos los demás, dicho esfuerzo necesita estar orientado hacia algo; cuando el hombre no va hacia alguna parte, se queda inmóvil. No puede prescindir de valoraciones. Con respecto a cualquier estudio histórico, el valor se denomina verdad. Los hombres hechos de carne y sobre la tierra no pueden tener sin duda una representación de la verdad que no sea defectuosa, pero les hace falta una: imagen imperfecta de la verdad no representable que hemos visto, como dijo Platón, del otro lado del cielo.

Los científicos del período clásico tenían una representación de la verdad científica ciertamente muy defectuosa, pero tenían una; y los actuales no tienen en mente ninguna cosa, aunque sea vaga, remota, arbitraria, imposible, hacia la cual remitirse y llamarla verdad.  Con mayor razón, no tienen la imagen de un camino que llevaría a ella y con el cual comparar cada paso de su pensamiento para controlarlo. Todavía están empujados por el impulso de las generaciones anteriores y por una velocidad adquirida siguen direcciones que hoy no responden más a nada; pero ese impulso se agotará. La licencia es algo embriagador y estamos borrachos de ella en todos los ámbitos, pero la licencia absoluta frena mucho más seguramente que cualquier cadena. Hay que prever entonces que en un tiempo bastante próximo, tal vez dos o tres generaciones, tal vez menos, los científicos se detendrán.

Hay que preverlo, pero no temerlo. ¿Por qué desearíamos para la ciencia un progreso sin obstáculos? No tenemos ninguna dicha que esperar del desarrollo de la técnica, mientras no sepamos impedirles a los hombres que empleen la técnica para la dominación de sus semejantes y no de la materia; en cuanto a nuestros conocimientos, el progreso científico no puede añadirles nada, puesto que se reconoce actualmente que los profanos no pueden comprender nada de la ciencia y que los mismos científicos son profanos fuera de su ámbito especializado. Tal vez una detención forzosa haga que los científicos realicen un trabajo de recapitulación y de revisión, que constituyan una axiomática de la físico-química según el modelo inmortal de Arquímedes; no para fabricar una coherencia artificial, sino para hacer honestamente el balance de los axiomas, los postulados, las definiciones, las hipótesis, los principios, sin omitir los que están implicados dentro de la misma técnica experimental, por ejemplo en el uso de la balanza. Semejante labor tal vez hiciera de la ciencia un conocimiento, dejando que aparezcan claramente las dificultades, las contradicciones, las imposibilidades, que actualmente se apuran en disimular en forma de soluciones detrás de las cuales la inteligencia ya no puede percibir nada. Pero habría que empezar pronto con este trabajo. De otro modo, la detención de la ciencia puede provocar no una renovación, sino la desaparición del espíritu científico del globo terrestre por varios siglos, como sucedió cuando el imperio romano eliminó la ciencia griega.

Algo infinitamente más valioso que la misma ciencia está comprometido en esta crisis, y es la noción de verdad, que el siglo XVIII y sobre todo el XIX vincularon muy estrechamente con la ciencia; erróneamente, pero hemos conservado esa costumbre. La desaparición de la verdad científica ha hecho desaparecer para nosotros a la verdad en sí misma, pues estábamos habituados a tomar una por la otra. Apenas desaparece la verdad, de inmediato la utilidad ocupa su lugar, porque el hombre siempre dirige su esfuerzo hacia algún bien. Pero la inteligencia ya no tiene entonces la aptitud para definir ni para juzgar dicha utilidad, solamente tiene licencia para servirla. De árbitro se ha vuelto sierva y los deseos le dan órdenes. Además, la opinión pública se vuelve dueña y soberana de los pensamientos en lugar de la conciencia, porque el hombre siempre somete sus pensamientos a un control superior, ya sea en valor, ya sea en poder. Allí estamos en la actualidad. Todo ha virado hacia lo útil sin que sepamos definirlo; la opinión pública reina soberanamente, tanto en la aldea de los científicos como en las grandes naciones. Hemos como vuelto a la época de Protágoras y de los sofistas, la época en que el arte de persuadir, cuyo equivalente moderno constituyen los eslóganes, la publicidad, la propaganda por medio de reuniones públicas, diarios, cine, radio, ocupaba el lugar del pensamiento, decidía la suerte de las ciudades, realizaba los golpes de Estado. De modo que el libro IX de la República de Platón pareciera describir los hechos contemporáneos. Pero hoy no es Grecia, sino el planeta entero lo que está en juego. Y nos faltan Sócrates, Platón, Eudoxo, la tradición pitagórica, la enseñanza de los Misterios. Tenemos la tradición cristiana, pero no puede hacer nada por nosotros mientras no haya vuelto a estar viva en nosotros.

Ya hace mucho tiempo, en todos los ámbitos sin excepción, los custodios titulares de los valores espirituales los habían dejado degradarse, por sus propias carencias y sin ninguna coerción externa. Una especie de temor nos impide reconocerlo, como si así corriéramos el riesgo de afectar a esos mismos valores; pero lejos de ello, en el período quizá más largo de dolor y de humillación en que estamos sumidos, sólo podemos recuperar alguna vez lo que nos falta si sentimos con toda nuestra alma hasta qué punto hemos merecido nuestra suerte. Vemos que la fuerza de las armas sojuzga cada vez más a la inteligencia, y que hoy el sufrimiento hace perceptible para todos ese sometimiento; pero la inteligencia ya se había rebajado al estado de servidumbre antes de que hubiera nadie a quien obedecer. Si alguien va exponerse como esclavo en el mercado, ¿qué tiene de sorprendente que encuentre un amo?

La tormenta que nos envuelve ha desarraigado los valores, deshizo su jerarquía y los puso a todos en cuestión  para pesarlos en la balanza siempre falsa de la fuerza. Al menos nosotros, durante este tiempo, pongámoslo también a todos en cuestión, cada uno de nosotros por su cuenta, pesémoslo en nosotros mismos con el silencio de la atención, y anhelemos que nos sea concedido hacer de nuestra conciencia una balanza justa.

 

[1] Max Planck, Initiations à la physique, Flammarion, 1941. No podemos dejar de señalar aquí ciertos descuidos en la edición: no se indica ninguna fecha y las fórmulas algebraicas en las notas están colmadas de erratas. (Nota de S.W.)

 

(Simone Weil, en Sobre la ciencia, El cuenco de plata, 2006.)

 


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“La Persona y lo Sagrado” por Simone Weil

diciembre 5, 2009

LA PERSONA Y LO SAGRADO

COLECTIVIDAD—PERSONA—IMPERSONAL

DERECHO—JUSTICIA

“Usted no me interesa”. Esta es una frase que un hombre no puede dirigir a otro hombre sin cometer crueldad y herir la justicia.

“Su persona no me interesa”. Esta frase puede tener lugar en una conversación afectuosa entre amigos próximos, sin herir lo que de más delicadamente receloso hay en la amistad.

Por lo mismo diremos sin rebajarnos: “Mi persona no cuenta”, pero no: “Yo no cuento”.

Es la prueba de que el vocabulario de la moderna corriente de pensamiento llamada personalismo en erróneo. Y en este dominio, donde hay un error grave de vocabulario, es difícil que no haya error grave de pensamiento.

En cada hombre hay algo sagrado. Pero no es su persona. Tampoco es la persona humana. Es él, ese hombre, simplemente.

Ahí va un transeúnte por la calle, tiene los brazos largos, los ojos azules, un espíritu por los que pasan pensamientos que ignoro, pero que quizá sean mediocres.

Ni su persona, ni la persona humana en él, es lo que para mí es sagrado. Es él. Él por entero. Los brazos, los ojos, los pensamientos, todo. No atentaré contra ninguna de esas cosas sin escrúpulos infinitos.

Si la persona humana fuera en él lo que hay de sagrada para mí, podría fácilmente sacarle los ojos. Una vez ciego, sería una persona humana exactamente igual que antes. No habría tocado en absoluto la persona humana en él. Solo habría destrozado sus ojos.

Es imposible definir el respeto a la persona humana. No solo es imposible de definir con palabras. Muchas nociones luminosas están en el mismo caso. Pero esta noción tampoco puede ser concebida; no puede ser definida, delimitada mediante una operación muda del pensamiento.

Tomar como regla de la moral pública una noción imposible de definir y de concebir es dar paso a toda clase de tiranía.

La noción de derecho, lanzada a través del mundo en 1789, ha sido, a causa de su insuficiencia interna, impotente para ejercer la función que se le confiaba.

Amalgamar dos nociones insuficientes, hablando de los derechos de la persona humana, tampoco nos llevará muy lejos.

¿Qué es lo que exactamente me impide sacarle los ojos a ese hombre, si tengo licencia para ello y además me divierte?

Aun cuando me resulte enteramente sagrado, no me resulta sagrado bajo cualquier tipo de relación, bajo cualquier circunstancia. No me resulta sagrado en tanto sus brazos son largos, en tanto sus ojos son azules, en tanto sus pensamientos son mediocres. Tampoco, si fuera duque, en tanto duque. Tampoco, si fuera trapero, en tanto trapero. Ninguna de todas esas cosas retendría mi mano.

Lo que la retendría es saber que si alguien le saca los ojos, se le desgarraría el alma al pensar que se le hace daño.

Desde la más tierna infancia y hasta la tumba hay, en el fondo del corazón de todo ser humano, algo que, a pesar de toda la experiencia de los crímenes cometidos, sufridos y observados, espera invenciblemente que se le haga el bien y no el mal. Ante todo es eso lo que es sagrado en cualquier ser humano.

El bien es la única fuente de lo sagrado. Únicamente es sagrado el bien y lo que está relacionado con el bien.

Esa parte profunda, infantil, del corazón, que espera siempre el bien, no es la que está en juego en la reivindicación. El niño que vigila celosamente si a su hermano le han dado un trozo de pastel un poco más grande que a él cede a un móvil que proviene de una parte mucho más superficial del alma. La palabra justicia tiene dos significados muy diferentes, que tienen relación con esas dos partes del alma. Solo la primera importa.

Cada vez que surge, desde el fondo del corazón humano, el lamento infantil que Cristo mismo no pudo contener: “¿Por qué se me hace daño?”, hay ciertamente injusticia. Pues si, tal como sucede a menudo, tan solo es el efecto de un error, entonces la injusticia consiste en la insuficiencia de la explicación.

Los que inflingen los golpes que provocan ese grito ceden a móviles diferentes según caracteres y momentos. Algunos encuentran, en algunos momentos, voluptuosidad en ese grito. Muchos ignoran que ha sido proferido. Pues se trata de un grito silencioso que suena solamente en el secreto del corazón.

Estos dos estados del espíritu se encuentran mucho más cercanos de lo que pudiera parecer. El segundo es tan sólo un modo debilitado del primero. Complace mantener esa ignorancia porque halaga y porque contiene también voluptuosidad. No existen más límites a nuestras voluntades que las necesidades de la materia y la existencia de los demás seres humanos alrededor nuestro. Cualquier ampliación imaginaria de esos límites es voluptuosa, y así hay voluptuosidad en todo lo que hace olvidar la realidad de los obstáculos. Esa es la razón que explica que los grandes cataclismos, como la guerra y la guerra civil, que vacían las existencias humanas de realidad y parecen hacer de ellas marionetas, son tan embriagadores. Asimismo es la razón de que la esclavitud sea tan agradable a los amos.

En los que han sufrido demasiados golpes, como los esclavos, esa parte del corazón a la que el mal infligido hace gritar de sorpresa parece muerta. Pero jamás lo está del todo. Tan sólo ya no puede gritar. Se mantiene en un estado de gemido sordo en ininterrumpido.

Pero incluso en quienes el poder del grito está intacto, ese grito no consigue expresarse hacia dentro ni hacia fuera con palabras seguidas. Lo que sucede a menudo es que las palabras que intentan traducirlo suenan completamente falsas.

Ello es tanto más inevitable cuanto que aquellos que más a menudo tienen ocasión de sentir que se les hace un daño son los que menos saben hablar. Nada más horroroso, por ejemplo, que ver en un tribunal a un desgraciado balbucear ante un magistrado que lanza ocurrencias graciosas en un lenguaje elegante.

A excepción de la inteligencia, la única facultad humana verdaderamente interesada en la libertad pública de expresión es esa parte del corazón que grita contra el mal. Pero como no sabe expresarse, la libertad es poca cosa para ella. Primero se requiere que la educación pública sea tal que le proporcione, en la mayor medida posible, medios de expresión. Después se requiere un régimen, para la expresión pública de las opiniones, que esté menos definido por la libertad que por una atmósfera de silencio y de atención en la que ese grito débil y torpe pueda hacerse oír. Finalmente se requiere un sistema de instituciones que, en la mayor medida posible, ponga en las funciones de mando a los hombres capaces y deseosos de oírlo y entenderlo.

Está claro que un partido ocupado en la conquista o la conservación del poder del gobierno tan solo discierne, en esos gritos ruido. Reaccionará de manera diferente si ese grito molesta el de su propia propaganda o por el contrario lo refuerza. Pero en ningún caso es capaz de una atención tierna y adivinadora que pudiera discernir su significado.

Lo mismo puede decirse, aunque en grado menor, de las organizaciones que por contagio imitan a los partidos, esto es, en la vida pública dominada por el juego de los partidos, de todas las organizaciones, incluidos, por ejemplo, los sindicatos y también las iglesias.

Por supuesto que los partidos y organizaciones similares son igualmente ajenos a los escrúpulos de la inteligencia.

Cuando la libertad de expresión se circunscribe de hecho a la libertad de propaganda para las organizaciones de ese tipo, las únicas partes del alma humana que merecen expresarse no son libres como para hacerlo. O bien lo son en un grado infinitesimal, apenas algo más que en el sistema totalitario.

Ahora bien, así sucede en una democracia en la que el juego de los partidos regula la distribución del poder, es decir, en lo que nosotros, franceses, hemos llamado hasta ahora democracia. Pues no conocemos otra. Es por tanto preciso inventar otra cosa.

El mismo criterio, aplicado de manera análoga a cualquier institución pública, puede conducir a conclusiones igualmente manifiestas.

La persona no es lo que proporciona este criterio. El grito de dolorosa sorpresa que infligir un mal suscita en el fondo del alma no es algo personal. No basta atentar contra la persona y sus deseos para hacerlo brotar. Brota siempre a causa de la sensación de un contacto con la injusticia a través del dolor. Constituye siempre, tanto en el último de los hombres como en Cristo, una protesta impersonal.

Muy a menudo también se alzan gritos de protesta personal, pero estos no tienen importancia; se puede provocar tantos como se quiera sin violar nada sagrado.

Lo que es sagrado, lejos de ser la persona, es lo que en un ser humano es impersonal.

Todo lo que en un hombre es impersonal es sagrado, y solo eso.

En nuestra época, en la que los escritores y los científicos han usurpado de manera un tanto extraña el lugar de los sacerdotes, el público reconoce, con una complacencia que no está de ningún modo fundada en la razón, que las facultades artísticas y científicas son sagradas. Generalmente se considera que esto es evidente, aunque está lejos de serlo. Cuando se piensa que hay que dar un motivo, se alega que el juego de esas facultades se encuentra entre las formas más altas de realización de la persona humana.

A menudo, en efecto, solo es eso. En ese caso, es fácil darse cuenta de lo que vale y de lo que ocasiona.

Ocasiona actitudes hacia la vida tales como aquella, tan común en nuestro siglo, expresada en la horrible frase de Blake: “Más vale ahogar a un bebé en su cuna que conservar en sí un deseo no satisfecho”. O tales como aquella que dio a la luz la concepción del acto gratuito. Ocasiona una ciencia en la que se reconocen todas las especies posibles de normas, de criterios y de valores, excepto la verdad.

El canto gregoriano, las iglesias románicas, la Ilíada, la invención de la geometría no fueron ocasiones de realización para los seres a través de los cuales esas cosas pasaron hasta llegar a nosotros.

La ciencia, el arte, la literatura, la filosofía, que tan solo son formas de realización de la persona, constituyen un dominio en el que se llevan a cabo logros espectaculares, gloriosos, que hacen vivir algunos nombres durante miles de años. Pero por encima de ese dominio, separado de él como por un abismo, existe otro en el que están situadas las cosas de primer orden. Esas son esencialmente anónimas.

Es puro azar que el nombre de los que allí han penetrado se conserve o se haya perdido; incluso cuando se ha conservado, han entrado en el anonimato. Su persona ha desaparecido.

La verdad y la belleza habitan ese dominio de las cosas impersonales y anónimas. El él el que es sagrado. El otro no lo es, o si lo es, es solo como podría serlo una mancha de color que, en un cuadro, representara una hostia.

Lo que es sagrado en la ciencia es la verdad. Lo que es sagrado en el arte es la belleza. La verdad y la belleza son impersonales. Todo esto es demasiado evidente.

Si un niño hace una suma, y si se equivoca, el error lleva la marca de su persona. Si procede de manera perfectamente correcta está ausente de toda la operación.

La perfección es impersonal. La persona en nosotros es la parte del error y del pecado en nosotros. Todo el esfuerzo de los místicos se ha dirigido siempre a obtener que deje de existir en su alma alguna parte que diga “yo”.

Pero la parte del alma que dice “nosotros” es aún más peligrosa.

El tránsito a lo impersonal sólo se opera mediante una atención de una cualidad rara y que solo es posible en la soledad. No solo la soledad de hecho, sin la soledad moral. No se lleva a cabo jamás en quien se piensa a sí mismo como miembro de una colectividad, como parte de un “nosotros”.

Los hombres en colectividad no tienen acceso a lo impersonal, ni siquiera en sus formas inferiores. Un grupo de seres humanos ni siquiera puede hacer una suma. Una suma se opera en un espíritu que olvida momentáneamente que existe algún otro espíritu.

Lo personal se opone a lo impersonal, pero existe un tránsito de lo uno a lo otro. No hay tránsito de lo colectivo a lo impersonal. Es preciso que primero se disuelva una colectividad en personas separadas para que la entrada a lo impersonal sea posible.

Solamente en este sentido la persona participa algo más de lo sagrado que la colectividad.

No solo la colectividad es ajena a lo sagrado, sino que desorienta proporcionando una falsa imitación.

El error que atribuye a una colectividad un carácter sagrado es idolatría; en cualquier tiempo, en cualquier país, es el crimen más extendido. Aquel a cuyos ojos tan solo cuenta la realización de la persona ha perdido completamente el sentido mismo de lo sagrado. Es difícil saber cuál de los dos errores es el peor. A menudo se combinan en el mismo espíritu en dosis diversas. Peor el segundo error tiene bastante menos energía y duración que el primero.

Desde un punto de vista espiritual, la lucha entre la Alemania de 1940 y la Francia de 1940 era principalmente una lucha no entre la barbarie y la civilización, no entre el mal y el bien, sino entre el primer y segundo error. La victoria del primero no sorprende; el primero es en sí mismo más fuerte.

La subordinación de la persona a la colectividad no es un escándalo; es un hecho del orden de los hechos mecánicos, como la del gramo al kilogramo sobre una balanza. La persona es de hecho mucho más sumisa con la colectividad, incluso en cuanto a lo que se llama su realización.

Por ejemplo, son precisamente los artistas y escritores que están más inclinados a mirar su arte como realización de su persona los que de hecho están más sometidos a los gustos del público. Hugo no encontraba ninguna dificultad en conciliar el culto de sí y el papel de “eco sonoro”. Ejemplos como Wilde, Gide o los surrealistas todavía son más claros. Los científicos situados en ese mismo nivel son asimismo serviles con la moda, es más poderosa sobre la ciencia que sobre la forma de los sombreros. La opinión colectiva de los especialistas es casi soberana sobre cada uno de ellos.

Siendo como es la persona, sumisa de hecho y por la naturaleza de las cosas a lo colectivo, no existe derecho natural con respecto a ella.

Se dice con razón que la antigüedad no tenía noción del respeto debido a la persona. Pensaba con demasiada claridad como para adoptar una concepción tan confusa.

El ser humano no escapa a lo colectivo más que elevándose por encima de lo personal para penetrar en lo impersonal. En ese momento hay algo en él, una parcela de su alma, sobre la que nada de lo colectivo puede ejercer su influencia. Si puede enraizarse en el bien impersonal, es decir, si puede llegar a ser capaz de extraer de ello una energía, entonces todas las veces que piense que es su obligación, podrá dirigir contra cualquier colectividad una fuerza ciertamente pequeña pero real, sin apoyarse en ninguna otra cosa.

Hay ocasiones en las que una fuerza casi infinitesimal es decisiva. Una colectividad es mucho más fuerte que un hombre solo; pero para existir, toda colectividad necesita operaciones, entre las cuales la es suma es el ejemplo elemental, que solo se llevan a cabo en un espíritu en estado de soledad.

Esta necesidad hace posible una influencia de lo impersonal sobre lo colectivo, si tan solo se supiera estudiar un método para usarla.

Cada uno de los que han penetrado en el dominio de lo impersonal encuentra allí una responsabilidad respecto a todos los seres humanos. La de proteger en ellos no la persona, sino todo lo que de frágiles posibilidades de tránsito a lo impersonal encierra la persona.

Es a esos, en primer lugar, a los que debe dirigirse la llamada al respeto hacia el carácter sagrado de los seres humanos. Pues para que una llamada tal exista, es preciso que se dirija a seres susceptibles de oírla.

Resulta inútil explicarle a una colectividad que en cada una de las unidades que la componen hay algo que no debe violar. En primer lugar una colectividad no es alguien a no ser por ficción; no tiene existencia a no ser abstracta; hablarle es una operación ficticia. Y después, si fuera alguien, sería alguien que solo estaría dispuesto a respetarse a sí mismo.

Además, el peligro más grande no es la tendencia de lo colectivo a comprimir a la persona, sino la tendencia de la persona a precipitarse, a ahogarse en lo colectivo. O quizá el primer peligro no es sino el aspecto aparente y engañoso del segundo.

Si es inútil decirle a la colectividad que la persona es sagrada, igualmente es inútil decirle a la persona que ella misma es sagrada. No puede creerlo. No se siente sagrada. La causa que impide que la persona se sienta sagrada es que, efectivamente, no lo es.

Si hay seres cuya conciencia ofrece otro testimonio, a quienes su propia persona les da un cierto sentimiento de lo sagrado que creen poder, por generalización, atribuir a cualquier persona, son víctimas de una ilusión doble.

Lo que experimentan no es el sentimiento de lo sagrado auténtico sino esa falsa imitación que produce lo colectivo. Si lo experimentan en cuanto a su propia persona es porque su persona forma parte del prestigio colectivo de la consideración social en la que ella se asienta.

De esta manera, por error, creen poder generalizar. Aun cuando esta generalización errónea proceda de un movimiento generoso, no puede tener bastante virtud como para que a sus ojos la materia humana anónima cese realmente de ser materia humana anónima. Pero es difícil que tengan la ocasión de darse cuenta, pues no mantiene ningún contacto con ella.

En el hombre, la persona es algo desamparado, que tiene frío, que corre buscando refugio y calor.

Eso lo ignoran aquellos para quienes está—o espera estar—cálidamente envuelta de consideración social.

Esa es la razón de que la filosofía personalista haya nacido y se haya extendido no en medios populares sino entre los escritores que, debido a su profesión,  poseen o esperan adquirir un nombre y una reputación.

Las relaciones entre la colectividad y la persona deben ser establecidas con el único objetivo de apartar lo que es susceptible de impedir el crecimiento y la germinación misteriosa de la parte impersonal del alma.

Para ello, es preciso que alrededor de cada persona haya espacio, un grado libre de disposición del tiempo, posibilidades para el tránsito hacia grados de atención cada vez más elevados, soledad, silencio. Igualmente, es preciso que esté en ambiente cálido, para que el desamparo no la constriña a ahogarse en lo colectivo.

Si tal es el bien, parece difícil ir mucho más lejos, en el sentido del mal, de lo que ya ha ido la sociedad moderna, democrática. Sobre todo, una fábrica moderna no está quizá tan lejos del límite del horror. Allí a todo ser humano se le hostiga continuamente, voluntades ajenas lo molestan, y al mismo tiempo el alma está en el frío, el desamparo y el abandono. El hombre precisa un silencio cálido, y se le da un tumulto glacial.

El trabajo físico, aun siendo un esfuerzo, no es por sí mismo una degradación. No es arte; no es ciencia; pero es algo que posee un valor absolutamente igual al del arte y la ciencia. Pues procura una posibilidad igual para acceder a una forma impersonal de la atención.

Sacarle los ojos a Watteau adolescente y obligarle a empujar una rueda de molino no habría sido un crimen más grande que poner a atrabajar en cadena o pagarle a destajo a un muchachito que tuviera vocación para este tipo de trabajo. Lo único que sucede es que esta vocación, en contra de la del pintor, no es discernible.

Exactamente en la misma medida que el arte y la ciencia, aunque de manera diferente, el trabajo físico es un cierto contacto con la realidad, con la verdad, la belleza de este universo, y con la sabiduría eterna de su disposición.

Por ello envilecer el trabajo es un sacrilegio, exactamente en el sentido en que pisotear una hostia es un sacrilegio.

Si los que trabajan lo sintieran, si sintieran que, por el hecho de ser víctima, en cierto sentido también son los cómplices, su resistencia tomaría un impulso diferente del que les proporciona el pensamiento de su persona y de su derecho. No sería una reivindicación; sería un alzamiento de todo el ser por completo, feroz y desesperado, como el de una chica a quien se quisiera forzar a entrar en la prostitución; y al mismo tiempo sería un grito de esperanza surgido del fondo del corazón.

Ese sentimiento sí que habita en ellos, pero tan inarticulado que es indiscernible para ellos mismos. Los profesionales de la palabra son bastante incapaces de darle expresión.

Cuando se les habla de su propia suerte, generalmente se elige hablarles de salarios. Ellos, bajo la fatiga que los abruma y que convierte en dolor cualquier esfuerzo de atención, acogen con alivio la fácil claridad de las cifras.

De esta manera olvidan que el objeto con el que se comercia, del que se quejan que se les fuerce a venderlo a la baja, del que se les niega un precio justo, no es sino su alma.

Imaginemos que el diablo está comprando el alma de un desgraciado y que alguien, apiadándose del desgraciado, interviniera en el debate y le dijera al diablo: “Es vergonzoso que usted le ofrezca ese precio; el objeto vale por lo menos el doble”.

Esa farsa siniestra es la que ha representado el movimiento obrero, con sus sindicatos, sus partidos, sus intelectuales de izquierda.

Ese espíritu comercial ya estaba implícito en la noción de derecho que las gentes de 1789 tuvieron la imprudencia de poner en el centro de la llamada que quisieron gritar a la cara del mundo. Era, por adelantado, destruir su virtud.

La noción de derecho está vinculada a la de reaparto, intercambio, cantidad. Tiene algo de comercial. Evoca por sí misma el proceso, el alegato. El derecho sólo se sostiene mediante un tono de reivindicación; y cuando se adopta ese tono, es que la fuerza no está lejos, detrás de él, para confirmarlo, o sin eso es ridículo.

Hay cantidad de nociones, situadas todas ellas en la misma categoría, que son totalmente ajenas, por sí mismas, a lo sobrenatural y, sin embargo, están un poco por encima de la fuerza bruta. Todas ellas están relacionadas con las costumbres del animal colectivo, por emplear el lenguaje de Platón[1], cuando este conserva algunas huellas de una domesticación impuesta por la operación sobrenatural de la gracia. Cuando no reciben continuamente una renovación de existencia de una renovación de esa operación, cuando son tan solo supervivencias, se encuentran sujetas por necesidad al capricho del animal.

Las nociones de derecho, persona, democracia están en esta categoría. Bernanos tuvo el coraje de decir que la democracia no opone ninguna defensa frente a los dictadores. La persona está sometida por naturaleza a la colectividad. El derecho depende por naturaleza de la fuerza. Las mentiras y los errores que velan estas verdades son extremadamente peligrosos porque impiden recurrir a lo único que sustrae a la fuerza y que preserva de la fuerza; esto es otra fuerza, la que irradia el espíritu. La materia pesada solo es capaz de subir contra la gravedad en las plantas, mediante la energía del sol que el verde de las hojas ha capturado y que opera en la savia. La gravedad y la muerte se apoderarán progresiva, pero inexorablemente, de la planta privada de luz.

Entre esas mentiras se encuentra la del derecho natural, lanzada por el materialista siglo XVIII. No por Rousseau, que era un espíritu lúcido, poderoso y de inspiración verdaderamente cristiana, sino por Diderot y el círculo de la Enciclopedia.

La noción de derecho nos viene de Roma y, como todo lo que viene de la antigua Roma, que es la mujer llena de nombres de blasfemia a la que se refiere el Apocalipsis, es pagana y no bautizable. Los romanos, que comprendieron, como Hitler, que la fuerza solo consigue la plenitud de la eficacia revestida de algunas ideas, emplearon para ello la noción de derecho. Se presta a ello estupendamente. Se acusa a la Alemania moderna de despreciarla. Pero la utilizó hasta la saciedad en sus reivindicaciones de nación proletaria. Cierto es que a quienes subyuga no les reconoce más derecho que el de obedecer. La antigua Roma tampoco.

Alabar a la antigua Roma por habernos legado la noción de derecho es particularmente escandaloso. Ya que si se quiere examinar lo que en ella era esta noción en el momento de su aparición, para mejor discernir de qué clase es, podemos ver que la propiedad se definía por el derecho del uso y abuso. Y de hecho, la mayoría de las cosas sobre las que el propietario tenía derecho de uso y abuso eran seres humanos.

Los griegos no tenían la noción de derecho. No tenían palabras para expresarlo. Se contentaban con el nombre de la justicia.

Se trata de una singular confusión, la de asimilar la ley no escrita de Antígona al derecho natural. A los ojos de Creonte, en lo que hacía Antígona no había absolutamente nada natural. Juzgaba que estaba loca.

No somos nosotros los que podríamos decir que se equivocaba, nosotros que, en este momento, pensamos, hablamos y actuamos exactamente igual que él. Se puede verificar remitiéndose al texto.

Antígona le dice a Creonte: “No es Zeus el que ha publicado esa orden; no es la compañera de las divinidades del otro mundo, la Justicia, la que ha establecido semejantes leyes entre los hombres”. Creonte intenta convencerla de que sus órdenes eran justas; la acusa de haber ultrajado a uno de sus hermanos honrando al otro, ya que de esa manera el mismo honor le ha sido otorgado al impío y al fiel, al que ha muerto intentado destruir a su propia patria y al que ha muerto por defenderla.

Ella dice: “No obstante, el otro mundo pide leyes iguales”. Él objeta con sentido común: “Pero no hay reparto igual, ya se trate del valiente o del traidor”. A ella solo se le ocurre esta respuesta absurda: “¿Quién sabe si, en el otro mundo, eso es legítimo?”.

La observación de Creonte es totalmente razonable: “Pero jamás un enemigo, ni siquiera muerto, es una amigo”. Pero la pequeña necia responde: “He nacido para tomar parte no del odio sino del amor”.

A continuación Creonte, cada vez más razonable: “Entonces vete al otro mundo, y ya que tienes que amar, ama a los que allí permanecen”.

En efecto, ese era su verdadero puesto. Pues la ley no escrita a la que obedecía esta pequeña, lejos de tener nada que ver con el derecho o con algo natural, no era ni más ni menos que el amor extremo, absurdo, que llevó a Cristo hasta la cruz.

La Justicia, compañera de las divinidades del otro mundo, ordena ese exceso de amor. Ningún derecho lo ordenaría. El derecho no tiene vínculo directo con el amor.

Del mismo modo que la noción de derecho es ajena al espíritu griego, también lo es a la inspiración cristiana, allí donde es pura, no mezclada de herencia romana, o hebrea, o aristotélica. No es imaginable san Francisco de Asís hablando de derecho.

Si se le dice a alguien capaz de escuchar: “Lo que usted me hace no es justo”, se puede golpear y despertar, allí donde nace, al espíritu de atención y amor. No sucede lo mismo con palabras como: “Tengo derecho a…”, “usted no tiene derecho a…”; encierran una guerra latente y despiertan un espíritu de guerra. La noción de derecho, puesta en el centro de los conflictos sociales, hace imposible, desde todos los ángulos cualquier matiz de caridad.

Es imposible, cuando de ella se hace un uso casi exclusivo, permanecer con la vista fija sobre el verdadero problema. Un campesino, sobre el que presiona indiscretamente un comprador, en un mercado, para que le venda sus pollos a un precio moderado, puede muy bien responder: “Tengo derecho a quedarme con mis pollos, si no se me ofrece un precio lo suficientemente bueno”. Pero una jovencita, a la que por la fuerza se la intenta meter en un prostíbulo, no hablará de sus derechos. En tal situación, esa palabra parecería ridícula de tan insuficiente.

Por eso el drama social, que es análogo a la segunda situación, se ha presentado falsamente, por el uso de esa palabra, como análogo al primero.

El uso de la palabra ha hecho, de lo que habría tenido que ser un grito surgido del fondo de las entrañas, un agrio griterío de reivindicación, sin pureza ni eficacia.

La noción de derecho arrastra con ella, por el hecho mismo de su mediocridad,  la de persona, ya que el derecho tiene que ver con las cosas personales. Está situado en ese nivel.

Al añadir a la palabra derecho la de persona, lo que implica el derecho de la persona a eso que se nombra como realización, se haría un mal más grave si cabe. El grito de los oprimidos descendería todavía más abajo que el tono de reivindicación, adoptaría el de la envidia.

Pues la persona solo se realiza cuando el prestigio social la infla; su realización es un privilegio social. Esto no se les dice a las masas cuando se les habla de los derechos de la persona, se les dice lo contrario. Las masas no disponen de un poder de análisis suficiente como para reconocerlo claramente por sí mismas; pero lo sienten, su experiencia cotidiana les da la certeza de que es así.

Para las masas no puede ser un motivo de rechazar esa consigna. En nuestra época de inteligencia oscurecida no hay ninguna dificultad en reclamar para todos una parte igual en los privilegios, en las cosas que por esencia son privilegios. Es una especie de reivindicación a la vez absurda y baja: absurda, porque el privilegio por definición es desigual; baja, porque no vale como para ser deseado.

Pero la categoría de los hombres que formulan tanto reivindicaciones como cualquier otra cosa, que tienen el monopolio del lenguaje, es una categoría de privilegiados. No son ellos los que dirán que el privilegio no merece ser deseado. No lo piensan. Pero sobre todo sería indecente de su parte.

Muchas verdades indispensables y que salvarían a los hombres no se dicen por causas de este tipo; los que podrían decirlas no pueden formularlas, los que podrían formularlas no pueden decirlas. El remedio a este mal sería uno de los problemas urgentes de una verdadera política.

En una sociedad inestable los privilegiados tienen mala conciencia. Unos la esconden con aire desafiante y dicen a las masas: “Es del todo conveniente que no tengáis privilegios y yo sí”. Otros les dicen con benevolencia: “Reclamo para todos vosotros una parte igual en los privilegios que poseo”.

La primera actitud es odiosa. La segunda carece de sentido común. También es demasiado fácil.

Una y otra aguijonean al pueblo para que corra por la vía del mal, para que se aleje de su único y verdadero bien, que no está en sus manos, pero que, en cierto sentido, le es muy próximo. Se encuentra mucho más cerca de un bien auténtico, que sería fuente de belleza, de verdad, de gozo y de plenitud, que aquellos que le conceden su piedad. Pero no encontrándose en ello y no sabiendo cómo llegar, todo ocurre como si estuviera infinitamente lejos. Los que hablan en su lugar, o le hablan, son igualmente incapaces de comprender tanto el desamparo en el que está como la plenitud del bien que casi está a su alcance. Y a él le resulta indispensable ser comprendido.

La desgracia en sí misma es inarticulada. Los desgraciados suplican silenciosamente que se les proporcione palabras para expresarse. Hay épocas en las que no se les concede. Hay otras en las que se les proporciona palabras, pero mal escogidas, ya que quienes las escogen son ajenos a la desgracia que interpretan.

Muy a menudo están lejos de la desgracia por el lugar en el que les han puesto las circunstancias. Pero incluso si están cerca, o si se han encontrado dentro de un período de sus vidas, incluso reciente, no obstante son ajenos porque se han vuelto ajenos tan pronto como han podido.

Al pensamiento le repugna pensar la desgracia tanto como a la carne viva le repugna la muerte. La ofrenda voluntaria de un ciervo adelantándose paso a paso para ofrecerse a los dientes de una jauría es más o menos posible en el mismo grado que un acto de atención dirigido hacia una desgracia real y próxima por parte de un espíritu que tiene la facultad de dispensárselo.

Lo que, siendo indispensable para el bien, es imposible por naturaleza, siempre es posible sobrenaturalmente.

El bien sobrenatural no es una especie de suplemento del bien natural, de lo que algunos, con la ayuda de Aristóteles, querrían persuadirnos para nuestra mayor comodidad. Sería agradable que así fuera, pero no lo es. En todos los problemas punzantes de la existencia humana, solo hay elección entre el bien sobrenatural y el mal.

Poner en boca de los desgraciados palabras que pertenecen a la región mediana de los valores, tales como democracia, derecho o persona, es hacerles un presente que no es susceptible de aportarles ningún bien y que les hace inevitablemente mucho mal.

Esas nociones no tienen su lugar en el cielo, están suspendidas en el aire y, por esta misma razón, son incapaces de morder la tierra.

Solo la luz que cae continuamente del cielo le proporciona a un árbol la energía que hunde profundamente en la tierra las poderosas raíces. En verdad, el árbol está enraizado en el cielo.

Solo lo que viene del cielo es susceptible de imprimir realmente una marca sobre la tierra.

Si se quiere armar eficazmente a los desgraciados, solo hay que poner en sus bocas palabras cuya morada propia sen encuentra en el cielo, en el otro mundo. No hay que temer que sea imposible. La desgracia dispone al alma a recibir ávidamente, a beber todo lo que venga de aquel lugar. Son los proveedores y no los consumidores los que faltan para este tipo de productos.

El criterio para la elección de las palabras es fácil de reconocer y emplear. Los desgraciados, inundados por el mal, aspiran al bien. Solo hay que darles palabras que expresan únicamente el bien, el bien en estado puro. Diferenciarlas es fácil. Las palabras a las que se les puede añadir algo que designe un mal son ajenas al bien puro. Se está expresando una reprobación cuando se dice: “Pone por delante su persona”. La persona es, por tanto, ajena al bien. Se puede hablar de un abuso de la democracia. La democracia es, por tanto, ajena al bien. La posesión de un derecho implica la posibilidad de hacer con él un buen uso o un mal uso. El derecho es, por tanto, ajeno al bien. Por el contrario, cumplir con una obligación es un bien, en todas partes. La verdad, la belleza, la justicia, la compasión son bienes siempre, en todas partes.

Para estar seguro de decir lo que hay que decir, basta ceñirse, cuando se trata de las aspiraciones de los desgraciados, a las palabras y a las frases que expresan siempre, en todas partes, en todas las circunstancias, únicamente bien.

Es uno de los dos únicos servicios que se les puede hacer con las palabras. El otro consiste en encontrar palabras que expresen la verdad de su desgracia; que, a través de circunstancias exteriores, hagan perceptible el grito lanzado siempre en silencio: “¿Por qué se me hace daño?”.

Para ello no deben confiar en hombres de talento, personalidades, celebridades, ni siquiera en hombres geniales en el sentido en el que normalmente se emplea la palabra genio, cuyo uso confunde con el de talento. Solo pueden confiar en genios de primer orden, el poeta de la IlíadaEsquilo, Sófocles, Shakespeare, tal como era cuando escribió Lear, Racine tal como era cuando escribió Fedra. No es que sean muchos.

Pero hay cantidad de seres humanos que, habiendo sido mal o mediocremente dotados por la naturaleza, parecen infinitamente inferiores no solo a Homero, Esquilo, Sófocles, Shakespeare, Racine, sino también a Virgilio, Corneille, Hugo; y que, sin embargo, viven en el reino de los bienes impersonales en el que estos últimos no han penetrado.

Un idiota de pueblo, en el sentido literal de la palabra, que ama realmente la verdad, aun cuando tan solo emitiera balbuceos, es en cuanto al pensamiento infinitamente superior a Aristóteles. Está infinitamente más próximo a Platón de lo que Aristóteles lo haya estado nunca. Es un genio, mientras que a Aristóteles solo le conviene la palabra talento. Si un hada le propusiera cambiar su suerte por un destino análogo al de Aristóteles, lo sabio, por su parte, sería rechazarlo sin dudar. Pero de todo eso no sabe nada. Nadie se lo ha dicho. Todo el mundo le dice lo contrario. Hay que decírselo. Hay que alentar a los idiotas, a la gente sin talento, a la gente de talento mediocre o apenas superior a la media y que son genios. No hay que temer que se vuelvan orgullosos. El amor a la verdad siempre está acompañado de humildad. El genio real no es más que la virtud sobrenatural de la humildad en el dominio del pensamiento.

En lugar de alentar el florecimiento de talentos, como se proponía en 1789, hay que tener cariño y ser cálidos hacia el crecimiento del genio, con ternura y con respeto, ya que únicamente los héroes realmente puros, los santos y los genios pueden socorrer a los desgraciados. Entre ambos, la gente de talento, de inteligencia, de energía, de carácter, de fuerte personalidad hacen pantalla e impiden la ayuda. No hay hacer ningún mal a la pantalla, pero suavemente hay que echarla a un lado, intentando que se dé cuenta lo menos posible. Y hay que romper la pantalla mucho más peligrosa de lo colectivo, suprimiendo toda la parte de nuestras instituciones y nuestras costumbres en la que habita una forma cualquiera del espíritu de partido. Ni las personalidades ni los partidos conceden jamás audiencia a la verdad ni a la desgracia.

Hay alianza natural entre la verdad y la desgracia, porque una y otra son suplicantes mudos, eternamente condenados a permanecer sin voz ante nosotros.

Del mismo modo que un vagabundo, acusado ante el tribunal por haber cogido una zanahoria de un campo, está plantado ante el juez que, cómodamente sentado, desgrana elegantemente preguntas, comentarios y bromas, mientras que el otro consigue apenas balbucear, así también está plantada la verdad ante una inteligencia ocupada en establecer elegantemente opiniones.

El lenguaje, incluso en el hombre que aparentemente calla, siempre es el que formula opiniones. La facultad natural llamada inteligencia tiene que ver con las opiniones y con el lenguaje. El lenguaje enuncia relaciones. Pero enuncia pocas, porque se desarrolla en el tiempo. Si es confuso, vago, poco riguroso, sin orden, si el espíritu que lo emite o que lo escucha tiene una débil capacidad de mantener un pensamiento presente en el espíritu, está vacío o casi vacío de todo el contenido real de relaciones. Si es perfectamente claro, preciso, riguroso, ordenado; si, habiendo concebido una idea, se dirige a un espíritu capaz de conservarla presente mientras concibe otra, de conservar estas dos presentes mientras concibe una tercera, y así sucesivamente; en ese caso, el lenguaje puede ser rico en relaciones.

Pero como toda riqueza, esta riqueza relativa es una miseria atroz, comparada con la única perfección deseable.

Incluso en el mejor de los casos, un espíritu encerrado en el lenguaje está en prisión. Su límite es la cantidad de relaciones que las palabras pueden hacer presentes a su espíritu al mismo tiempo. Permanece ignorante de los pensamientos que implican la combinación de un número de relaciones más grande; esos pensamientos están fuera del lenguaje, no formulables, aun cuando sean perfectamente rigurosos y claros y aun cuando cada una de las relaciones que los componen sea expresable en palabras perfectamente precisas. De esta manera el espíritu se mueve en un espacio cerrado de verdad parcial, que por otra parte puede ser más o menos grande, sin ni siquiera poder jamás lanzar una mirada sobre lo que está afuera.

Si un espíritu cautivo ignora su propio cautiverio, vive en el error. Si lo ha reconocido, aunque sea por una décima de segundo, y se ha apresurado a olvidarlo, vive en la mentira. Hombres de inteligencia extremadamente brillante pueden nacer, vivir y morir en el error y la mentira. En estos la inteligencia no es un bien, ni siquiera una ventaja. La diferencia entre hombres más o menos inteligentes es como la diferencia entre criminales condenados a la cárcel de por vida, cuyas celdas fueran más o menos grandes. Un hombre inteligente y orgulloso de su inteligencia se parece a un condenado que se sintiera orgulloso de una celda grande.

Un espíritu que siente su cautiverio querría disimulárselo. Pero si tiene horror a la mentira, no lo hará. Tendrá, entonces, que sufrir mucho. Se golpeará contra el muro hasta desvanecerse; se despertará, mirará el muro con temor, después, un día, volverá a la carga y se desvanecerá de nuevo; y así continuamente, sin fin, sin ninguna esperanza. Un día se despertará al otro lado del muro.

Quizá todavía está cautivo, solo que en un cuadro más espacioso. ¿Qué más da? En lo sucesivo, posee la clave, el secreto que hace caer todos los muros. Se encuentra más allá de lo que los hombres llaman inteligencia, se encuentra ahí donde comienza la sabiduría.

Cualquier espíritu encerrado en el lenguaje es solo capaz de opiniones. Cualquier espíritu que ha llegado a ser capaz de captar pensamientos inexpresables por la multitud de relaciones combinadas, aunque más rigurosos y luminosos que los que expresa el lenguaje más preciso, cualquier espíritu que ha llegado a ese punto vive ya en la verdad. La certeza y la fe sin sombra le pertenecen. E importa poco que en e origen haya tenido poca o mucha inteligencia, que haya estado en una celda estrecha o amplia. Lo único que importa es que, habiendo llegado al extremo de su propia inteligencia, fuera cual fuese, ha pasado más allá. Un idiota de pueblo está tan cerca de la verdad como un niño prodigio. Tanto el uno como el otro están separados de ella por una muralla. No se entra en la verdad sin haber pasado antes por el propio anonadamiento, sin haber vivido durante mucho tiempo en un estado de total y extrema humillación.

Es el mismo obstáculo que se opone al conocimiento de la desdicha. Del mismo modo que la verdad es algo distinto de la opinión, así la desgracia es algo distinto del sufrimiento. La desgracia es un mecanismo para triturar el alma; el hombre que se encuentra así capturado es como un obrero atrapado por los dientes de una máquina. No es más que una cosa desgarrada y sanguinolenta.

El grado y la naturaleza del sufrimiento que constituye en sentido propio una desgracia difieren mucho según los seres humanos. Depende sobre todo de la cantidad de energía vital que se posee en el punto inicial y de la actitud adoptada ante el sufrimiento.

El pensamiento humano no puede reconocer la realidad de la desgracia. Si alguien reconoce la realidad de la desgracia, debe decirse: “Un juego de circunstancias que no controlo puede arrebatarme cualquier cosa en cualquier instante, incluso todas aquellas cosas que son tan mías que las considero como si fuera yo mismo. Nada hay en mí que no pueda perder. Un azar puede en cualquier momento abolir lo que soy y poner en su lugar cualquier cosa vil y miserable”.

Pensar eso con toda el alma es tener la experiencia de la nada. Es el estado de extrema y total humillación que también es la condición de tránsito a la verdad. Es una muerte del alma. Por eso el espectáculo de la desgracia desnuda causa en el alma la misma retracción que la proximidad de la muerte causa en la carne.

Se piensa en los muertos con piedad cuando se les evoca solo con el espíritu, o cuando se camina sobre las tumbas, o cuando se los ve convenientemente dispuestos sobre una cama. Pero la visión de ciertos cadáveres, que está como arrojados en un campo de batalla, con aspecto a la vez siniestro y grotesco, causa horror. La muerte aparece desnuda, no vestida, y la carne se estremece.

La desgracia, cuando la distancia material o moral permite verla solo de una manera vaga, confusa, sin distinguirla del simple sufrimiento, inspira a las almas generosas una tierna piedad. Pero cuando un juego cualquiera de circunstancias hace que repentinamente en algún lugar se revele desnuda, como si fuera algo que destruye, una mutilación o una lepra del alma, nos estremecemos y retrocedemos. Y los propios desgraciados experimentan el mismo estremecimiento de horror ante sí mismos.

Escuchar a alguien es ponerse en su lugar mientras habla. Ponerse en el lugar de un ser cuya alma está mutilada por la desgracia o en peligro inminente de serlo es anonadar la propia alma. Es más difícil de lo que el suicidio lo sería para un niño contento de vivir. Por ello a los desgraciados no se les escucha. Están en el estado en que se encontraría alguien a quien se le hubiera cortado la lengua y hubiera olvidado momentáneamente su lesión. Sus labios se agitan y ningún sonido llega a nuestros oídos. De ellos mismos se apodera rápidamente la impotencia en el uso del lenguaje, a causa de la certeza de no ser oídos.

Por este motivo no hay esperanza para el vagabundo en pie ante el magistrado. Si a través de sus balbuceos sale algo desgarrador, que taladra el alma, no será oído por el magistrado ni por el público. Es un grito mudo. Y los desgraciados entre sí son casi siempre igual de sordos unos con otros. Y cada desgraciado, bajo la coacción de la indiferencia general, intenta por medio de la mentira o la inconsciencia volverse sordo consigo mismo.

Solo la operación sobrenatural de la gracia hace que el alma pase a través de su propio anonadamiento hasta el lugar en el que se cosecha esa especie de atención, que es la única que permite estar atento a la verdad y a la desgracia. Es la misma para los dos objetos. Es una atención intensa, pura, sin móvil, gratuita, generosa. Y esa atención es amor.

En la medida en que la desgracia y la verdad tienen necesidad, para ser oídas, de la misma atención, el espíritu de la justicia y el espíritu de la verdad son una misma cosa. El espíritu de la justicia y de la verdad no es más que una cierta especie de atención, que es puro amor.

Debido a una disposición eterna de la Providencia, todo lo que un hombre produce en cualquier ámbito, cuando el espíritu de la justicia y de la verdad lo domina, está revestido de una  belleza resplandeciente.

La belleza es el misterio supremo aquí abajo. Es algo resplandeciente que solicita la atención, pero no le proporciona ningún móvil para perdurar. La belleza promete siempre y no da jamás nada; suscita un hambre, pero en ella no hay alimento para la parte del alma que intenta aquí abajo saciarse; solo tiene alimento para la parte del alma que mira. Suscita el deseo, y hace sentir claramente que en ella no hay nada que desear, ya que se quiere ante todo que nada en ella cambie. Si no se buscan recursos para salir del delicioso tormento que inflige, el deseo poco a poco se transforma en amor, y se forma un germen de la facultad gratuita y pura.

Cuanto más resplandeciente es la desgracia, más soberanamente, hermosa es la expresión de la desgracia. Se puede poner como ejemplos, incluso en siglos recientes, Phèdre, l’Ècole des femmes, Lear, los poemas de Villon, pero más aún las tragedias de Esquilo y Sófocles; y aún más la Ilíada, el Libro de Job, ciertos poemas populares; y aun más los relatos de la Pasión en los Evangelios. La belleza resplandeciente se extiende sobre la desgracia gracias a la luz del espíritu de la justicia y el amor, lo único que permite que el pensamiento humano mire y reproduzca la desgracia tal como es.

Igualmente, cada vez que un fragmento de verdad inexpresable pasa a las palabras que, sin poder contener la verdad que las ha inspirado, tienen con ella una correspondencia tan perfecta a causa de su disposición que proporcionan un soporte a cualquier espíritu deseoso de encontrarla, cada vez que las cosas suceden así, la belleza resplandeciente se extiende sobre las palabras.

Todo lo que procede del amor puro está iluminado por la belleza resplandeciente.

La belleza es sensible, aun cuando muy confusamente y mezclada con muchas falsas imitaciones, en el interior de la celda en la que todo pensamiento humano está en principio aprisionado. La verdad y la justicia imposibilitadas de expresarse no pueden esperar ningún otro socorro que no provenga de ella. Tampoco tiene lenguaje; no habla; no dice nada. Pero tiene voz para llamar. Llama y muestra la justicia y la verdad que no tienen voz. Como un perro que ladra para hacer que la gente se acerque a su amo que yace inanimado sobre la nieve.

Justicia, verdad, belleza son hermanas y aliadas. Con estas tres palabras tan hermosas no hace falta buscar otras.

La justicia consiste en vigilar para que no se haga daño a los hombres. Se le está haciendo daño a un ser humano cuando grita interiormente: “¿Por qué se me hace daño?”. Se equivoca a menudo, en cuanto intenta darse cuenta de qué mal sufre, quién se lo inflige, por qué se le inflige. Pero el grito es infalible.

El otro grito que se oye a menudo: “¿Por qué el otro tiene más que yo?”, se refiere al derecho. Hay que aprender a distinguir los dos gritos y hacer que se acalle el segundo tanto cuanto se pueda, con la menor brutalidad posible, echando mano de un código, de tribunales ordinarios, y de la policía. Para formar espíritus capaces de resolver problemas pertenecientes a ese ámbito, basta la Facultad de Derecho.

Pero el grito “¿Por qué se me hace daño?” plantea problemas muy diferentes, para los que es indispensable el espíritu de la verdad, de la justicia y del amor.

En toda alma humana asciende continuamente la petición de que no se le haga daño. El texto de Pater dirige esa petición del mal a la parte eterna de un alma que ha entrado en contacto real y directo con él. El resto del alma, y el alma entera para cualquiera que no ha recibido la gracia del contacto real y directo con Dios, está abandonada a los quereres de los hombres y al azar de las circunstancias.

Por eso, son los hombres que tiene que vigilar que no se les haga daño a los hombres.

Si se le hace daño a alguien, el mal penetra verdaderamente en él; no solo el dolor, el sufrimiento, sino el horror mismo del mal. Del mismo modo que los hombres tienen el poder de transmitirse el bien unos a otros, también tienen el poder de transmitirse el mal. Se le puede transmitir el mal a un ser humano adulándolo, proporcionándole bienestar, placeres; pero lo más corriente es que los hombres transmitan el mal a los hombres haciéndoles daño.

La Sabiduría eterna, sin embargo, no deja al alma humana enteramente a merced del azar de los acontecimientos y del querer de los hombres. El mal infligido desde fuera a un ser humano, bajo forma de herida, exaspera el deseo de bien y suscita automáticamente la posibilidad de un remedio. Cuando la herida ha penetrado profundamente, el bien deseado es el bien perfectamente puro. La parte del alma que pregunta: “¿Por qué se me hace daño?” es la parte profunda que en todo ser humano, incluso el más envilecido, ha permanecido desde la primera infancia intacta y perfectamente inocente.

Preservar la justicia, proteger a los hombres de todo mal, es ante todo impedir que se les haga daño. Para aquellos a quienes se ha hecho daño, es borrar las consecuencias materiales, poner a las víctimas en una situación en que la herida, si no se ha hecho muy profunda, sea curada naturalmente gracias al bienestar. Pero para aquellos a quienes la herida ha desgarrado toda el alma, es además y ante todo calmar la sed dándoles de beber el bien perfectamente puro.

Puede existir la obligación de infligir el mal para suscitar esa sed y así colmarla. En eso consiste el castigo. Los que se han vuelto ajenos al bien, hasta el punto de que intentan extender el mal a su alrededor, solo pueden ser reintegrados al bien inflingiéndoles un mal. Hay que inflingírselo hasta que en el fondo de ellos mismos se despierte la voz perfectamente inocente que dice con asombro “¿Por qué se me hace daño?”. Esta parte inocente del alma del criminal tiene que recibir alimento y tiene que crecer, hasta que ella misma se constituya en tribunal en el interior del alma, para juzgar los crímenes pasados, para condenarlos y, después, con el socorro de la gracia, para perdonarlos. Entonces, la operación del castigo ha culminado; el culpable está reintegrado en el bien y debe ser pública y solemnemente reintegrado en la sociedad.

El castigo no es más que eso. Incluso la pena capital, aun cuando en sentido literal excluye la reintegración en la sociedad, no debe ser otra cosa. El castigo es únicamente el procedimiento para proporcionar bien puro a hombres que no lo desean; el arte de castigar es el arte de despertar en los criminales el deseo de bien puro mediante el dolor o incluso mediante la muerte.

Pero hemos perdido completamente incluso la noción del castigo. Ya no sabemos que consiste en proporcionar el bien. Para nosotros se limita a infligir el mal. Por este motivo hay una cosa y solo una, en la sociedad moderna, más horrible aún que el crimen, y es la justicia represiva.

Hacer de la idea de justicia represiva el móvil central en el esfuerzo de la guerra y de la rebelión es más peligroso de lo que nadie pueda imaginarse. Es necesario utilizar el miedo para disminuir la actividad criminal de los cobardes; pero es espantoso hacer de la justicia represiva, tal y como la concebimos hoy en día en nuestra ignorancia, el móvil de los héroes.

Cada vez que un hombre habla hoy en día habla de castigo, de pena, de retribución, de justicia en sentido punitivo, se trata tan solo de la venganza más rastrera.

A ese tesoro de sufrimiento y muerte violenta que Cristo ha tomado para sí y que ofrece tan a menudo a aquellos a los que ama le hacemos tan poco caso que lo arrojamos a los seres más viles a nuestros ojos, sabiendo que no la utilizarán para nada, y sin la intención de ayudarles a encontrarle alguna utilidad.

A los criminales, el castigo verdadero; a los desgraciados, a los que la desgracia ha mordido en el fondo del alma, una ayuda capaz de llevarlos a aplacar su sed en las fuentes sobrenaturales; a todos los demás un poco de bienestar, mucha belleza y la protección contra quienes les hagan el mal; en todas partes la limitación rigurosa del tumulto de las mentiras, de las propagandas y de las opiniones; el establecimiento de un silencio en el que la verdad pueda germinar y madurar; esto es lo que los hombres se merecen.

Para asegurar esto a los hombres, solo se puede contar con los seres que han pasado al otro lado de cierto límite. Se me dirá que son poco numerosos. Probablemente son escasos, pero sin embargo, no podemos contarlos; la mayoría están ocultos. Al bien puro sólo se lo envía del cielo a aquí abajo en cantidades imperceptibles, o bien a cada alma, o bien a la sociedad. “El grano de mostaza es la más pequeña de las semillas”. Proserpina solo comió un grano de granada. Una perla oculta en el fondo de un campo no es visible. No se percibe la levadura mezclada en la pasta.

Pero lo mismo que en las reacciones químicas los catalizadores o las bacterias, de las que la levadura es un ejemplo, así también en las cosas humanas las semillas imperceptibles de bien puro operan de manera decisiva por su sola presencia, si están puestas donde es preciso.

¿Cómo ponerlas donde es preciso?

Ya sería bastante si entre los que tienen la responsabilidad de mostrar al público cosas que elogiar, admirar, esperar, buscar, pedir, algunos al menos decidieran en su corazón despreciar absolutamente y sin excepción todo lo que no es el bien puro, la perfección, la verdad, la justicia, el amor.

Más todavía se haría si la mayor parte de los que detentan hoy en día parcelas de autoridad espiritual sintieran la obligación de tan solo proponer a las aspiraciones de los hombres un bien real y perfectamente puro.

Cuando se habla del poder de las palabras, se trata siempre de un poder de ilusión y error. Ahora bien, por efecto de una disposición providencial, existen determinadas palabras que, si se hace un buen uso de ellas, tienen en sí mismas la virtud de iluminar y de elevar hacia el bien. Son palabras a las que les corresponde una perfección absoluta y, para nosotros, inaprensible. La virtud de iluminación y de atracción hacia lo alto reside en esas palabras mismas, en esas palabras en cuanto tales, no en ninguna concepción. Ya que hacer un buen uso de ellas es ante todo no hacerlas corresponder ninguna concepción. Lo que expresan es inconcebible.

Dios y verdad son algunas de esas palabras. También justicia, amor, bien.

Es peligroso emplear tales palabras. Su uso es una ordalía. Para que se haga de ellas un uso legítimo es preciso, al mismo tiempo, no encerrarlas en ninguna concepción humana y adjuntarles concepciones y acciones directa y exclusivamente inspiradas por su luz. De no ser así, rápidamente todos reconocen que no son sino mentira.

Son compañeras poco confortables. Palabras como derecho, democracia y persona son más cómodas. Por eso las prefieren naturalmente quienes, incluso con buenas intenciones, han asumido funciones públicas. Las funciones públicas no tienen otro sentido que la posibilidad de hacer el bien a los hombres, y quienes las asumen con buena intención quieren distribuir el bien sobre sus contemporáneos; pero generalmente cometen el error de creer que primero podrán ellos mismos comprarlo a la baja.

Las palabras de la región mediana, derecho, democracia, persona, son de uso correcto en su región, la de instituciones medianas. La inspiración de la que proceden todas las instituciones, de la que ellas son como su proyección, reclama otro lenguaje.

La subordinación de la persona a lo colectivo está en la naturaleza de las cosas como la del gramo al kilogramo en una balanza. Pero una balanza puede ser tal que el kilogramo ceda ante el gramo. Basta con que uno de sus brazos sea más de mil veces más largo que el otro. La ley del equilibrio prevalece soberanamente sobre las desigualdades de peso. Pero jamás el peso inferior vencerá al peso superior sin una relación entre ellos en la que se cristalice la ley del equilibrio.

Por la misma razón la persona no puede ser protegida de lo colectivo, y la democracia no puede asegurarse más que gracias a una cristalización en la vida pública de un bien superior, que es impersonal y no tiene relación con ninguna forma política.

La palabra persona, es verdad, se aplica a menudo a Dios. Pero en el fragmento en el que Cristo les propone a los hombres a Dios mismo como modelo de una perfección que se les ordena que realicen, no solo le adjunta la imagen de una persona sino sobre todo la de un orden impersonal: “Convertíos en los hijos de vuestro Padre, el que está en los cielos, en cuanto que hace que se levante su sol sobre los malvados y los buenos, y caiga la lluvia sobre los justos y los injustos”.

Ese orden impersonal y divino del universo tiene como imagen entre nosotros la justicia, la verdad, la belleza. Nada inferior a esas cosas es digno de servir de inspiración a los hombres que aceptan morir.

Por encima de las instituciones destinadas a proteger el derecho, las personas, las libertades democráticas, hay que inventar otras destinadas a discernir y a abolir todo lo que, en la vida contemporánea, aplasta a las almas bajo la injusticia, la mentira y la fealdad.

Hay que inventarlas, pues son desconocidas, y es imposible dudar acerca de si son indispensables.

(Simone Weil, en Escritos de Londres y Últimas Cartas. Editorial Trotta. 2000)

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